Un mundo sin política

La obsesión de Macri, las herramientas para conseguir lo que se propone, los hitos de un itinerario perverso y las chances de impedir que logre su cometido.

Por Gonzalo Carbajal @zalet para Revista Kamchatka. Foto: Ezequiel Pontoriero

Mauricio Macri tiene una obsesión: eliminar a la política de nuestra vida. Borrarla por completo de la calle, los medios de comunicación y las instituciones, los tres ámbitos donde se despliega.

No hizo falta esperar mucho tiempo desde que asumió Cambiemos para ver sus uñas. En los primeros meses y desde la periferia hacia el centro, abrió la puerta a un aparato represivo, intimidante, en manos de las fuerzas de seguridad. Recibieron sus correspondientes disparos chicos integrantes de murgas, como denunció La Garganta Poderosa, una de cuyas integrantes fue detenida por filmar la detención a un pibe. Fue presa Milagro Sala con la excusa de un acampe en una plaza de San Salvador de Jujuy. Y casi dos años después de su asunción, balas de la Prefectura mataron por la espalda a Rafael Nahuel en las afueras de Bariloche.

Su sucedieron detenciones indiscriminadas en marchas y protestas, como el 8M del año pasado. La policía en el interior de colegios secundarios. La brutal represión en las afueras del Congreso mientras se debatía el proyecto para bajar las jubilaciones. Bastan estos pocos ejemplos para el que tenga alguna duda: la política en la calle es mala palabra para el Gobierno nacional.

En los medios de comunicación, se ha dado el más acelerado proceso de cierres y despidos que se recuerde, con casi 3 mil puestos perdidos en el sector audiovisual y de prensa. Con procesos judiciales y detenciones insólitas contra propietarios de medios, para condicionar los contenidos o directamente quedarse con esos medios. Mediante el uso discrecional y aplicando criterios mercantiles a fondos públicos, ahogaron a medios medianos y pequeños y productores de contenidos. Se sabe de represalias contra comunicadores por el ejercicio de su oficio. Despidos en medios públicos o, como en la TV Pública, aumento cero de salarios. Salvo excepciones, es escasa la presencia de dirigentes opositores y referentes sectoriales o de organizaciones intermedias en los medios de comunicación. Señales que apuntan en el mismo sentido.

Mientras subejecutan el presupuesto para desfinanciar por completo programas de producción de cine y audiovisual previstos por sendas leyes, el desguace de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual pavimentó el camino para una concentración inédita. También invierten sumas importantes en grandes monopolios digitales como Google y Facebook. Acumulan fuerza económica y comunicacional en los grupos económicos más grandes, especialmente en Clarín. La mercancía de cambio es hacer de sus medios de comunicación herramientas de presión para hostigar y deslegitimar la voz opositora allí dónde no pueden evitarla.

El control del contenido que fluye por los medios grandes y sus dispositivos, y la ausencia de alternativas en condiciones de disputarles centralidad, parecen ser el objetivo. Como explican bien quienes acuñaron el término lawfare, son parte necesaria para que la sociedad justifique y calle ante los atropellos que luego ejecutarán los magistrados. La persecución y detención arbitraria de personalidades políticas vinculadas al gobierno anterior es hoy una realidad. En Argentina, hay presos políticos y de eso no se habla.

Llegamos a las instituciones. La amañada intervención al principal partido de la oposición no es buena señal. Pero que el árbol no tape al bosque: el manoseo con jueces y fiscales, la connivencia de estos con agentes de inteligencia, el espionaje sobre dirigentes opositores y la filtración a través de los medios de sus conversaciones privadas no exculpa a “La Justicia”, pero expone sus debilidades.

El dispositivo oficial para denunciar maestros que mencionaran a Santiago Maldonado, desaparecido y aparecido ahogado tras una represión de Gendarmería. La intervención de sindicatos. El ingreso de la policía a las universidades nacionales. El uso de la AFIP y otros mecanismos del Estado para condicionar la actividad privada. Nada de esto es ajeno al objetivo de obturar los espacios donde puede manifestarse la disidencia. Borrar la política de los lugares desde donde se puede interpelar a la sociedad.

En menos de tres años, el gobierno de los ricos transformó el paisaje de una democracia de alta intensidad en otra con severas restricciones. El conjunto de operaciones que se necesitó permite imaginar una coordinación tácita en cabeza del proyecto gobernante o hasta por encima de él.

El silencio de importantes personalidades de la vida social, política y cultural quizá nunca resuene en sus conciencias. Porque no todos necesitan a la política por igual. Sin la política, ¿cómo defenderán una jubilación digna las personas mayores? Sin la política, ¿quién escuchará las angustias de quienes pierden su trabajo?

Quizá sea el insomnio en el que nos ha sumido este neoliberalismo, pero el sueño de una Argentina con justicia social sigue ahí. Un mundo sin política es un mundo a la medida de las corporaciones. Llegaremos a tiempo para evitarlo si, pese a todo esto, nos proponemos multiplicar la política para sostener la posibilidad de hacer política.

http://www.revistakamchatka.com.ar/opinion/un-mundo-sin-politica/

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