A 10 años de la muerte de Tomás Eloy Martínez su hijo lo escribe

Blas, el hijo del escritor y periodista, lo homenajeó con un obituario

Por la Redacción de Noticias La Insuperable

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A 10 años del fallecimiento del escritor y periodista tucumano, Tomás Eloy Martínez, su hijo Blas Eloy Martinez publicó un obituario intimista y plagado de anécdotas:

OBITUARIO

Tomás Eloy Martínez amó escribir más de lo que amó a cualquier otra cosa o persona. Nació en 1934 y descubrió muy pronto en su vida que narrar era su forma de alcanzar la felicidad. Esto sucedió de manera azarosa, como suele ocurrir en las historias imaginadas. Cuando Tomás tenía 7 años su madre lo puso en penitencia encerrándolo en un cuarto. Ahí había un álbum de estampillas. Cuando abrió ese libro, el niño Tomás descubrió que podía viajar en el tiempo y en el espacio recorriendo el mundo a través de las imágenes. También descubrió que podía tomar nota de esos viajes con mucha facilidad y que aquello que quedaba impreso en las hojas de su cuaderno era bastante parecido a lo que podía llegar a escribir su amado Julio Verne. Así supo que podía escribir y que quería ser escritor. Su madre y su padre no se opusieron. Sin embargo, no fueron el sostén emotivo que cualquiera esperaría por parte de sus progenitores. Su padre estaba más ocupado en castrar gatos que en ocuparse de sus hijos. Y su madre no era muy devota de las demostraciones de afecto. “Esas no son cosas de hombres”, le decía su madre Lilia a su hijo. Eso según el escritor Tomás. Porque las historias que contaba sobre su vida, eran continuamente puestas en duda. Según él, había sido un gran jugador de rugby, se había licenciado a los 21 años en letras y había rechazado a la actriz Anna Karina. Sin embargo, no hay fotos de él como jugador y la destreza que demostró en su vida para los deportes hacen impensable esa ilusión. Tampoco hay papel o certificado que dé crédito del título supuestamente otorgado por la Universidad Nacional de Tucumán. En su defensa, se puede decir que al ya reconocido escritor le gustaba exhibir su Doctorado Honoris Causa de la universidad de su provincia, olvidando que Diego Armando Maradona también tiene uno y de una universidad aún más prestigiosa. Quizá lo de Anna Karina tenga algo de veracidad, si se toman en cuenta las diversas aventuras amorosas que el escritor desplegó en su vida, haya o no estado en pareja. Sin embargo, lo que lo hacía único era su capacidad de lograr que uno eligiera creer esas ficciones como verdaderas. Porque sus historias siempre superaban la probable verdad.

Como sea, empezó a escribir desde chico y desde chico empezó a llamar la atención. Primero con poemas, después con cuentos y finalmente con notas periodísticas. El diario La Gaceta, que es rápido para muchas cosas y lento para otras, contrató a Tomás Eloy Martínez para que sea su redactor. No tuvo la misma rapidez para denunciar atrocidades durante el gobierno militar y tampoco para denunciar los abusos que sufrió Belén cuando fue. privada de su libertad por un aborto espontáneo. Pero esa es otra historia. Esta historia continúa con La Gaceta beneficiándose con el talento de su novel escritor. Antes de terminar el colegio, en los diarios de Tucumán reconocían a Tomás Eloy como un talentoso redactor. En esos años de adolescencia, se sabe que fue militante de la Acción Católica, de cuya experiencia sólo se conoce su anécdota sobre la persecución que sufrió por parte de un cura “con el espolón desenfundado”. Esa relato originó una serie de burlas por parte del escritor Sergio Olguín, a quien, varias décadas después, le gustaba hacerle bullyng literario de altura al ya ilustre Tomás. También fue dragoniante durante el servicio militar. Dragoniante es sinónimo de buchón de los oficiales, por lo que se supone que el escritor siempre se tomó sus tareas muy en serio.

Cuando La Gaceta le quedó tan chica como su provincia, Tomás decidió viajar a la Capital Federal. En el tren conoció a una joven con la que se besó y se ocultó en uno de los rincones que a veces regalan los ferrocarriles de mala muerte. O los feshocashiles, como habría dicho en aquel entonces. Propenso a dar cuenta de las señales del destino, imaginó que el futuro le iba a deparar éxitos. Y no se equivocó. Consiguió trabajo en La Nación, su diario soñado, y a los 25 años se convirtió en el crítico cinematográfico más importante de la Argentina. En ese lapso conoció y se hizo conocer por otros periodistas, artistas y actores. Esa fue una época dorada en su vida. Y hubiera sido una época larga si a William Wyler no se le hubiera ocurrido hacer una horrenda película con Charlton rifle Heston. La película se llamó Ben Hur y a Tomás Eloy Martínez le pareció una bazofia. Eso no fue grave, porque al fin y al cabo el mundo está lleno de bazofias y sigue funcionando. El problema fue que expuso su opinión en una crítica en La Nación, un diario amante de las grandes plumas, pero casado con el dinero que las compañías distribuidoras aportaban en publicidad. Y cuando las compañías le dieron a elegir entre el periodista o ellas, el diario no lo dudó: le pidió al escritor que cambie su opinión. El escritor respondió con una de sus célebres frases, que él se encargó de repetir como una marca: mi pluma tiene un precio, pero mi nombre no está a la venta. Se sabe que cineastas de la talla de Godard y Truffaut lo defendieron y escribieron una solicitada en su defensa, pero Tomás fue degradado y luego abandonó el diario, jurando volver por la puerta grande. Por un tiempo escribió publicidades de galletitas. Hasta que conoció a Jacobo Timerman, maestro de periodistas y descubridor de talentos. Llegó a ser jefe de redacción del semanario Primera Plana, uno de los mejores medios argentinos. Su único traspié en esos años fue una novela. Quizá por un complejo no resuelto de provinciano, o por buscar el reconocimiento de su desalmada madre, o por alguna razón oculta, a Tomás Eloy le parecía que ser periodista era poco. Así que empezó a escribir una novela. El resultado se llamó Sagrado y es todo lo que se puede decir sobre ella.

En 1969 Tomás estaba casado y ya tenía 4 hijos: Tomás, Gonzalo, Ezequiel y Paula. En 1970 fue corresponsal de la editorial Abril en Europa. Ese año, a los 35, buscaba su gran novela. Recorría el continente con quien probablemente fue el amor de su vida, más interesado en quedarse bajo las sábanas o entrevistar a estrellas de cine que en meterse en los vaivenes políticos de la Argentina. Porque la política nunca le había interesado. Pero entonces, algo pasó, y desde Buenos Aires lo llamaron a París para pedirle que fuera a Madrid a sacarle un comentario a Perón. Cuando el General atendió el teléfono y le preguntó de qué quería hablar, entendió que era su oportunidad. Así que le dijo: quiero que me cuente su vida. Lo que iba a ser una entrevista breve se convirtió en mucho más. Tomás comprendió que la realidad era una maravillosa materia prima. Y Perón, el mejor de los personajes. Era un hombre novelado por la imaginación popular. Era un seductor que, cuando movía las manos, los mundos se acomodaban a su gusto. Así que Tomás Eloy fue y le hizo la entrevista de su vida.

En los años 70 era imposible que un periodista estuviera ajeno a los profundos cambios que se daban en la Argentina y Tomás Eloy, que no era ni un militante ni un hombre comprometido con ninguna causa política, sí tenía la sensibilidad necesaria para saber quiénes eran sus pares y quiénes los enemigos del país. Cuando en 1972, 16 militantes fueron asesinados en una cárcel de Trelew, el escritor supo inmediatamente que debía contar esa historia. Y lo hizo magistralmente en su segundo libro, que no era una novela, sino una lección de periodismo. Se llamó La pasión según Trelew y se publicó en 1974, cuando la Argentina ya era un calvario y sus calles olían a infierno de tanta muerte.

En 1975, Tomás tuvo que dejar el país. Él contaba la historia de su exilio más o menos así: en sus encuentros con Perón en 1970, José López Rega, el entonces secretario personal de Perón al cual apodaban Brujo, estaba siempre presente, interrumpiendo y acotando como si fuera el General. Un día el escritor y periodista se hartó y delante de todos lo llamó sirviente. Ese adjetivo lo sentenció. Cuando volvieron a la Argentina, el Brujo tenía el poder y unos meses después de la muerte de Perón, pasó a cobrarse la afrenta del pasado. En el garage del departamento personal de Tomás dos tipos pusieron un revólver sobre la sien de su quinto hijo y le avisaron a su hija Paula, que lo tenía en brazos, que tenía 48 horas para salir del país. Dos días después, mientras Argentina empezaba a llenarse de muertos y desaparecidos, el escritor partió rumbo a Venezuela y unos meses más tarde, su segunda mujer y los dos hijos de ese matrimonio (Blas y Javier) se encontraron con él para empezar el exilio.

Ningún exilio devuelve el mismo hombre que se llevó. El exilio produce heridas que jamás sanan y que persisten durante varias generaciones. Cuando Tomás llegó a la hostil Venezuela se encontró sin dinero y sin trabajo. Con su familia se instaló en un diminuto ambiente y volvió a empezar, Estaba vivo y eso, en aquella época, era mucho más que suficiente. Pero no llegaba a entender bien ese país dominado por el calor y el ron. Consiguió hacer algunas changas hasta que una noche salió a tomar con unos venezolanos. Uno de ellos era jefe de redacción de un importante diario y le ofreció un gran trabajo. Tomás renunció al que tenía, sin advertir que en Venezuela lo que se ofrece bajo estado de embriaguez queda en el olvido de las noches. Así que quedó sin trabajo por unas semanas. De todas formas, perseveró y logró crecer. Pronto, su talento fue reconocido. Trabajó en El Nacional y fundó y dirigió El Diario de Caracas. Sin embargo, nunca se sintió realmente a gusto en ese país lleno de morros, pobreza, corrupción y crímenes. En aquellos años, en sus ratos libres, desgrababa sus conversaciones con Perón y empezaba a soñar con novelas. En 1979 publicó lo que para muchos es su mejor libro: Lugar común la muerte, un libro de relatos periodísticos que jamás perdió vigencia. También tuvo tiempo para amantes (lo que desencadenó el divorcio y el regreso de su ex esposa e hijos a la Argentina) y para una nueva pareja. El cine siempre fue muy importante para Tomás Eloy Martínez y le dio muchas sorpresas. En 1979 conoció a Susana Rotker, la mejor crítica cinematográfica de Venezuela. Se enamoró de ella, se casó y unos 7 años después tuvo a su séptima hija, Sol Ana. En Susana, el escritor encontró no sólo a una talentosa mujer, sino también a una gran compañera y colega. Susana logró que Tomás se convirtiera en el mejor escritor posible. Ella leyó y corrigió todo lo que el escritor produjo. Como ha pasado en siglos de patriarcado, el intercambio no fue igualitario. Susana también logró algo aún más inesperado: que el escritor se convirtiera en mejor padre. El escritor jamás había estado muy convencido de tener hijos. “Yo lo único que quería era escribir”, le dijo a uno de ellos una vez. Sin embargo, el escritor resultó un padre afectuoso, preocupado y propenso a dar una mano cuando ello no le quitaba tiempo a su oficio.

En 1983 la argentina volvió a tener un gobierno democrático, pero el exilio también produce que el país y el desterrado se conviertan en extraños el uno para el otro. Regresó a la Argentina esporádicamente. En cada regreso, generaba un evento cultural que marcaba al país. Así pasó con Los Argentinos o Los 7 locos, dos programas de televisión que hoy resultan de vanguardia. En los 80 ganó la beca Fullbright con la cual escribió La novela de Perón, su primer éxito de ventas. Unos años después, se radicó junto a Susana y Sol Ana en Highland Park, New Jersey, en Estados Unidos. Luego de muchos años, Tomás encontró un lugar en el que se sintió cómodo, y en el que tuvo un hogar, siendo exiliado. Se volvió ciudadano americano y se abrazó a ese pueblo chico y gris de New Jersey. Ahí se dedicó a caminar, alquilar películas, mirar las marmotas, espiar a sus vecinos, comer salmón con cus cus y a escribir su novela más famosa, Santa Evita. Santa Evita es la novela argentina más traducida de todos los tiempos y la cuarta más vendida en español. De pronto, Tomás se encontró con una vida próspera en el reino del capitalismo. De Santa Evita y La novela de Perón surgieron confusiones sobre la relación del escritor con el peronismo. Sus libros y artículos son muy claros al respecto, pero por las dudas, Tomás se dedicó a aclarar el entuerto al decir que en esa época tenía miedo de ser confundido con un peronólogo, o lo que es mucho peor, con un peronista. No pudo evitar que algún hijo se afiliara al partido del dictador depuesto, pero no llegó a saberlo.

En el 2000, Tomás y Susana fueron atropellados por un auto. Susana no sobrevivió. A veces, la realidad no puede ser modificada ni imaginada y supera cualquier relato a base de golpes y violencia. El escritor, que era un sobreviviente, se recuperó y encontró una joven con la que quiso apurar la salida de la viudez. El romance vino con boda incluída, pero aunque breve, le trajo varios dolores de cabeza. Luego de la muerte de Susana, el escritor completó El vuelo de la reina, un libro que esconde muchos rasgos personales. También escribió El cantor de tango.

Durante un enero, Tomás Eloy fue hasta la heladera, cosa que hacía varias veces al día para escaparle al típico bloqueo del escritor. Pero no pudo abrir la puerta. Tampoco podía hablar ni moverse. El diagnóstico fue tumor cerebral y su pronóstico de vida fue de unos pocos meses. Tomás Eloy se las arregló para cagarse en eso y terminó Purgatorio. Luego de una recaída, le dijo a su médico: cuando me operaste la primera vez me dijiste que iba a poder terminar una novela. Ahora quiero saber si voy a poder escribir otra. El médico le preguntó cuánto iba a demorar y él le respondió unos seis a ocho meses. Es probable, que la puedas terminar.

El escritor volvió a la Argentina y su cuerpo se fue hundiendo en la lentitud, la falta de color y el silencio que regala el cáncer. Jamás dejó de escribir. Unos quince días antes de morir, pidió ver el mar por última vez. Sus hijos lo tuvieron que cargar unos cuantos metros hasta la orilla. Apenas llegaron a recuperar fuerzas cuando su padre tocó el mar y pidió volver a escribir. Ni siquiera el horizonte rojo sobre el mar competían con su verdadero amor. Tuvo tiempo de despedirse de todos sus amigos. Y el día antes de morir, cuando ya no podía hablar y apenas podía mover un dedo, intentó terminar su novela El Olimpo. Apretaba una tecla y un minuto después, apretaba otra. Murió un domingo, rodeado de sus hijos, a los 75 años. En su testamento les escribió: no cambien nada. Son hermosos así como son.

A Tomás Eloy Martínez le sobreviven grandes obras literarias, un tendal de desprolijidades administrativas, una Fundación que es más bien una fundición, innumerables anécdotas, muchos alumnos, amantes. varias, 7 hijos, 3 ex mujeres, lecciones de padre (“aunque te descubran en la cama con otra, siempre negalo”) y lecciones de periodismo (“Una oración, un dato; un párrafo, una idea”) y sobre todo la alegría de haberlo tenido en este mundo. Murió debido a un tumor cerebral, lo que puede ser una mala metáfora médica para describir que la cantidad de historias y personajes que imaginaba y creaba ya no le entraban en la cabeza.

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