“El Eternauta es una enfermedad transmisible e incurable”

“El héroe mayor de la aventura argentina es un sobreviviente. El narrador que ha escrito las mayores aventuras de ese héroe y de otros tantos es un desaparecido”, escribió el periodista Juan Sasturain en el diario Página 12. De esa manera explicaba una especie de espejo invertido que reflejaba de un lado a Héctor Germán Oesterheld, el desaparecido de carne y hueso a quien en los años de plomo los militares terminaron con su vida, y del otro a Juan Salvo, el sobreviviente de papel, El Eternauta que acaso a 50 años de su aparición vive todavía por que la eternidad es el espacio donde suele moverse. Pero hay otro sobreviviente. Aquí Rodolfo Walsh habría podido volver a escribir: “Hay un fusilado que vive”. Porque a Elsa Sánchez, la viuda de Oesterheld, la muerte le rozó la vida y todavía no se lo explica: “yo no entiendo por qué no me mataron”. Y es que en septiembre del ‘76 un comando del Ejército entró a su casa. Empujándola contra la puerta del garaje le gritaron donde estaba “Hector, el judío”. Ella pensó que la buscaban, pero no. Respondió con la calma de quien ya ha perdido casi todo, que su marido no estaba allí y que era descendiente de alemanes “pero si es judío, ¿qué?”.

Por Atahualpa Puchulu para Análisis Digital

El departamento de Elsa en un piso doce del barrio Belgrano es sencillo, despojado. Unos pocos muebles repartidos prolijamente por tres habitaciones. La charla es en el living. Elsa pide disculpas por un desorden que no es tal y se sienta en un mullido sofá que la hace parecer chiquita. Frente a ella, un sillón. Lo mira ahora, inmóvil. Parece como si esperara que de un momento a otro Oesterheld tomara forma allí, del mismo modo en que Juan Salvo lo hizo aquel 4 de septiembre de 1957 frente al guionista, cuando se publicó por primera vez la historieta.

“El Eternauta es una enfermedad transmisible e incurable”, sentencia Elsa y abre grande los ojos mientras apunta con el dedo índice hacia arriba. Después dirá que es la forma de explicar a los jóvenes, un poco en broma, el porqué de tanta vigencia.

Dibujada por Francisco Solano López y guionada por Héctor Germán Oesterheld, El Eternauta apareció en 106 capítulos en el suplemento semanal de Hora Cero, una revista de la Editorial Frontera que los hermanos Héctor y Jorge Oesterheld habían fundado ese mismo año.

Elsa tiene 82 años y una vitalidad que sorprendería a más de uno. Como si las ganas de vivir de sus cuatro hijas, también desaparecidas durante la última dictadura, se acumularan en su cuerpo enjuto.

Dice que lo máximo que Oesterheld hubiese esperado es que el Ministerio de Educación distribuyera El Eternauta en las escuelas. Aunque aclara que no solo es un medio educativo sino una obra literaria que “hasta estuvo comprometido como novela”. Y agrega ahora, con un largo suspiro y la mirada perdida en quién sabe qué imagen: “lamentablemente, se ter-mi-nó to-do”. Y se entiende, claro.

El dibujante mortal y el personaje eterno

Ahí viene caminado Francisco Solano López. Tiene las dos manos en los bolsillos de una campera gris cerrada hasta la nariz y una boina del mismo color que apenas deja ver sus orejas. Parece como si se cubriera de algo. ¿Una nevada mortal, acaso? Pero no. Afuera solo llueve.

En su departamento de dos ambientes casi no hay fotos. Lo que sí tiene son muchos retratos de familia dibujados y firmados por él. Es que a los 78 años, el dibujante de El Eternauta no ha parado de ilustrar desde que copiaba en las carpetas de su madre al Tarzán de Hogarth.

-Los dibujos de El Eternauta no están bien hechos.- suelta Solano López
-¿¡Cómo!?

-Sí, la historieta fue un banco de pruebas. Son dibujos de transición.

Explica que después de dos años de haber imitado los dibujos que el italiano Paul Campani hacía de Bull Rocket, otra historieta de Oesterheld, quiso despegarse para encontrar la fisonomía propia de sus ilustraciones.

En el ‘69 apareció en la revista Gente una nueva versión de El Eternauta con guión de Oesterheld y dibujos de Alberto Breccia. Pero esta vez la historieta no tuvo la repercusión anterior. El guión levemente modificado, y los dibujos de Breccia, con mayor vuelo artístico, hicieron que la historia terminara de manera abrupta.

Solano López se pone serio ahora. Se acomoda en el amplio sillón a cuadros y frunce el ceño. Carraspea y revela: “No estoy seguro que los últimos guiones de El Eternauta del ‘76 los haya escrito Héctor”. Dice que son demasiados “bizarros y fantasmagóricos” y estaban escritos a máquina, algo que Oesterheld no soportaba.

La segunda parte de la historieta se publicó ese año. Su guionista militaba en Montoneros y escribía las historias desde la clandestinidad. Incluso llegó a dictarlas por teléfono.

Después de 50 años, Francisco Solano López sigue dibujando El Eternauta con guiones de Pablo Maiztegui. “Todavía me falta terminar la saga, cuando Juan Salvo encuentra a Elena, su mujer”, confiesa casi en silencio.

Asegura que la historieta debe seguir apareciendo y que para eso está buscando otro dibujante que tenga el mismo estilo de comunicación que él ha conseguido con el lector. Y como si hiciera falta aclarar, agrega: “porque una cosa es cierta. Yo no soy eterno. No soy como El Eternauta”.

El día en que Juan Salvo viajó y llegó a la ESMA

Elsa siempre señaló que el milagro de Oesterheld fue que El Eternauta llegara a todas las escalas sociales. También solía decir que ya no le asombraba que lugares podía alcanzar. Hasta que un día, no dijo más.

“Yo me quedé paralizada” y hace el gesto duro con las manos, como imitando aquel momento. “Que si me lo llegaba a contar otra persona, te juro que no lo creía”, afirma.

Elsa cuenta que en el 2000, después de participar en una charla con una comisión de hijos de desparecidos alemanes, una señorita se le acercó y le pidió para hablar con ella.

La muchacha resultó ser Adriana Marcus, una sobreviviente de la ESMA, que en el ’78 había sido secuestrada.

Explica que cuando estaba en el lugar, un custodio se le acercó y le dijo que la iba a llevar a otro lado. Elsa narra como si lo estuviera viendo todo: “Ella pensó, que era el traslado. Que la iban a matar. Pero no. La llevaron a otro cuarto”.

Una vez ahí un guardia se le acercó – continúa relatando – le dio la historieta de El Eternauta y le dijo: “Este es el mejor escritor argentino”. Adriana lo leyó durante toda la noche y se sorprendió al ver que lo que tenía entre sus manos era una metáfora de lo que a ellos, los militantes, les sucedía”.

Al otro día el custodio le preguntó: “¿Te gustó?”. Elsa dice que hasta ese momento no lo había mirado. Fue cuando levantó la cabeza y le dijo que no pudo dejar de leerlo.

-¿Y quién le había llevado el libro?

Elsa abre grande los ojos y suspira largamente para terminar de sacar esas cinco letras que parecen rasparle la garganta: “Astiz”.

http://www.analisisdigital.com.ar/noticias.php?ed=1&di=0&no=269894

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