Una radiografía de la situación económica argentina

La semana pasada el INDEC dio a conocer una serie de datos que muestran el deterioro en todos los indicadores económicos. La actividad cayó 1,3% en abril, la desocupación llegó a los dos dígitos –10,1% en el primer trimestre de 2019– y ya son dos millones las personas sin trabajo. Se consolida, además, la tendencia hacia la precarización del mercado laboral, iniciada en 2015 y profundizada en el último año, producto de la recesión. La inflación de mayo marcó un 3,1% mensual y un 57,3% en los últimos doce meses. La pobreza es de más del 35 por ciento y creció la desigualdad entre los más ricos y los más pobres: los ingresos del 10% más pobre crecieron 26% en el año, mientras que los del 10% más rico crecieron 32%. Por lo tanto, la brecha entre el 10% más rico y el 10% más pobre pasó de 20 a 21 veces entre los primeros trimestres de 2018 y 2019.

Entrevista a Julián Denaro en Sangrre

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Sobre estos indicadores económicos y acerca de las lógicas y los procesos que los explican, conversamos con el economista Julián Denaro.

Julián Denaro

El INDEC dio a conocer cuatro datos que permiten trazar una radiografía de la economía argentina: nivel de actividad, exportaciones, empleo y pobreza. ¿Qué podemos ver a través de estos datos sobre la economía argentina?

En términos absolutos, si sacás una foto, obviamente son indicadores muy fuertes de la situación de la economía. Estamos con casi un 40% de pobreza, con un 11% de desempleo, con un déficit comercial y financiero estrepitosos. Con una tasa de crecimiento, de abultamiento del endeudamiento externo casi inédita en la historia. Si bien esta foto habla por sí misma, yo creo que resalta más cuando la mostrás en términos comparativos, diacrónicamente. Porque, para lo que es Latinoamérica, la foto de los datos de la Argentina, hoy, 2019, con las políticas del gobierno de Macri, sigue siendo el mejor lugar de Latinoamérica para vivir. Para explicar la tragedia de la foto, es necesario comenzar la explicación desde el proceso que se inició en diciembre de 2015, e incluso contraponerlo con el momento anterior.

En este sentido, como país tuvimos algunas etapas fuertemente marcadas, disonantes, para decirlo de algún modo. La primera, obviamente, las presidencias de Perón entre 1946 y 1955. Es una etapa que produce una reforma sustancial e inédita en la legislación laboral, en la cultura, en la industrialización, en la nacionalización de las empresas que se habían regalado a Inglaterra en la sensación de pagos de 1890. Es decir, al final, cuando se detiene este primer proceso peronista, en el ’55, no había deuda externa, la participación de la clase trabajadora en el PBI era del 50%, el país era agropecuario pero también industrial, tecnológico, marítimo y aéreo, con educación pública hasta universitaria, con un desempleo inexistente y una pobreza también casi inexistente. 1976 marca el inicio de otra etapa, que podemos delinear claramente. Porque ahí comienza la creación de pobreza estructural, una fuerte desindustrialización del país, un nivel de megaendeudamiento. Que tendrá continuidad hasta el 2001, con una fuerte instalación en el período de convertibilidad entre 1991 y 2001.

Hay, entonces, un proceso de destrucción entre el ’76 y el 2001. ¿En qué se asemejan esa foto del momento final de esa etapa, en 2001, y la de la actualidad?

La foto del 2001 es mucho más drástica que la de hoy. Eso primero nos permite deducir que el proceso entre 2002 y 2015 fue una mejora. Porque, incluso con estas políticas aplicadas durante el gobierno de Macri, estamos todavía mejor que en ese momento. Entre 2002 y 2015 hubo una mejora en todos los indicadores que mencionabas al principio. En 2001, la deuda argentina era del 165% del PBI, o sea, más de un PBI y medio. La tasa de desempleo estaba en el 27%, la informalidad laboral estaba en el 50%, el déficit comercial era una constante desde 1976.

En contraposición a ambas fotos –la del 2001 y la actual–, al momento de asunción de Macri en 2015 la deuda externa en moneda extranjera equivalía al 12% del PBI –era un país desendeudado, reconocido por el propio gobierno macrista–; con una tasa de desempleo del 5,5%, teníamos un nivel de industrialización y de recuperación de ciencia y tecnología; se generó un superávit comercial muy grande, con años con más de 10 mil millones de dólares de superávit comercial; tuvimos superávit financiero; el salario argentino estaba en el primer puesto de Latinoamérica; se incorporaron a más de 3 millones de jubilados al sistema previsional; se nacionalizaron empresas de servicios.

¿Cuáles fueron las políticas que generaron ese cuadro, a contraposición de los períodos anteriores y de las que generaron la situación actual?

Medidas proteccionistas, que desalentaban importaciones de bienes transables que son los que vienen a competir contra la industria local. Con incremento de la recaudación, proveniente tanto del comercio exterior como de la actividad interna. Eso permitía un proceso de aumento del poder adquisitivo en las clases populares. Por lo tanto, aumentaban los niveles de consumo y de gastos y se aceleraba la demanda industrial, que, a su vez, aumentaba los niveles de empleo y el desarrollo industrial.

Comparabas el momento actual con los procesos económicos de la dictadura y del menemismo. ¿En qué sentido se asemejan a la actual política económica?

Los mecanismos son muy parecidos. Primero, la apertura total de las importaciones. En los tres casos –dictadura, menemismo y macrismo– se eliminan los aranceles a las importaciones y a las exportaciones. Las retenciones, como los aranceles a las importaciones, son políticas arancelarias por las cuales el gobierno decide qué se aplica en cada momento sobre cada producto. Por ejemplo, decide que la carne tenga retenciones del 30%, la soja del 45%, el trigo del 10%, el maíz del 15%, que los productos industriales no tengan o, al revés, que estén subsidiados. Lo mismo con las importaciones: elige que las camisetas tengan altas tasas para proteger la industria local, y que los insumos de bienes de capital para la industria no tengan aranceles para favorecer el desarrollo industrial. Martínez de Hoz en abril de 1976 propone liberar el dólar, liberar las importaciones y exportaciones. Lo mismo ocurre en la convertibilidad; lo mismo ocurre durante este gobierno. Los grandes exportadores –hablamos de los consorcios de exportación, de los grandes intermediarios que acopian la producción de los pequeños productores a bajo precio, que son ocho y los conocemos por sus nombres: Cargill, Grobocopatel, Bunge y algunos más– se quieren quedar con la totalidad de los ingresos provenientes de estas exportaciones. Entonces, el gobierno de Macri hace un proceso de reducción arancelaria de las importaciones y de las exportaciones.

Esto impacta de varias maneras. Durante el kirchnerismo las retenciones constituían más del 10% de la recaudación del Estado. Recaudación que se usaba para aplicar distintas políticas distributivas, para pagar subsidios. Por lo tanto, primero, hay un desfinanciamiento del Estado. Pero, además, las retenciones hacían que los precios de los alimentos se mantuvieran a otro costo para el consumo interno. Por ejemplo, si el kilo de carne se vendía a 10 dólares al exterior pero tenía que pagar 3 de retenciones, al exportador le quedaban 7 dólares al final del proceso; entonces, al mercado interno vendía el kilo de carne a 7, no a 10. Al sacar las retenciones, el precio al mercado interno pasa a ser de 10 dólares, porque tiene que igualar la ganancia de venderlo al exterior. Encima, el gobierno de Macri libera el dólar, que pasa de 9,60 a 14 pesos. Entonces, los 10 dólares que valía el kilo de carne no se multiplican por 10 sino por 14. Esto hizo que todos los precios de los alimentos, no solo la carne, subieran de manera inmediata, en lo que fue una clara transferencia de recursos desde los sectores populares a los sectores concentrados de la economía: el sector financiero y los grandes exportadores que manejan dólares.

Otro punto en común de los tres procesos es lo que se denomina “bicicleta financiera”. O, como lo llaman ahora, el “carry trade”. Este saqueo financiero es el circuito por el cual entran dólares libremente al país, se cambian por pesos, esos pesos son colocados a altísimas tasas de interés, con estos pesos capitalizados se vuelven a comprar dólares, que son finalmente llevados al exterior. Es decir, entran 100 millones de dólares y salen 130 millones. Esto tiene muchas y variadas consecuencias. Primero, lo que consigue este proceso es un incremento de la deuda externa. En 1976 había una deuda nominal de 7 mil millones de dólares; en el 1983 era de 45 mil millones de dólares; y en 2001, la deuda era de 220 mil millones de dólares. En este período, el gobierno de Macri la aumentó por tres.

Además, la tasa de interés tan alta puesta únicamente en función de este saqueo financiero se vuelca a la economía real. Una segunda consecuencia, entonces, es el enorme aumento de los costos de financiación. El consumo disminuye porque, con las altísimas tasas de interés, el consumo a crédito ya no se puede hacer más. Y la industria tiene dos cuestiones sensibles: al bajar el consumo, produce menos. Y, además, cuando tiene que incorporar maquinaria, pintar el local, ampliarse, renovarse o mantener la estructura de capital, en cuotas no lo puede hacer, la plata en efectivo no le alcanza, y termina en lo único viable: colocar su capital en un plazo fijo. Eso destruye la actividad industrial. Y esto, además, aumenta el desempleo y baja la recaudación del Estado.

Y todo este proceso se refleja, finalmente, en el crecimiento de la desigualdad entre los más ricos y los más pobres…

Es el modelo de destrucción de un país industrial, tecnológico, científico e inclusivo. Con un agravante, además, con respecto a lo que fue el modelo de la convertibilidad menemista: los tarifazos. Durante la convertibilidad, las empresas terminaban cerrando porque, al final del ciclo, no podían vender. Mientras que hoy las empresas que podrían sostener un nivel de clientela, quizás con costos como en la convertibilidad podrían subsistir; pero, al no poder pagar las tarifas, deben cerrar. Por esto es que muchos negocios, fábricas, restaurantes que sobrevivieron a la dictadura y a la convertibilidad no sobrevivieron a Macri.

Y, frente a este cuadro, hay un Estado que decide dejar en manos del mercado todas las políticas económicas. Pero e mercado produce exclusión y desigualdad. Es el Estado quien tiene que poner algo de justicia o reparación allí donde hay hambre e inequidad. Y hoy la gestión del Estado está en manos de la lógica de los mercados.

 

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