Invisibles

Aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más, o buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Por silvina Belén y Carolina Príncipe para NLI ·

«Los hombres tuvieron un sueño idéntico: vieron una mujer que
corría de noche por una ciudad desconocida… Para encontrarla,
fundaron aquella ciudad, construyendo las calles como en el
sueño… Pero ninguno de ellos, ni en el sueño ni despierto,
volvió a ver a la mujer.»   ― Ítalo Calvino

Hay países del ancho mundo que el mundo que llamamos occidental ignora con pertinacia. En medios masivos, reflexiones de intelectuales y conversaciones formales e informarles, rara vez se los nombra más allá de alguna referencia legendaria, oscura, hecha lugar común que ya no habla de ellos.

En retorno a los cuasi soliloquios, su inminente viaje a Mongolia ―con raso pasaje de ida― y la despedida de la tertulia llevaron al Dr. D a reflexionar, memorioso como de costumbre, sobre ciudades, espejismos y sueños imposibles.

«Todos alguna vez soñamos un imposible. Porfiar en hacerlo realidad es ir muy lejos. Y yo me fui a Mongolia, porque la irracionalidad de la porfía puede no tener límite, hacernos ver señales de la providencia donde solo hay hojarasca, montarnos a lomos de burro y hacernos creer que pronto nos van a armar caballero.

Imagine, Silvina, a un médico joven, inexperto aún en las artes de curar y vivir, con síndrome de Barataria latente, que de carambola recibe una propuesta exótica para ejercer por un tiempito en una ciudad como Ulán Bator, habitada por gentes que resisten el sedentarismo entre construcciones brutalistas, bloques grises de viviendas de planificación moscovita y añoranzas esteparias.

Si se lo imagina, también podría imaginarse a Calvino imaginando las ciudades con las que Marco Polo, con el ojo de la mente en su Venecia natal, azuza la imaginación del Kan. Hay que imaginarse las imago mundi e imago urbi de don Ítalo en los setenta, la impronta de Las ciudades invisibles, todas las potencialidades que ingenuamente se nos antojaban para las singularidades urbanas.

Así que si usted ahora imagina, Calvino, Marco Polo y el Gran Kan imaginaban, imagíneme a mí en aquel entonces, que además creía que en Ulán Bator estaría creciendo a paso vivo una escuela ajedrecística innovadora. Iría con la planilla de mis tablas con Najdorf en mano, con la cultura de bar, con la medicina argentina de vanguardia, con la de Tarrash en retaguardia… En fin, imagínese.

Me decían que por allá el modelo Semashko de salud pública[i] recibía con los brazos abiertos a los médicos occidentales. Yo iba construyendo mis fantasías al tiempo que organizaba el traslado y hacía trámites lentos que me hacían desear con más intensidad iniciar de una vez el periplo hacia los hospitales de vanguardia, el ajedrez y la bohemia nómada de Ulán Bator.

Y usted, Carolina, que seguramente recordará a Beniamin Blumenfeld por el gambito, psicólogo que centró su tesis doctoral en la naturaleza de los errores graves y las «colgadas» (blunders les dicen ahora), ya irá imaginando cómo hubiese calificado él mis espejismos imaginativos, los que trasladé a la estepa como si se tratara de un tablero de ensueño.»

Los soliloquios híbridos del Dr. D habían quedado en pausa durante la visita de Paloma. Sin invitada de honor ni concisa sapiencia académica de andar por casa en los diálogos, el doctor había vuelto a su redil evocativo. Por eso, tras habernos tirado a cada una su anzuelo, el literario y el ajedrecístico para el caso, se decidió a hacer un aparte yendo hasta su discoteca de vinilos, vecina del giradiscos.

Con algunos long play de Serrat y la hermosa reedición en ciento ochenta gramos de Dímelo en la calle de Sabina en mano, habló bajito, casi para sí mismo: «desde los setenta, las mejores canciones en nuestro idioma, por medio siglo… O más.». Se decidió por Joaquín: «No permita la virgen» impuso sus primeros acordes.

Después volvió a sentarse cerca de nosotras dos. «Así que, para abreviar, mientras el doctor Neto agonizaba en Moscú con la esperanza de que los avances de la medicina soviética lo devolvieran sano a su querida Angola, yo llegaba a una ciudad salpicada de forzado diseño moscovita y resabios del stalinismo. Acá dejaba las certezas de Walsh: sordera autocrática y persecución.

Que La revolución es un sueño eterno se cumplía a rajatabla hasta en la estepa: un sueño eternamente hollado, pisoteado, por los que derrotan a la revolución o por los mismos revolucionarios del ayer. Y cómo no evocar ese entonces cuando mucho después alguien nos  canta, como vencejo con ánimo de molestar a la memoria, que “el caballo de Atila no sabe trotar sin hollar azulejos silvestres”.

Al principio me negaba a ver la decadencia que ya se percibía en el modelo de salud pública y la marginalidad extrema de la bohemia y el ajedrez locales. Hice algún amigo, tuve chispazos de amores y felicidad, pero me volví para recibir la lotería inesperada de la herencia de un abuelo que cerraba los bares, hacía excesos pero guardaba para los nietos.

Porfiado, volví en los noventa y me compré una casita a precio de desguace en Ulán. Era grande para mí, así que se la di en comodato a un colega amigo, que la adecentó, y compré por casi nada un departamento achacoso en un bloque gris. Me volví a volver. A la distancia me enriquecí, digamos, con el boom inmobiliario de la capital Mongola. Ahora vuelvo allá porque tengo un asunto pendiente con los imposibles.»

Intentamos un manotazo de ahogado con Sabina: «Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver». Teníamos la esperanza de un arrepentimiento que de un plumazo borrara el cartel de venta del PH.

«No fui feliz, como les dije, tuve chispazos. Espejismos, autoengaños. Los imposibles no se reducen a la felicidad. Les recuerdo al Maestro en 1964[ii]: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo.”. Pero quédense tranquilas, no firmé autorización de venta todavía, y cambié de opinión: Jeque se quedará con el comodato, igual que mi colega en otro tiempo y latitud.

Estuve al filo de la agachada. Pero no, San Pugliese se me presentó a tiempo para reírse de Palermo Queen con una Yumba preclara.  No será mi pocilga parte del cristal de la bóveda urbana siglo XXI. Voy a jugarle las últimas fichas a Calvino, a coronar el pleno de las Ciudades invisibles.». Después citó a Calvino a modo de cierre de la velada:

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje constantes: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”

Despedirse, salir a la noche de Villa Crespo, hacerle pito catalán al cartel de la inmobiliaria y buscar la Regla de Beniamin Blumenfeld[iii] eran nuestras consignas inmediatas. Sin miramientos, tan cerca de la despedida a Paloma, muy pronto habría más Ezeiza: hacerle pito catalán a Pistarini a estas alturas lucía como quimera.


[i] A fines de la década de 1970, la salud pública en la República Popular de Mongolia se regía plenamente bajo el modelo Semashko, un sistema de salud centralizado y fuertemente influenciado por la Unión Soviética.

[ii] Jorge Luis Borges. Los versos pertenecen al poema «1964»: El otro, el mismo (1964).

[iii] La «Regla de Blumenfeld»: Derivada de su estudio de Tesis doctoral sobre las pifias o blunders, propuso una famosa técnica psicológica de control: tras analizar profundamente una posición y elegir una jugada, el jugador debe obligarse a mirarla en el tablero con «ojos frescos» (como si fuera un principiante) antes de ejecutarla, con el único fin de verificar que no se está pasando por alto una amenaza obvia. La tesis de Blumenfeld proveyó las herramientas experimentales para que los autores posteriores dejaran de adivinar qué pasaba por la mente del jugador y empezaran a medirlo de forma más cercana a la objetivad.

Bonus Dr D



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