Argentina y la lucha de clases dentro del oscurantismo de la posverdad

Por Guillermo Carlos Delgado Jordan

¿Qué es lo que indigna del nepotismo? ¿Qué es exactamente lo que sentimos cuando leemos en grandes titulares que la hija de tal o el primo del otro accedieron a un importante puesto en el gobierno?

Primero deberíamos partir de la base (a pesar del payasístico decreto presidencial) de que la condición de familiar de “x” no invalida a que “y” pueda acceder a determinada posición. Es más, “y” puede ser tanto o más capaz en su puesto que “x”, y por ahí el decreto debería haber removido a las “x” en lugar de a las “y” y dejarnos a “yernos” y/o “hermanas” en lugar de a tanto cuestionado ministro.

Pero lo que nos sucede es que, sabemos, estamos convencidos, de que los nombramientos de familiares en el Estado de Cambiemos no se realizan por “capacidades” sino por acomodos, por el solo hecho de pertenecer. Me viene a la mente, entonces, una entrevista a Marcos Peña allá por principios del 2016 donde, hablando de sus hermanos funcionarios, nos decía: “es natural por sus carreras” que terminaran formando parte del Gobierno de alguna forma. Y ese es, precisamente, el concepto al que quiero arribar: la naturalidad mental nepótica presente en la actual clase gobernante.

En una de esas charlas de café virtuales que uno, a veces, mantiene con otros seres vía redes sociales, polemizando o discutiendo sobre temas varios, nos hallábamos entrelazados en regodeos semánticos el escritor Alejandro Enrique (quien suele iluminar las páginas de este portal con su sapiencia), el apasionado filósofo, poeta y artista Eduardo Sanguinetti, y un servidor. El tema en cuestión era (originado en el articulo “Argentina en la telaraña: el cambio en red”) la terminología a emplear para definir al grupo gobernante y mi insistencia en denominarlo “aristocracia” por sobre conceptos más apropiados, tal vez, como “oligarquía” o, en esta época de siglas estampadas en remeras, solo con el uso de tres letras (la primera, muda).

Y es que, desde que leí a Marcos Peña hablando de “naturalidad”, no pude apartarme del concepto. Porque “natural” significa “que es así”, que está establecido, o como también califica el término para los académicos, el “Natural” es el Señor, aquel que por su linaje tiene derechos sobre otros. Justamente por eso, en la concepción de Marcos Peña y todo el séquito presidencial, “es natural” que la familia del Jefe de Gabinete sea parte de esta clase gobernante, así como “es natural” que lo sean los familiares de “los otros nobles” que componen el gobierno. Como es natural que un príncipe herede al Rey o “el hijo del dueño” a su papá.

Y así, esos nobles, y los otros privilegiados que llevan la misma sangre en sus venas azules, fueron insertados por centenares dentro del amplio abanico ministerial del Estado nacional. Como señores, coparon las oficinas de gobierno tal si fuesen sus territorios feudales, para usufructuarlos en su propio beneficio a costa del trabajo del vasallaje (nosotros) que debemos procurarles su fortuna y bienestar.

Y no están solos, tienen a todos los cortesanos con ellos: Mayordomos, Chambelanes, Limosneros y Senescales… Empleados, socios, testaferros, también presentes en esta Red de Redes del gobierno, conformando no solo un conjunto de hombres sino, esencialmente, una clase social. Porque la amalgamada aristocracia gobernante nos ha hecho desempolvar nuestros viejos textos universitarios para retomar el concepto de Lucha de Clases. Lucha que, dicho sea de paso, estamos perdiendo.

En esta lucha, por un lado se halla una compleja red aristocrática conformada por las bicentenarias familias oligárquicas poseedoras de la tierra, unida en santo matrimonio (no solo metafóricamente) con un par de docenas de familias hijas de inmigrantes que tomaron control del aparato financiero, industrial y de servicios. Hábiles, comparten sus negocios, sus clubes y sus fundaciones y tienen en claro que sus diferencias internas nunca deben sobreponerse por sobe el interés común: El Plan de Negocios que vinieron a orquestar en el gobierno, disfrazado en un fracasado Plan de Gobierno que parece no tener fin y en donde la palabra se contrapone, necesariamente, a los hechos.

Por el otro lado, la plebe, nosotros, los de sangre roja, confundidos y descabezados. Observando como nuestros líderes naturales se abrazan y desabrazan, en una pantomima que parece orquestada, como prisioneros enjaulados tras barrotes de humo que no se atreven a surcar. Somos nuevamente vasallos medievales, atrapados en un nuevo forma de ignorancia, el oscurantismo de la posverdad, imposibilitados de retomar nuestra conciencia de clase mientras vemos al vecino caer de rodillas.

@AsGuille67

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