Meritócratas y replicantes

Todo genuino entusiasta de la meritocracia debería apoyar un severo impuesto a la herencia para reducir inequidades de origen y despejar el mérito propio como motor del éxito personal. Este impuesto es como el test Voight-Kampff que en la película Blade Runner mide la empatía y sirve para diferenciar a los hombres de los replicantes o en este caso, al meritócrata del parásito. 

Por Sebastián Fernández para Nuestras Voces

En la primera escena de Blade Runner, la obra maestra futurista de Ridley Scott, un psicólogo de la corporación Tyrell le hace pasar un examen de rutina a León Kowalski, obrero de la empresa. El ejercicio es tan concluyente que el entrevistado le dispara al psicólogo y escapa.

La prueba en cuestión es el test Voight-Kampff que mide la empatía y sirve para diferenciar a los hombres de los replicantes, androides creados en una época lejana (lejana al año 1982 cuando se estrenó la película, ya que aquel futuro transcurría en 2019). Kowalski es un Nexus 6, un androide de élite transferido a las colonias del espacio en donde fue usado como esclavo al igual que tantos otros. Vuelve a la Tierra con otros de sus compañeros para tratar de escapar a su destino: una vida limitada a cuatro años. La corporación Tyrell, creadora de esos androides, considera que con un período de vida mayor sus creaciones podrían desarrollar una cognición empática y, por lo tanto, una posible inmunidad al test Voight-Kampff. Por su lado y al igual que sus creadores humanos, los replicantes empiezan a valorar esa vida tan breve y a aferrarse. La película relata ese dilema.

Casi cuarenta años después del estreno de Blade Runner, no tenemos replicantes ni corporaciones que generen dilemas morales sobre la esperanza de vida de los androides. Tenemos, eso sí, una infinidad de ONG y de medios que transforman algunas ficciones en sentido común. Una de las más tenaces es la de la meritocracia, un sistema teóricamente basado en el mérito individual que suele seducir, vaya casualidad, a quienes ocupan el vértice de la pirámide social. En realidad, la meritocracia es el celofán con el que el establishment envuelve la inequidad ya que el mérito personal no puede mucho frente a una cancha inclinada y a recursos repartidos de forma cada vez más desigual. Para muchos, la meritocracia consiste simplemente en tomar la precaución de nacer millonario.

Como explica Michael Sandel, filósofo político y profesor de la Universidad de Harvard, “la meritocracia corroe el bien común. Conduce a la arrogancia entre los ganadores y la humillación entre los que salen perdiendo.”

Más allá de la toxicidad de una idea que antepone el mérito individual por sobre el bien común, puede resultar interesante verificar la honestidad intelectual de quienes la defienden con un ejercicio muy simple: el impuesto a la herencia. Es un tributo que existe en la mayoría de los “países serios”, como los llaman nuestros medios igual de serios, como Estados Unidos, Francia, Japón, Suecia, Reino Unido y España, entre otros, e incluso en nuestros vecinos Chile, Brasil y Uruguay. En nuestro país fue eliminado por la última dictadura cívico-militar a instancia del todopoderoso ministro José Alfredo Martínez de Hoz, otro meritócrata que tomó la precaución de elegir la cigüena correcta.

El impuesto a la herencia es el test Voight-Kampff que permite diferenciar al meritócrata del parásito. Todo genuino entusiasta de la meritocracia debería apoyar un severo impuesto a la herencia para reducir inequidades de origen y despejar el mérito propio como motor del éxito personal. Así lo hacen incluso los ultraliberales norteamericanos del Cato Institute ya que consideran que el heredero no generó ningún valor agregado a esa fortuna que le cae del cielo.

Por el contrario, quien se oponga al impuesto a los herederos estará probando que en realidad no es lo que dice ser, como ocurrió con León Kowalski, el replicante que quería vivir.

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