Volver al futuro

Vivir bajo Macri es una pesadilla propia de la ciencia ficción

Por Marcelo Figueras para El Cohete a la Luna

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Días atrás, durante ese limbo que supone el interregno entre Navidad y Año Nuevo, pesqué por televisión una peli que no chusmeaba desde —¡literalmente!— el siglo pasado: la versión original de El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner. Verla en colores y en inglés supuso un salto respecto de mis recuerdos con cortes comerciales y doblaje neutro. Pero lo que alcancé a ver se la bancó bien: una vez que uno olvida la crudeza de las máscaras simiescas, la historia sale como piña.

Se acuerdan de qué va, ¿no? Es la peli en que un astronauta naufraga en un mundo donde la especie dominante es primate y los humanos son considerados animales de una inteligencia limitada. La novela de Pierre Boulle —publicada en Francia durante 1963— y esta peli seminal fueron exitazos, porque la premisa daba para especular largo y sabroso: ¿qué sentiríamos de vernos confinados a un lugar de inferioridad absoluta y reducidos a esclavitud, a manos de una especie que nos considera bestias de cierta gracia pero incapaces de superarse? El juego especular era elemental —los simios ocupan el sitial de los humanos, los humanos somos tratados como simios—, pero no por eso menos inquietante; a fines de los ’60 no hacía tanto que una nación con nostalgias de imperio había discriminado entre razas superiores e inferiores.

Pero esta vez, vista desde la Argentina actual, no encontré forma de escapar a subtextos con los que en mi infancia no había contado. ¿O no somos millones los que hoy nos sentimos como el astronauta Taylor (Charlton Heston): desconcertados e incapaces de reaccionar del todo, sin terminar de entender cómo fue que zozobramos en un lugar regido por simios despiadados?

¿Arde Nueva Roma?

Que los que defendemos la causa popular nos asociemos a un personaje de Charlton Heston —eterno republicano y ex presidente de la NRA, National Rifle Asociation— es una ironía que no se me escapa. Pero la relectura del film desde la realidad argentina actual funciona a pesar de ella. Como en la novela de Boulle, nuestro régimen dominante es ultraconservador en lo político-económico y se apoya en sus fuerzas de seguridad, claramente militarizadas. Claro, también hay aspectos en que el poder velludo es más generoso que el macrismo. Para empezar, se toman en serio a sus científicos y les otorgan el beneficio de la duda. Al lado de Lino Barañao, la psicóloga animal Zira (Kim Hunter) parece la reencarnación del Che Guevara.

La doctora Zira (Kim Hunter).

En paralelo, nosotros estamos como el pobre astronauta: tratando de convencer a los representantes del establishment de que somos racionales y que, en consecuencia, nos asistirían los mismos derechos — a no ser tratados como animales de carga, a comer otra cosa que basura, a no ser enjaulados por culpa de interpretaciones de la ley que sólo se aplicarían a bestias. Si hasta la forma en que nos definen es una que animaliza: neologismos como kuka o kaka, que le tiran por la cabeza a cualquiera que objete al macrismo, no desentonarían en la boca de ningún chimpancé entusiasta.

Si me preguntan en qué momento de la saga estaríamos —porque al original le siguieron otras cuatro pelis, una serie, un bodrio de Tim Burton y una trilogía interesante a partir de 2011—, diría que exactamente al final del film original (y no acusen de spoilear, porque nadie spoilea una historia que ya cumplió más de medio siglo): aquella escena aún impresionante en la que Taylor descubre que el planeta extraño donde cree haber caído es en realidad la Tierra del futuro. En la novela, el cierre es equivalente aunque no consigue el mismo punch emocional: Taylor —que en el texto original es francés y se llama Ulysse— cree regresar a su planeta, reconociendo desde el aire tanto la Torre Eiffel como el aeropuerto de Orly; pero al aterrizar, el oficial que lo recibe es un gorila. El final de la peli escrito por Rod Serling, a quien celebramos como creador de La dimensión desconocida, es inolvidable: Taylor se topa con los restos de la Estatua de la Libertad y comprende que la humanidad se retrotrajo solita a la Edad de Piedra, mediante una conflagración nuclear. (De lo cual habría que colegir que, a pesar de haber actuado en la peli, Charlton Heston no la entendió nunca.)

Desde el juego de relectura que propongo, este sería para nosotros un final amañado, engañoso, reaccionario. Porque eso es lo que busca nuestro régimen, precisamente: que asumamos que la situación que atravesamos es obra nuestra, que lo que padecemos es lo que nos buscamos y por ende merecemos. Lo único que el macrismo ha hecho bien —además de robar, apoderarse de todos los negocios y fugar guita, quiero decir— es producir cultura en sentido estrictamente político. (Porque de la otra, está claro, no se ha producido menos bajo ningún otro gobierno, ni siquiera dictatorial.) Explotando el antiperonismo de cierta sociedad argentina y los complejos de inferioridad de sus castas más bajas, Durán Barba y sus minions convierten argumentos falaces en bits de información disfrazados de sentido común. (En un artículo de esta misma edición de El Cohete A La Luna, Enrique Aschieri define este afán de Cambiemos como guerra psicológica. En otro, Juan Carlos Tealdi equipara a los guerrilleros mentales del gobierno con el soñador de Las ruinas circulares, convencido de que basta imaginar algo con convicción para que se vuelva real.)

Hasta el payaso de Trump cuida de su base electoral: por eso protege el trabajo de sus compatriotas y trata a los inmigrantes como enemigos. Pero Macri, que nació en cuna de oro y vivió siempre en la opulencia, castiga a parte sustancial de sus votantes cuando les dice que vivían una fiesta que debía acabar.

Para librarse de la responsabilidad del incendio de Roma, Nerón señaló a los cristianos. Muchos de ellos fueron “arrojados a las bestias, crucificados y quemados vivos”, dice el historiador Edward Champlin. Macri sostiene que la Argentina fue víctima de un incendio que nadie vio y nos señala a nosotros con su dedo imperial. De este modo, todo lo que el pueblo padece —la desocupación, el hambre, la enfermedad intratada— deja de ser la injusticia que es de modo desembozado, para resonar como un acto de retribución divina ante el cual que no cabría otra que resignarse.

No future

No estoy tratando de decir que el campo popular no cometió error alguno. Los perpetró a carradas, como no podía ser de otro modo: en esta vida nadie aspira más que a granjearse administraciones decentes y eficaces; en el mejor de los casos, también inspiradas y valientes — el gobierno celestial, con ángeles por funcionarios, no estará a nuestro alcance durante esta encarnación. Pero naturalizar que lo que hoy ocurre es consecuencia inevitable de lo hecho por los gobiernos 2004-2015 —un efecto proporcional a su causa— es un disparate que muchos ciudadanos devoran sin oponer resistencia, como otrora se toleraba el aceite de ricino. Y no es medicina alguna: es placebo, un simple engaño del que no saldrá nada bueno. Lo que ocurrió durante aquellos años no justifica este presente, salvo como vendetta de los poderosos para escarmentar al pueblo y a quienes defienden su interés genuino. Y es todavía más insuficiente para explicar por qué pinta tan mal esa proposición a la cual nuestras culturas otorgan tanto valor — el futuro, aquello que está por venir.

¿Cómo habrá sido vivir en el mundo que aún no incorporaba a su lectura de la realidad la noción del mañana? ¿Cuando la caída del sol sugería que la noche se lo devoraría todo y sobrevendría el fin; cuando no había modo de entender que después de la crueldad del invierno llegaría otra estación durante la cual el campo reverdecería? Un ejercicio de la imaginación que resulta difícil de acometer, desde que formamos parte de una civilización —y, en consecuencia, desde que somos hijos de una forma de pensar— que trabaja casi exclusivamente en pos de objetivos mediatos, apostando siempre por lo que ocurrirá más adelante. Las cosas que emprendemos en busca de satisfacción inmediata son mínimas, sinónimo de frivolidad o necesidad elemental: zamparse un chocolate, rascarse la espalda, vaciar la vejiga. El resto de nuestras acciones construye a largo plazo: estudiamos para que se nos habilite a practicar ciertas tareas, trabajamos para cobrar dentro de un mes, hacemos lo que hacemos como parte de un plan ulterior.

Tanto nos jugamos por el futuro, que durante siglos generaciones enteras modelaron su existencia en busca de un porvenir que estaba más allá de la vida biológica — el Paraíso proverbial. Hoy no es tan común, pero aun así nos cuesta horrores disfrutar del presente. En estos días veraniegos me he encontrado más de una vez presionando a mi hijo B. para que olvide lo que podríamos hacer después y viva el ahora; y, mientras lo hacía, tuve que admitir que no era quién para excluirme de los alcances de mi homilía.

El futuro nos fascina tanto, que le consagramos un género literario a cuyo encanto sucumbió hasta Pierre Boulle (1912-1994), que era ingeniero, había sido espía y solía escribir novelas realistas como El puente sobre el río Kwai. Lo que etiquetamos como ciencia ficción proyecta al mañana nuestras obsesiones: aquello que esperamos que la tecnología resuelva por nosotros, las utopías sociales y políticas, las pesadillas que derivan de trasladar a otros siglos los problemas que derivan del crecimiento desordenado y el comportamiento irresponsable de nuestra especie. (¡Pregúntenle a Charlton Heston!)

Pierre Boulle.

Durante lo que va del siglo, jóvenes y adolescentes volvieron a poner de moda lo que denominamos distopía —el futuro literario practicado como exorcismo de los males del presente—, un subgénero que hace casi cien años consagraron tanto Aldous Huxley (filósofo, autor de Un mundo feliz, 1931) como George Orwell (periodista, autor de 1984, 1949). En esto nos sacaron varios cuerpos a los adultos, porque intuyeron lo que se venía mejor que nadie. Mientras nosotros nos relajábamos, confiados en que ciertos horrores no se repetirían, los pibes entendieron que formaban parte del primer acto de una tragedia. Era lógico. Existe mucha gente —gente grande, diría mi abuela— convencida de que los Trump y Bolsonaro de este mundo son líderes de verdad. Pero los más jóvenes, habituados a estas lecturas y a las series y películas del género, pescaron sus rasgos caricaturescos desde el vamos y asumieron que se trataba de personajes, movidos por un comité de autores en las sombras.

Como los estadounidenses, brasileños y tantos otros ciudadanos del orbe, nosotros también somos prisioneros de una distopía. A pesar de que la política contemporánea se funda sobre un ejercicio especulativo —las elecciones consagran al/la candidatx o programa que vende el porvenir más apetitoso—, nos gobierna un régimen que, una vez que descubrió que nada le salía mejor que privarnos de cosas, decidió animarse a prohibir el futuro.

Ajo y agua

Es fácil explicar por qué el gobierno no habla ni hablará del futuro de aquí a las elecciones de octubre. Como nos metieron en un pantano del que no hay salida providencial, y ya no hay nada que puedan prometer de modo verosímil, nuestro propio comité en las sombras —con a little help de los amigos de la Embajada, que en esta materia la saben lunga— está tuneando un nuevo subgénero: la elección presidencial de la cual el futuro del país y del pueblo no forma parte como tema relevante.

La lógica tradicional indicaría que, ante un presente complicado, nada vendería mejor que la promesa de un mañana alentador. Pero como eso fue lo que hicieron para ganar sus primeras elecciones, el truco ya no surtiría efecto. Por eso optaron por este golpe de timón, digno de veteranos de una guerra psicológica o de un desaforado soñador borgiano: sacar el futuro del tablero de lo discutible. Algo que parecería imposible —se acude a las urnas para definir lo que ocurrirá durante el próximo cuatrienio, lo que está en juego sería el futuro y nada más que el futuro—, a no ser, claro, que hayas dado con la fórmula precisa para que el planteo imposible se vuelva real.

Y eso es, ni más ni menos, lo que el gobierno ha descubierto: cómo hacer para que el futuro deje de formar parte de nuestras preocupaciones.

La estrategia es tan diabólica como efectiva: ante la negativa a mover un dedo para mejorar la vida cotidiana de la mayoría de los argentinos (porque todo peso que migra de nuestros bolsillos va eventualmente a parar, ya sea por caminos simples o tortuosos, a sus bolsillos), la Armada Macrileone decidió pisar el acelerador para complicarnos la vida hasta lo indecible; de tal modo que resulte un disparate pensar qué será de nosotros en marzo, en julio o en 2020, porque nuestro esfuerzo e ingenio estarán jugados a resolver únicamente cómo llegar al final del día de hoy. En este contexto, la difusión del cronograma de aumentos en los servicios es una movida macabra. Estos engendros saben que el ciudadano común paga hoy con alivio el boleto de bondi aumentado a 15 mangos, porque mientras pasa la Sube se consuela pensando: Uf, menos mal que hoy puedo viajar… ¡Ya veré cómo mierda hago cuando suba a 18! Y cuando el boleto llegue a 18, se sentirá feliz de haber podido saltar esa valla mientras siembra dudas sobre su capacidad de sortear la siguiente.

Macri y sus monjes negros convirtieron el camino a octubre en una carrera de obstáculos, que impide pensar más allá del paso inmediato. Estamos como esos personajes de un western a cuyos pies dispara un malvado, para obligarlo a bailar. Todo nuestro ser se concentra en la tarea de mover la patita, de tal modo que el próximo balazo no la perfore. Y así estamos: tapando un agujero con la tierra que sacamos de otro agujero que acabamos de producir, y después tapando este con el bocado que arrancamos de otra parte del jardín. Al final del día nos sentimos agotados pero contentos por haber llegado hasta allí, y no queremos otra cosa que desplomarnos a dormir para que haya energía para otro día de noria. Cuando llegue octubre, vamos a estar tan entrenados al estilo pavloviano —la comunicación subliminal del gobierno puede reducirse al mantra pague pague pague PAGUE PAGUE PAGUE—, que cuando al fin digan votanos muchos lo harán, porque calibrar la posibilidad de que exista una alternativa política real supondrá un esfuerzo intelectual y emocional de carácter sobrehumano, que pocos estarán en condiciones de intentar.

Así estamos, mientras Yosemite Mauri nos hace bailar.

La gente está tan esclavizada por su presente inmediato —por su necesidad de zafar hoyahora, este día— que el futuro se le presenta como un lujo inconcebible. Nos sentimos como el astronauta Taylor al final de El planeta de los simios: resignados a la idea de que nuestro porvenir ya no existe porque lo dilapidamos, lo volamos por los aires en nuestra irreponsabilidad de humanos afectados por el gen maligno del populismo. Ajo y agua, dirían los pibes: a joderse y a aguantarse, porque no cabría otra.

Pero al empujar adelante este truco, el gobierno y los poderes que lo sostienen dejaron desnudo un flanco que nos permitiría frenar su avance.

Nicho 2019

Como Macri y sus coreutas no pueden hablar del futuro, nos lo están regalando todo. El futuro sería nuestro por completo, para imaginar, definir y proponerle al pueblo que vota que nos acompañe a conquistarlo.

Lo que debemos hacer es, primero, impedir que el oficialismo se limite a hablar del pasado, como pretenderá hacer con la complicidad de parte del Partido Judicial. Lo segundo sería imaginar un futuro que no apele al vuelo corto. Está claro que tenemos por delante una montaña de deuda que parece irremontable y no permite ver más allá. Pero no hay que autolimitarse a proponer cómo atravesarla con vida: lo fundamental es imaginar la Argentina prometida que queremos desarrollar al otro lado, una vez derrotada esa cumbre. A nadie se le escapa que nos esperan tiempos difíciles, pase lo que pase. Pero si tenemos que poner el hombro y tolerar una dosis incierta de sufrimiento, ¿no sería recomendable hacerlo para obtener a cambio algo más y mejor que la mera supervivencia del esclavo sin mañana? ¿A quién le alcanza con que le perdonen la vida mientras tanta gente —empezando por la que conocemos y queremos— sigue prisionera de un presente perpetuo cada vez más angosto y cruel?

Mientras se renegocian las deudas hay que diseñar los cimientos del país que siempre debió ser y al que sólo nos asomamos ocasionalmente. Uno en el cual cada niño que nazca o encuentre aquí refugio tenga garantizada la verdadera seguridad: qué comer, dónde vivir, dónde educarse y cómo cuidar de su salud. Suena utópico pero es práctico: tenemos territorio a carradas, una naturaleza generosa que proveería lo necesario y recursos humanos de sobra. Lo que habría que hacer, sí, es quebrar el espinazo del poder tradicional —más retorcido que la columna de Quasimodo y más egoísta que el archidiácono Frollo— para recrearlo de modo que atienda a las necesidades y las potencialidades de todos y no de unos pocos: con otra estructura económica, centrada en la producción y la preparación para prosperar en el mundo que adviene; con un Poder Judicial democratizado que se testée y regenere constantemente y una práctica política nueva —con mucho de celo misionero— que sólo admita servidores públicos de modesta ambición económica y a prueba de carpetazos. ¿Por qué no pensar que estamos llamados a ser una inspiración en la región y en el mundo todo, si tenemos con qué estar a la altura de nuestras aspiraciones?

Podría seguir horas así pero me frenaré, porque sé que ustedes tienen mil ideas y propuestas más ya al filo de la lengua. Me parece genial: anótenlas, dénles forma, háganlas circular. Pero prométanse que no van a negociar con la realidad, que no admitirán un futuro que esté por debajo de esas nociones que deseamos y nos merecemos. Por razones que no discutiremos aquí, pusimos este país en manos de una camándula nefasta que no sabe vivir sin hacer sufrir o empujar a las mayorías a la muerte. Cuando esa camándula ya no ocupe las magistraturas para las que se la eligió, no nos contentemos con parches y tibiezas: hay que barrer con todo lo destruido, que será mucho y atroz, pero no para levantar una choza que dure dos días sino para construir algo deslumbrante y duradero. Estos sinsabores no pueden haber sido por nada.

Recién es enero y millones de personas se sienten ya gastadas. Están más cerca del estallido de violencia que de sumarse a una marcha con cuyo objetivo acuerdan, porque la dialéctica de fragmentación que sostuvo el gobierno desde el comienzo —con la ayuda táctica de una dirigencia a la que le cuesta unificar reclamos— esmeriló las formas tradicionales de la protesta. Lo único que puede sacar a esta gente de su marasmo, lo único que la persuadiría de abrir la mano y deshacer el puño, sería escuchar que alguien le describe exactamente el futuro que siempre creyó merecer y le explica que llegar a él es posible y cuál sería el camino, paso por paso. Macri los deprimió, ahora hay que levantarles el ánimo y enamorarlos. Si falla será culpa nuestra: entre el no future de Macri y una Argentina que se levanta de sus cenizas para pasar a la vanguardia, ¿quién lo pensaría dos veces?

J.G.Ballard.

En 1957, J.G.Ballard escribió un cuento llamano Manhole 69 (y que aquí Carlos Gardini tradujo como Nicho 69)donde un experimento libraba a ciertos voluntarios de la necesidad física de dormir. La razón del asunto era la conveniencia de regalarle a la humanidad un montón de vida extra, que ya no debería resignar en el altar de Morfeo. (El experimento sería además un sueño húmedo del capitalismo, que así multiplicaría las horas de trabajo de la gente.) Pero a poco de concretada esa cirugía, los cobayos humanos comienzan a enloquecer y se sienten cada vez más encerrados por su propio yo, vivenciado como una habitación que encoge — el nicho a que alude el título.

El gobierno de Macri es como los científicos de Ballard: doró la píldora para que nos sometamos al experimento, pero lo que busca es despojarnos de la posibilidad de soñar. Por eso van estas líneas, aun a sabiendas de que pueden ser tildadas de desubicadas o ingenuas. Si no soñamos a lo grande ahora, no podremos volver a hacerlo por mucho tiempo. Y entre los defectos personales que estoy dispuesto a reconocer, no quiero que figure aquel de haber tolerado que me impidiesen soñar con lo que había que soñar.

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