Políticos en red, los twitstar menos pensados

El firmamento de la política virtual tiene un estrellato que a veces exaspera más de lo que ilumina.

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Por Rafael Laborian para Noticias La Insuperable ·

Políticos de profesión, dirigentes sociales, analistas, militancia diversa y troles brillan con dispar intensidad en las redes cuando se acercan los comicios, sobre todo los presidenciales. Destacarse en Twitter supone lograr algún tipo de ventaja más allá de la difusión de ideas, especialmente porque este espacio de ─supuesto─ intercambio virtual se presume con mayor reputación que otros a la hora de contrastar ideologías en la vidriera del ciberespacio.

En todo momento, preelectoral o no, se trata de un intercambio mediado con ilusión de horizontalidad. Los algoritmos que sustentan la viabilidad comercial de esta plataforma acercan a quienes piensan parecido y alejan a los que piensan distinto. Este principio de felicidad crea continentes y archipiélagos de cómoda permanencia. Los encuentros en la periferia representarían el condimento belicoso para combatir el riesgo del aburrimiento, la cuota de imprevisibilidad necesaria controlada por reglas a veces estrictas, a veces discrecionales.

Hoy en día abundan los análisis sobre redes sociales en general y Twitter en particular. Aquí la intención es circunscribirse al espacio que allí ocupa la política argentina ─y especialmente cómo actúan políticos y dirigentes sociales─ para esbozar las características de un campo en el que participan actores que van de la dirigencia profesionalizada a la militancia llana en una suerte de chapoteo entre  granjas  trol, twitstars, bots y fake news mejor o peor elaboradas.

La dinámica teórica de esta red es archiconocida: seguir y ser seguido, tuitear y retuitear, dar y recibir “me gusta” (FAV) como cortesía, citar, responder, “arrobar”, etiquetar, bloquear…  Todo enmarcado por tendencias (#/HT), a veces “momentos” y temas destacados o patrocinados. No mucho más para potenciar los mensajes limitados a doscientos ochenta caracteres con o sin imágenes/video.

A esta altura, prácticamente todos los políticos han aceptado en forma tácita o explícita que para que su reputación virtual no decaiga ─al menos en Argentina─ necesitan estar en Twitter. Hasta Miguel Pichetto, más cercano al pleistoceno que al ciberespacio, terminó abriendo su cuenta. También dieron la nota en su momento los papelones tecnológicos en “formato  trino” de Oscar Aguad. Los pragmáticos, igual que los que manejan cuantiosos recursos, se sirvieron tempranamente de un CM (community manager) experto en manejar cuentas de famosos, influencers o personajes acaudalados.

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Casi todos, según parece, más temprano que tarde, desecharon la ficticia panacea del democrático intercambio horizontal, de nutrirse con las reflexiones de la gente común, de acceder y compartir información silenciada por los medios tradicionales e intensificar el contacto con las problemáticas humanas que a raudales circulan entre personas ubicadas en diversos lugares del país. El virtuoso feedback, además, se perdió en la noche de lo políticamente correcto, igual que el sobrecito de azúcar con aforismos de hombres y mujeres de barrio que quedó arrumbado en la prehistoria del vuelo del pajarito.

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Tanto los usuarios de a pie como la militancia fueron aceptando poco a poco que ningún político profesional estaba interesado en leerlos ni en seguirlos, menos todavía en responder alguna pregunta o agradecer difusión o elogios. De hecho, prácticamente no quedan ingenuos que supongan que cualquier dirigente de cierto peso no haya delegado el manejo de su cuenta en un empleado. Las contadas excepciones a esta regla también son conocidas por los participantes con cierta experiencia.

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La observación de las líneas cronológicas de mensajes (TL de posteos) de distintos actores de la política y la dirigencia social permite concluir que un muy elevado porcentaje de ellos usa, a modo de editorial propia, la red  social Twitter como soporte digital de publicación de textos  e imágenes ligados al “marketing personal”. En este y otros aspectos no se diferencian en gran medida del comportamiento de los conocidos twitstar  farandulescos retratados en un decálogo que circuló entre ignotas víctimas de plagio y degustadores de humor ácido.

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A la asimetría comunicativa que recoge la vieja lógica del soporte papel en la distancia autor/lectores  ─también plasmada en el ratio seguidos/seguidores─ se acoplan el comportamiento propio de integrantes de un cenáculo y el aprovechamiento de usuarios-frontón como excusa validadora del lanzamiento de algún tema. Las granjas de  troles, por otro lado, cumplen una doble función: o las usan para disciplinar la disidencia de participantes con cierto peso en el mundo virtual o se convierten en justificativo para evitar cualquier intercambio por fuera del cenáculo.

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Los usuarios que participan con regularidad conocen o intuyen estos mecanismos pero, sin embargo, pugnan por ser bendecidos en algún momento con una referencia circunstancial. Se festejan como grandes logros hasta los intrascendentes “Me Gusta”. Esta expectativa alimenta tanto al político como al cenáculo al potenciar la difusión rápida de sus publicaciones. El comportamiento de los dirigentes genera efecto contagio: muchos de los tuiteros que han logrado cierto predicamento intentan emular a sus líderes con la secreta esperanza de integrar la microred de notables a los que se les lleva el apunte.

La tan citada agresividad que propicia la interacción en redes suele tener sus picos justamente cuando los políticos, por cuenta propia o a través de un miembro del cenáculo, encienden la mecha de una polémica en la que se sabe de antemano que no argumentarán ni intervendrán a posteriori. Ese silencio iguala críticas y dudas inteligentes o bien fundadas con diatribas e insultos. El disparate se equipara a la sensatez merced a la costumbre dirigencial de callar sin otorgar que exacerba ánimos que profundizan la incomunicación.

Las microredes cenaculares que refuerzan silencios, vanidad e hipocresía de los políticos en red suelen estar integradas por letrados, periodistas, militantes y hasta humoristas que han alcanzado algún grado de protagonismo social no necesariamente por su tributo al bienestar de la comunidad.  En conjunto, han realizado un aporte sostenido para profundizar la impresión de que las redes sociales se desvirtúan cada vez más.

La campaña preelectoral ya está en marcha. Promete convertirse en una cloaca dentro de muy pocos días. Los twitstar menos pensados, nuestros políticos, estarán bajo la lupa y bajo fuego. ¿Reafirmarán su actitud? ¿Andarán puliendo recursos comunicativos que los diferencien de chimenteros, megalómanos y farándula banal? La incógnita se despejará pronto.


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