El placer de repetirse

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

Imagen relacionada

El sinnúmero de escenarios catastróficos que se proyectan para el futuro cercano de la economía argentina es en verdad abrumador. La obcecación gubernamental por reafirmar la invariabilidad del rumbo elegido torna más sombrío el panorama de carencias por venir que, además, las mismas voces oficiales se encargan de anticipar a diario. Ningún dato duro genera ya, por más que se lo manipule metodológicamente, ni la más mínima esperanza de repunte. El desenfreno por anunciar venturas paradisíacas trocó en realismo tercermundista en lo que a expectativas económicas se refiere.

Las flaquezas de gestión, los yerros de la conducción financiera y el derrumbe de la imagen de infalibilidad del equipo de notables que estallaron a ojos vista de la población, sin embargo, en nada incidieron sobre el estilo comunicacional  macrista. Hasta podría afirmarse que ese estilo ─basado en el montaje y el despliegue de lo inverosímil─  se profundizó a medida que las penurias económicas se hicieron más evidentes. A priori, seduce inclinarse a pensar que perdura la costumbre, que es un intento por aferrarse ─intensificándola─ a una estrategia exitosa pero próxima a su fin.

Puede que esta y otras explicaciones similares cuenten con cierta base argumental.  No obstante, las características de esta apuesta oficial parecen poco relacionadas con la inercia o la repetición propia del iluso: sus rasgos son de tal magnitud que ameritan descartar la ingenua insistencia en recursos próximos a agotar su efectividad. El despliegue reciente de montajes de pura cepa cambiemista ha sido, por cierto, llamativo, en especial porque no se trata de las ineludibles imposturas mediáticas ligadas a operaciones de lawfare en desarrollo sino de puestas en escena sin relación directa con el oscuro mundillo forense adicto al PRO.

La porfía en repetirse de Cambiemos está más cerca del morbo planificado que del farol o el palo de ciego. Desde el baile grotesco en el balcón de la Rosada hasta hoy se han multiplicado casi en progresión geométrica los montajes fílmicos y fotográficos, las alocadas justificaciones de actos de gobierno, la repetición de muletillas sin sustento real y un conjunto de variadas provocaciones e injurias destinadas a enardecer tanto a los perjudicados por las medidas de ajuste como a los críticos del modelo. La estrategia de simular,  provocar y castigar, en vez de disminuir con la crisis, redobló su despilfarro en recursos tácticos.

El PRO ─cuya hegemonía se materializó a través del triunfo de Cambiemos en las urnas─ representa lo que eufemísticamente se ha dado en llamar “Nueva Derecha” ─fusión de conservadores, neoliberales y elitistas de variado cuño en convivencia que  los intereses comunes hacen tolerable─, un espacio ideológico con férrea voluntad de alcanzar el poder camuflándose entre las fuerzas políticas de auténtica vocación democrática. Asimilan ganar una elección ─después de haber ocultado planes de gobierno y agenda─ con un juego de suma cero: la posesión de las llaves de la administración del Estado pone fin a las sanas restricciones que cualquier gobierno republicano debería respetar. Todo a ganador, sin límite.

Semejante concepción requiere mantener fuera del plano político visible su impronta autocrática de sustento.  Por un lado, la ya muy familiar estética minimalista, de prolijidad e imagen profesional aséptica busca dar la sensación de un PRO sin contaminación ni mácula alguna. Estética que también las segundas marcas en pugna por una plaza destacada en 2019 se desesperan por adoptar a tiempo. Por otro, la comunicación oficial que profundiza su tendencia a negar realidades, estigmatizar disensos y construir artificios escénicos sin que importe que al otro día se ponga en evidencia el burdo montaje. Estética y estilo comunicacional van de la mano con la impostura macrista.

La teoría que constantemente barajan los encuestadores divide al electorado en tres partes casi iguales ─los tan mentados “tercios”─ que se asemeja a una descripción de dos grupos de hinchas fanáticos de un equipo de fútbol que no entienden más razones que los colores de la camiseta frente a otro al que ese deporte mucho no seduce pero, en algún momento, debería decidir qué colores prefiere. Tomando esta teorización como posible y sin hacer una pausa para lamentar tan triste situación,  podría inferirse que mantener un estilo comunicacional que parece sumir al cambiemismo en los placeres de la repetición morbosa tiene, más allá del regodeo en el engaño y el envalentonamiento del autócrata ufano,  además, un carácter cuasi obligatorio.

Si el tercio de fanáticos propios gusta de ganar el partido contra el rival señalado como clásico con un penal mal cobrado cuando expiró hasta el tiempo de descuento, nada mejor que brindarles a diario y en dosis cada vez más altas lo que sus deseos espurios demandan. Comprar árbitros, amañar partidos, repartir sobres entre los periodistas-estrella y lograr prebendas extra-deportivas serán prácticas bien vistas, incluso exigidas, por esa hinchada. El rival, tarde o temprano, quedará reducido a la condición de equipo chico, desmoralizado para más inri, y condenado a que sus denuncias solo tengan eco en los medios periféricos que el tercio menos futbolero apenas conoce.

El estilo comunicacional PRO, como a diario se verifica, incluye un apartado discursivo perenne: el de la antipolítica, que sería el equivalente a un paradojal predicamento antifútbol emanado desde la propia AFA. El tercio de indecisos ─también llamado “pensante” por algunos candidatos en plan de congraciarse con ese conjunto en épocas preelectorales─, cercano a una suerte de abulia expectante según las descripciones de los encuestadores, acusa empacho de pelota en movimiento mientras ve, a toda hora y sin saber muy bien por qué, a los jugadores del equipo perdedor desfilar por las salas del tribunal de disciplina y a los del ganador en las pantallas televisivas despotricando a causa de la suciedad del ambiente corrupto e inmundo, repleto de equipos sin mérito ni moral ─pero especialmente envilecido por uno, con setenta años de tropelías a cuestas─ en el que están obligados a jugar sus partidos.

El paisaje destinado al consumo de los que padecen indigestión se completa con el presidente del club bailando en USA, pidiendo amor eterno para una dama francesa que no en vano llegó hasta donde llegó o departiendo con una pareja de emprendedores de la muzzarella a los que no les asusta la baja en la demanda de pizza de cancha. Los dirigentes más encumbrados y prolijos explican con tono doctoral, risueño y algo juguetón que otro sería el ambiente del fútbol si se hubiese decidido a su tiempo darle la diez a Satanás Páez y conchabar a Maradona como ayudante de Alberto Kornblihtt en las bachas del CONICET, siempre desbordadas de platos sucios.

Resultado de imagen para satanás paez patada Resultado de imagen para Alberto Kornblihtt

Este estilo comunicacional parodiable e inverosímil, al fin y al cabo, refuerza la concepción del triunfo electoral como fin de un juego de suma cero e indubitable imagen de una democracia nominal como verdad consagrada a deglutir de spot en spot. Cada montaje, cada negación de una amenaza de calamidad convertida en hecho a los pocos días pone sobre el tapete nacional la idea de que cuando el que gana por los mínimos votos se lleva todo e impone reglas arbitrariamente sin grandes resistencias puede marcar con rapidez un rumbo a seguir por largo tiempo, incluso en ausencia. Afirmar sin sustento, mostrar sin rubores lo que todos sospechan o saben a ciencia cierta que es prefabricado y artificial, estigmatizar a los disminuidos e indefensos es, en definitiva, una demostración de poderío que se incrusta en la indecisión del desnortado para el momento en que considere hacer la medición de fuerzas y jugar a ganador.

Cabe esperar mucho más de lo mismo. Si se instalara como certeza que tras la entrega de las llaves resultaría imposible recuperar el inmueble, si se aceptara como inexorable que los triunfos electorales no serían más que la culminación de un juego de suma cero, la política argentina desembocaría en un monólogo de predicadores ensimismados en medio del naufragio. Así no habría lugar siquiera para el poco seductor bipartidismo de bajos contrastes. El riesgo es enorme y los plazos para la búsqueda de antídotos amenazan con expirar muy pronto.

@ale_enric


 

Imagen relacionada

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s