Algunos apuntes para un nuevo contrato social

La vulnerabilidad derivada de la pandemia parece universal pero, como siempre, la desigualdad es persistente. La urgencia de dar respuestas a esa situación abre la posibilidad, quizá paradójica, de debatir e implementar una renta universal básica.

por SEBASTIÁN GIMÉNEZ para La Vanguardia Digital ·

La pandemia vino a poner en cuestión todas las certezas, encarnando una situación límite que ha despertado pronósticos de todo tipo de analistas sobre el devenir del mundo cuando se bosqueje una nueva normalidad sobre los despojos de las seguridades anteriores.

Un aspecto importante donde se pone de manifiesto el tremendo impacto de la pandemia es en la cuestión social. Un efecto devastador que se observa en el incremento de la cantidad de personas que requieren ayuda en los comedores. Si en los años 90, los nuevos pobres eran sectores medios que caían luego de la ola de privatizaciones y la desocupación de dos dígitos, el actual parate económico, hijo de recesiones arrastradas y cuarentenas, reproduce más y más pobres. Una sociedad desigual que se expone ahora sin velos. El Ministro de Desarrollo Social Daniel Arroyo afirmó que la cantidad de personas que requieren ayuda alimentaria “se incrementó de 8 a 11 millones de personas”. La ayuda social encarada por el Estado se vio lamentablemente salpicada por el escándalo de sobreprecios en la compra de alimentos esenciales que se hacían llegar a los sectores vulnerables, que provocó la renuncia de varios funcionarios en el Ministerio de Desarrollo Social.

Estefanía Pozzo se preguntó en un artículo: “¿Es posible la vida en sociedad si el sistema económico se basa en las desigualdades sociales? Si bien la circulación del virus dejó en evidencia que nadie está a salvo (por más dinero y patrimonio que tenga), también demostró la crueldad estructural y organizada contra las poblaciones vulneradas. El hacinamiento, los ingresos por debajo de la subsistencia, las condiciones laborales paupérrimas y las barreras de acceso a los servicios básicos toman ahora un carácter más extremo”.

LA RENTA BÁSICA UNIVESAL “A LA ARGENTINA”.

El Estado intenta responder compensando la situación. Por un lado, ayudas a las empresas con créditos a tasa cero para cubrir la planta salarial e incluso haciéndose cargo en ocasiones de parte de las remuneraciones para que no cunda la desocupación generalizada. A los informales, los sectores más vulnerables, se aplicó una política novedosa que fue el IFE (ingreso familiar de emergencia). Una medida hija de las necesidades sociales urgentes de todas esas personas que se encontraban en la bruma de la economía no registrada. Una asignación que puede de alguna forma parangonarse con una renta básica universal, que se brinda a los ciudadanos vulnerables sin esperar el Estado contraprestación.

Bajo el disparador “¿Hacia una renta universal?”, Natalia Zuazo habló de este experimento “a la argentina”.  En el mencionado artículo, la autora afirma que la aplicación de la renta básica universal, citando al historiador holandés Rutger Bregman, tiene impactos positivos porque “reduce la delincuencia, la mortalidad infantil, la desnutrición, el embarazo adolescente, el ausentismo escolar, y favorece el rendimiento académico, el crecimiento económico y la igualdad entre los sexos”. 

Es preciso apuntar que, ante el panorama preocupante que se avecina en el durante y después de la pandemia en Argentina, los resultados pueden relativizarse mucho, desde que los indicadores sociales empeorarán. O sea, en condiciones de cuarentena estricta, con el indudable impacto económico que genera, los resultados de la renta básica universal (o IFE en el caso argentino), no van a poder apreciarse de la misma forma que en condiciones normales o de cierta estabilidad económica. Pero lo que aparece como indudable, es que sin el ingreso familiar de emergencia hubiéramos estado peor. Y también es evidente, que en tiempos normales o de estabilidad no hubiera tenido lugar el ingreso familiar de emergencia, que no estaba en la agenda del gobierno.

La discusión por la renta básica universal se abre como un ámbito interesante a ser explorado desde variantes progresistas. La derecha política tradicionalmente y, ante cualquier manifestación social de protesta, esgrime el “vayan a laburar”, consigna eminentemente positivista que arraiga la génesis del problema y de la desigualdad social en los individuos o grupos sociales vulnerables. La otra cara de la misma moneda la constituye el individualismo del “yo me esforcé y a mí nadie me regaló nada”. El éxito como consecuencia natural del propio esfuerzo meritocrático. Que nos trae casi la foto del empleado del mes en McDonalds.

La renta básica universal, en cambio, pone el foco en lo social, en dar respuestas a una desigualdad urticante que genera un acrecentamiento de la vulnerabilidad que se puso de manifiesto aún más en estos tiempos de crisis. ¿Qué tiene la sociedad para ofrecer a los vulnerados, a los del final de la fila, a los reprobados en la escala de valores meritocráticos del darwinismo social?

Mientras no se produzca la revolución y dictadura del proletariado o la caída del capitalismo que algunos ilusos imaginan, ¿qué hacemos para volver la sociedad más vivible y menos injusta? En los tiempos posteriores a la revolución rusa, se dio un debate en la izquierda argentina entre quienes proponían posturas más belicosas y revolucionarias y otra visión que hablaba de la lucha por reivindicaciones inmediatas. O sea, de no cumplirse el programa de máxima, ir avanzando en conquistas de mínima. La imagen de Alfredo Palacios casi solo en el Congreso llevando la voz de los explotados en los talleres, de las mujeres y los niños obligados a trabajar en jornadas de sol a sol, las reivindicaciones que pasaban por alto los miembros de los cuerpos colegiados pretendidamente democráticos de la oligarquía argentina. No les prometía la redención a los más vulnerables de la sociedad porque estaba solo como turco en la neblina, pero proponía la mejora de su condición con innumerables proyectos, algunos de los cuales tiempo después concretaría el peronismo. Que ese hombre que parecía gritar solo, sin embargo dejó una memoria de lucha y obstinación que luego fue recuperado (en parte) por otro movimiento político progresivo, aún cuando el propio autor de las iniciativas no comulgara con él.

Y bien, también la CTA propuso desde el año 2001 el Frenapo (Frente Nacional contra la Pobreza) y la asignación universal a la niñez, que recién fue aprobada por el kirchnerismo en el año 2009. Las ideas pierden, dejan memoria y pueden triunfar en el momento menos pensado, porque dejaron de alguna forma una marca, una huella. Que algunas propuestas, cuando se basan en la progresividad histórica, con el transcurrir del tiempo son aprobadas, tomadas por los movimientos mayoritarios de la sociedad. Pasa también con los pañuelos verdes, que estoy convencido de que ganaron la batalla cultural aunque reste saber cuándo se aprobará la ley.

UN CONSEJO NACIONAL DE POST-PANDEMIA

Y bien, esa especie de renta universal que constituye el IFE es digna de analizarla y de sostenerla como propuesta en el tiempo. Un ingreso mínimo familiar garantizado por el solo hecho de ser ciudadanos. Vivimos en el año 2002 cómo a los beneficiarios del plan Jefes y Jefas de Hogar se les exigía una contraprestación en servicios e instituciones públicas. El monto de la asignación fue quedando retraído, desplomándose su poder adquisitivo pero en la memoria social quedó el “no hacen nada”, sin advertir que el deterioro del monto ya inhibía de exigir una actividad laboral sin considerarla una burda explotación.

El IFE puede ser otra cosa, encarna la ayuda a los informales, a los que llevan adelante las changas interrumpidas, una compensación, una mano extendida pero también la posibilidad de considerarlo una política social a futuro. Para avanzar en una sociedad más justa y menos desigual. Y más solidaria y menos violenta. Menos temerosa y más segura. Tomo acá algunas palabras de Mariano Schuster, que en su artículo Izquierdas y derechas en tiempo de coronavirus planteó que “el modo de enfrentar el temor es la seguridad en un sentido extenso (seguridad social, cuidado público, lazos sociales comunitarios, Estado presente, ciudadanía garantizada)”.

En su libro Peronismo y cristianismo, el Padre villero Carlos Mugica consignó que “la inseguridad no es un problema virginal: ‘a mí no me gusta la inseguridad’”. Hace acordar a recientes cacerolazos y ruidazos contra ese flagelo, medidas que exponen el problema y no avanzan hacia una seguridad para todos.

Ya consignó en su momento Thomas Hobbes que, el hombre abandonado a sus instintos es el lobo del otro hombre. Que resigna esa libertad destructiva, autocontiene sus impulsos egoístas para generar un el contrato social constituyente del Estado. El desafío del hoy es reformatearlo en un acuerdo con renta básica universal garantizada, con condiciones dignas de existencia para todos. Si la pandemia vino a mostrar con obscenidad las desigualdades, políticas sociales que la ataquen no pueden postergarse, sobre todo en un país que verá incrementados sus niveles de pobreza.

En el año 1944, en las postrimerías de la segunda guerra mundial, el gobierno argentino de entonces organizó un Consejo Nacional de Posguerra, al que se lo consideró un laboratorio de políticas públicas. El conflicto armado en Europa insinuaba su fin a corto plazo y el país se anticipaba al escenario posterior ensayando propuestas de Estado intervencionistas en la economía y la sociedad procurando brindar un mayor bienestar a los sectores postergados de la sociedad. En el contexto actual, tal vez pueda encarnar una función similar el anunciado y siempre postergado Consejo Económico y Social. Lo que es claro es que se debe pensar en el Consejo Nacional de Posguerra contra el enemigo invisible o como se lo quiera llamar. Atender lo urgente del día a día y también lo importante, el mediano plazo del día después. Para atender las secuelas que dejará la pandemia y el deterioro social de la cuarentena prolonganda en Argentina será necesario, como planteara Mariano Schuster, el insumo de “una nueva imaginación colectiva, que reponga el valor de la comunidad y de una sociedad organizada y con reglas claras, y derechos para los más vulnerables”.

Renta básica universal, complementadas con salud y educación públicas de calidad. Un desafío enorme, gigantesco para que reine en el pueblo el amor y la igualdad. Con el peronismo, con el socialismo, la versión plebeya e irreverente del radicalismo y todos los movimientos progresistas que son parte del ideario de la justicia social históricamente en la Argentina.

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· SEBASTIÁN GIMÉNEZ ESCRITOR Y TRABAJADOR SOCIAL. ESCRIBIÓ TRES LIBROS Y HA PUBLICADO ARTÍCULOS EN DISTINTAS REVISTAS COMO MARFIL, ZOOM, EL SUR, EL ESTADISTA Y EL ECONOMISTA.

Publicado en La Vanguardia: http://www.lavanguardiadigital.com.ar/index.php/2020/06/04/algunos-apuntes-para-un-nuevo-contrato-social/

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