La abuela twittera

SÁTIRA | Por Onó, el Insuperable ·

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En mi tierra natal se venera a los ancianos. Son honorables y sabios para el sentir popular. Pretendo que en mi segunda patria se haga lo mismo. Aquí demostraron con su inclinación al cambio ─y su voto─ que merecen también el título de salvadores de la democracia. Su agudeza ilimitada siempre nos da las respuestas necesarias para comprender los designios de nuestros estadistas, indiscutidos hermeneutas de los arcanos del republicanismo.

Uso el plural y hablo de estadistas porque además de Mauricio, El Estadista, nos honra María Eugenia. Nadie en su sano juicio pondría en duda sus excepcionales dotes para la gestión pública. Pero como nuestra ignorancia es supina suelen desasosegarnos detalles nimios que empañan injustamente la imagen de personas superdotadas como ella. El spot con Pato, la fámula desharrapada que abrazó el cambio y la militancia a destajo en Belén de Escobar, confieso que me había colmado de inquietudes.

Tras el mal descanso de una noche signada por lo que pensaba había sido un imperdonable traspié de nuestra beatífica gobernadora, decidí visitar el tradicional comercio nipón que me provee de ciruelas umeboshi y té ban-chá, elixires indicados para desasosiegos pertinaces. En la tienda de abarrotes tuve un grato encuentro con la venerable anciana oriental que suele obsequiarme su sabiduría cuando coincidimos en ese local. La preocupó verme demacrado y con gesto adusto. Sin hesitar le confesé mi desencanto.

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La abuela, celular en mano, me dijo que justamente antes de mi llegada estaba terminando de redactar un tuit sobre el tema. Se me heló la sangré: temí un juicio lapidario sobre María Eugenia seguido de una irreparable apostasía de gerontes. Temblé ante la imagen de la garra populista desflecando la patria, aluciné con la deportación de Jaimito y la reclusión a pan y agua del piadoso Fray Lombardi. Volví a la realidad cuando la anciana me espetó sin eufemismos: “Pero Onó, no sea botarate, si la chica no hace cosas como esa la pasan por arriba los kirchneristas. Usted no tiene arreglo. ¡Sea más pragmático, sensei! ¿Pretende que el angelito se pasee por los arrabales buscando pobres?”.

Con automatismo ancestral hice una seguidilla de reverencias que la abuelita recibió con la misma naturalidad con que lo hubiese hecho en la mítica Okinawa. Mientras me cobraban en dólares billete las ciruelas y el té sanadores vi por el rabillo a la anciana trajinar con su teléfono. Cuando me acerqué dijo: “Ya está, lo publiqué.”.  Le pregunté si había tuiteado lo mismo que me había dicho a mí. “Ay, Onó”, protestó en un suspiro. “Mejor se lo leo…”. Nos refugiamos al costado de la estantería del miso, el soyu y el tamari para evitar los reflejos de la luz solar. Ya que estaba embolsé un miso MOA para aprovechar la volada: todavía permitían pagarlo en pesos.

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La dulce matriarca nipona se reacomodó las gafas y sin más demoras me leyó su juicio ceñido a los doscientos ochenta caracteres de rigor: “Kukas roñosos, ¿pretendían que una dama como la Gobernadora saliera a buscar pobres peronchos que le escupiesen la cara? Bastante tiene con aguantar al fétido de Baradel. Pato es pobre pero macrista, que es como decir honrada. Agarren la pala de una vez porque NVM, choriplaneros.”. Quedé mudo de admiración. “Al César lo que es del César, Onó”, pontificó mientras guardaba el iPhone, “pronto va a ver como saltan y se retuercen las lauchas camporistas; conéctese, hombre, no sea antiguo.”.

Ya en la calle la abuela me dio la bendición en un santiamén. Estaba apurada. “Me voy al Once, Onó, a Rivadavia al 2500. Si no me apuro llego tarde y a Horacito le agarra un patatús. Tengo que darle una charla a los que ingresan al call. Todos en seiza aprenden mejor. Son tiernitos…”. Me despedí agradecido. La rectitud de pensamiento es más recta en la vejez. Tener a mano la sabiduría de los ancianos de PRO es una bendición del tamaño de Jaime y María Eugenia juntos. ¿O no?

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