Margarita en flor

Por Laura Galarza para Página 12

“He puesto mucho empeño en reunirlas hoy aquí y desearía poder persuadirlas de frecuentarnos, unirnos y asociarnos, de modo que podamos intercambiar consejos prudentes con el fin de ser tan libres, felices y célebres como los hombres, en tanto que hoy vivimos y morimos como si hubiéramos sido engendradas por bestias y no por humanos; pues los hombres son felices y nosotras somos desdichadas; ellos poseen toda la calma, el reposo, el placer, la riqueza, el poder y la fama, mientras que las mujeres viven agitadas por el trabajo y agobiadas por el dolor, se vuelven melancólicas a falta de placeres e inútiles a falta de poder, y mueren en el olvido al carecer de notoriedad”. 

¿2017? ¿Ni una menos?

No. Siglo XVII, Inglaterra, Margaret Cavendish, filósofa, dramaturga, científica y poeta. Con vestidos diseñados por ella misma, (algunos dejaban ver los pezones), fue primera mujer en ser recibida por la Royal Society de Londres, y reconocida como cosmógrafa. Algunos la apodaron Mad Marge, porque era capaz de tomar la palabra para contradecir a los grandes hombres de ciencia de ese momento como Hobbes, Van Helmont y Descartes (de quienes además era amiga). Pero que la consideraran psicótica no solo no le importó, sino que la hizo más fuerte. “No tenemos motivos para hablar en contra de los hombres, pues son nuestros admiradores y enamorados, nuestros protectores, defensores, guardianes; veneran nuestra belleza y aman nuestra persona (…) actuar como hombres sería ridículo y antinatural; en verdad, nos volveríamos una aberración de la naturaleza de nuestro ser, déjenme persuadirlas de no alterar el curso de nuestras vidas sino, más bien gobernar nuestras vidas y nuestra conducta”.

Los extractos pertenecen a los Discursos femeninos, que junto a una serie de cartas dirigidas a una amiga ficticia, son traducidos por primera vez al castellano bajo el título de Una mente propia. Un acierto destacable, dado que el libro permite entrar de una manera amigable y justa en la obra –vasta y ecléctica– de una mujer a la que Virgina Woolf, dedicara un ensayo: “La duquesa de Newcastle consiguió, en vida, que los grandes la ridiculizaran y que los eruditos la aplaudieran”.

Como escritora, Cavendish no solo publicó una decena de ensayos, veinte obras de teatro y poesía, sino que es autora de The Blazing World  (editado como El mundo resplandeciente por Siruela este año), una obra de 1766 considerada pionera de la ciencia ficción. En ella, una mujer es secuestrada y cruza, a través de un pasaje oculto en el Polo Norte, a otro mundo habitado por seres mezcla de humano con animal. No solo la obra toca cuestiones filosóficas acerca del valor ambivalente del progreso científico, sino que es un duro cuestionamiento al ejercicio del poder en todas sus formas, desde los gobiernos a los matrimonios, y en especial del papel de la mujer en ese escenario.

El falso epistolario que contiene Una mente propia data de 1663, cuando fue publicado como Sociable Letters, un artilugio narrativo de Cavendish para reivindicar la posición de las mujeres sin ser censurada, (ella publicaba con su nombre en tiempos en que las mujeres solo lo hacían bajo seudónimo).

Lo cierto es que tanto las cartas como los discursos reunidos se leen de manera ágil y llevadera, logrando en el lector la sensación de habitar la mente de Cavendish, acercándolo a una realidad que dista cinco siglos. Lleno de situaciones cotidianas (visitas, habladurías, chistes) sobre temas como el matrimonio, la educación, la amistad, la envidia y el poder, las cartas y discursos sorprende por su actualidad y agudeza. “La mayor parte de las mujeres no son educadas como deberían, me refiero a las de buena familia, pues su instrucción comprende solamente danzar, cantar y tocar el violín, todo lo cual es educación del cuerpo, más no de la mente, y muestra que sus padres  prestan más atención a sus pies que a sus cabezas, a sus palabras que a sus pensamientos”.

En una de las cartas por ejemplo, se indigna cuando una mujer considera a otra, “tonta” por ser rubia y llama a eso: “la vieja sentencia”. “Usted bien sabe cómo una mujer es capaz de denigrar a otra, pues de haber sido joven castaña o morena, aun cuando hubiera sido muy agraciada, es muy probable que ella hubiera dicho algo en su perjuicio, pues nuestro sexo no quiere ni aprueba a ninguna que se destaque, ya sea por ingenio, belleza, privilegios, comportamiento o virtud”. Porque el tema de género lejos de ser abordado de una manera lineal, pone también el ojo en los comportamientos femeninos.

También son notables los pasajes sobre el matrimonio al que considera capaz de hacer llevar “una vida desgraciada” si no se hace con convicción. “Sería preferible estar confinado tras las puertas de un monasterio a estar aprisionado en los lazos del matrimonio”. O las ideas sobre la posibilidad de mantener parejas abiertas: “Si mi esposo me ama más a mí que a su amante, entonces me conformo con que prefiera su belleza y que la abrace tanto como le agrade,  pues, por mi parte, estoy tan unida a mi propio ingenio y tan encantada con él, que poco me atañen los amores y los abrazos de mi esposo”.

Si bien es pertinente la puntuación, se impone ir más allá de una lectura de género ante un libro como el de Cavendish y pensar en él como una obra sobre las libertades. Sobre la búsqueda de la verdad más allá de los cánones de la época o de la arbitrariedad del poder, cualquiera sea. Basta leer a la Duquesa de Newcastle para dejarlo claro: “Aunque no pueda ser ni Enrique V ni Carlos II, me esfuerzo en ser Margaret I. Y, aunque ni tengo poder ni ocasión para conquistar el mundo como lo hicieron Alejandro y César, y tampoco puedo ser dueña de uno, pues ni la Fortuna ni el Destino me lo darían, he creado un mundo por mí misma, por lo que nadie, espero, podrá culparme, al tener cada cual el poder de hacer lo que desee”.

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