La eterna grieta Argentina

Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para Nuestras Voces

Mucho se ha escrito en los últimos tiempos sobre “la grieta”, esa suerte de agujero abismal que divide a los argentinos, posándolos a cada uno de sus laterales imposibles de acercar. Si bien la acuñación del término político puede ser actual, en realidad, la historia de nuestro país, la Historia Argentina en sí, es la Historia de la grieta. Y dentro de las irrealizables promesas de campaña del Presidente Macri, sustento de su elección, la de unir a los argentinos, lamentablemente, puede resultar una utopía más. Al menos así, parecen sustentarlo 200 años de rivalidades.

Si tomásemos de base los términos del filósofo alemán Johann Fichte, tan popularizados por Hegel en su clásica “triada dialéctica” e intentásemos aplicarlos a la historia de nuestro país, veríamos que, curiosamente, esa suerte de circulo espiralado evolutivo nunca termina de concretarse, esa “síntesis” que deviene de la negación de la negación, de la “tesis” y la “antítesis”, nunca se alcanza. Termina en momentos de añoranza en las mentes, en recuerdos de lo que pudo haber sido, o parafraseando a Javier González Fraga, en algo que nos hicieron creer pero que era mentira.

Si tomásemos a los sucesos de mayo de 1810 como iniciadores de nuestro concepto de patria (y que lo hacemos así por no querer extendernos hasta el infinito y más allá en ejemplificar la idea) observaremos que Argentina nació con una grieta, la que en los libros de Historia se conoce como “Saavedristas vs. Morenistas”.

Dos países, dos ideas, dos mentalidades contrapuestas que germinaron la emancipación. Y, asimismo, dos pensamientos que junto a sus ideales se manifestaban en el odio a la contraparte. Porque lo que siempre ha sustentado la “grieta” en nuestro país, es lo irracional, lo visceral. No basta con pensar distinto…, debemos odiar lo que es distinto.

Dos países, dos ideas, dos mentalidades contrapuestas que germinaron la emancipación. Y, asimismo, dos pensamientos que junto a sus ideales se manifestaban en el odio a la contraparte. Porque lo que siempre ha sustentado la “grieta” en nuestro país, es lo irracional, lo visceral. No basta con pensar distinto…, debemos odiar lo que es distinto

El 15 de enero de 1811 Cornelio Saavedra le escribe una carta a su buen amigo Feliciano Chiclana. Y como a todo buen amigó, el militar le expone sus sentimientos hacia el abogado: “el Doctor Don Mariano Moreno desplegó su emulación y envidia contra mí, y quiso vengarse bajamente de la burla que hice el 1º de Enero de 1809. Este hombre de baja esfera, revolucionario por temperamento, soberbio y helado hasta el extremo, se figuró que la benevolencia que el Pueblo me manifestaba, era solo debida a él, y entró en celos y recelos; para esto su lengua maldiciente y alma intrigante empezó a buscar medios de indisponer los ánimos de algunos de la Junta, y poco a poco fue ganando terreno.”

Cornelio Saavedra, como vemos, utiliza despectivamente términos que podríamos resumir en envidioso, revolucionario, soberbio, hablador. Con ellos intenta degradar a su oponente, con una inmensa carga de recelo y odio. Por ahí, si nos adelantáramos en el tiempo hasta nuestros días y le sumáramos corrupto, tendríamos completo el medio decálogo de gran parte del votante sustentador macrista…, pero no nos adelantemos tan rápidamente. Digamos, sencillamente, que en los próximos años de la Argentina revolucionaria, la manifestación de este odio terminará de cuajo con lo que fueron sus propios ideales: de la mano de continuadores como Pueyrredón y Rivadavia veremos llegar el aniquilamiento no solo de los sueños de Patria Grande, sino del mismo concepto de Nación. Y el aniquilamiento de lo opuesto, no solo será en los ideales: se convertirá por décadas en una herramienta de gobernabilidad que puede abarcar desde el fusilamiento de Dorrego por Lavalle hasta las prácticas más oscuras del rosismo.

El aniquilamiento de lo opuesto, no solo será en los ideales: se convertirá por décadas en una herramienta de gobernabilidad

Y así, entre Unitarios y Federales, entre Rosistas y Antirosistas, entre Mitristas y Alsinistas, entre Roca y “el indio”, casi nos llevamos puestos todo el siglo XIX yendo de grieta en grieta, de odio en odio.

¿Y cómo arrancamos la Argentina de los Partidos Políticos? Con Yrigoyen y Alem, o lo que es lo mismo, con los Personalistas y los Antipersonalistas. Y en el medio de tanta rivalidad aparecieron los militares aprovechando las rivalidades intestinas, para relanzar a la Oligarquía desplazada del poder, una y otra vez.

Y como los argentinos parecemos estar destinados a la grieta, a que las cosas deben ser de una manera u otra, o que sólo reaccionamos por oposición, el mismísimo Juan Domingo Perón tomó esta esencia como lema de campaña: ahí fue Braden o Perón. Porque si bien la historia de nuestro país ya ha dejado de ser hace rato bipartidista, la grieta siempre existió. Y sobre esa grieta hemos construido a nuestra nación, con argentinos de un lado y del otro, los que en los últimos 100 años de Historia han ido alternándose, y que con una capa más o menos de maquillaje pueden sintetizarse en “populares” y “oligárquicos”.

Los primeros adoptarán y sufrirán, en su derrotero, varios motes: populares, populistas, negros, cabecitas, vagos, choriplaneros, revolucionarios, guerrilleros… Los segundos serán oligarcas, liberales, gorilas, milicos o lo que se les ocurra.

Pero les llamemos como les llamemos, cambiando actores y guiones, en su base, son lo mismo: los dos costados de la grieta. Y en este modelo antihegeliano de país, la “superación” parece no alcanzarse nunca, pues desde 1955 en adelante, Argentina se ha convertido en una suerte de Torre de Jenga, que se construye y se derrumba, que se arma y se destruye, de uno que sueña y de otro que proscribe, de uno que lucha y otro que reprime. Y esto se da, y he aquí “el quid de la cuestión”, porque la grieta divide dos mundos distintos: uno que busca sobrevivir en la construcción y uno que se enriquece por la destrucción.

Y como la sustentación de la campaña de Cambiemos no podía ser la presentación de un plan de destrucción, de aniquilamiento apoyado en la mentira, el ocultamiento, o la represión, apelaron a la utopía y utilizaron el odio sobre el que germinamos como país, que a cuenta gotas recibimos de los medios y el que corre en nuestro ADN. Y muchos compraron el discurso de Macri, que bien podría haber sido el de Saavedra. Y luego de 12 costosos, sinuosos, trabajosos años de construcción, con altibajos, con defectos, pero positivos por donde se los mire, donde se recuperó un país que estaba en coma cuatro, viene nuevamente el modelo de destrucción, de endeudamiento, de pérdida de derechos, de represión, sólo para que 50, 100 ó 1000 familias, sean cincuenta, cien o mil veces más ricas.

Pero tal vez haya esperanza. Tal vez esta vez logremos que sea distinto. Que cuando la vara de las elecciones por venir apunte en sus guarismos al otro lado de la grieta podamos llegar a un momento superador, a una Argentina mejor. No porque quede algo en pie…, lo dudo. El país estará nuevamente en coma cuatro.

Pero tal vez, esta vez, logremos que sea mejor. Y eso, simplemente, se deba a que adentro de los que trabajen por levantar nuevamente al país, haya parte o quede algo aunque sea chiquito del espíritu de esa persona que, en una Argentina en ruinas, vino a proponernos un sueño.

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