Moris y Antonio Birabent nos regalan otros 30 minutos de vida

 “La última montaña”, un disco de bellas canciones con todo el ADN del trovador

Por Carlos Alberto Resurgian para Noticias La Insuperable

Moris y su hijo, Antonio Birabent, nos presentan “La última montaña, un disco editado a fines del año pasado el cual, hasta por su duración, podría tipificarse como “Otros 30 minutos de vida”, hermosas canciones que huelen en sus letras y música a una dulce despedida, a un cierre, al moño del paquete de discazos que nos dejó el trovador en su carrera.

Nacido, seguramente, de la insistencia de Antonio, sabiendo que había cuerda para una frase, para algunas estrofas, para varios silencios de su profunda voz, el hijo del grande tuvo la nobleza de compartirnos a su genial padre, ya casi pisando los 80, una vez más; y el resultado fue soñado. A lo largo de nueve bellas canciones que alternan y funden las plumas y acordes de ambos y que llevan su centro, la línea de horizonte, en el ADN de Moris, y en donde su hijo, admirador, sabe acurrucarse feliz.

Además de Moris en voces, guitarra y percusión y Antonio Birabent en voces y guitarra, participan Lolo Micucci, en piano, teclados y arreglos, Víctor Volpi, en guitarras y arreglos, Horacio Salerno, en bajo y contrabajo y José Luis «Colo» Belmonte en batería.

La apertura de Porque el sol” destapa la olla de los sabores de las baladas urbanas de la época española, con voces tan potentes como los silencios. Un canto de esperanza, “donde el sol brillará eternamente y tu libertad no tiene límites” y que, a tono de plegaria, alza el pregón del agradecimiento a la vida, “donde el hijo será padre y el padre será muerto”.

Y en esta suerte de homenaje de un hijo a un padre, se destaca “Ya se fue la luz”, donde Antonio se viste de su padre, voz y guitarra cruda, y nos regala la bohemia de una simple noche de insomnio bonaerense, donde “sin razón caminar por Callao, llegar al río y fumar”.

Y en esta tónica, no es extraño el único invitado: Litto Nebbia, que nos deja su inconfundible voz y el sonido de su teclado patentando en “Nieva en Buenos Aires”, que a veces parece un pasaje a los sesenta.

Pasa el rock (la distorsión de la guitarra en “Mil hombres y Mil mujeres” es sonido patentado), la balada, la bossa, sonidos de jazz, de tango, en una heterogénea  prosecución de temas que nos recuerda al Moris de todas las épocas, de todos los lugares.

En 1974, cerrando su segundo disco solista, Moris se preguntaba “¿De aquí a dónde iré, que amigos tendré mañana?”, casi profetizando su viaje a España un año más tarde. Esta vez cierra el disco con la canción que da título al álbum: “La última montaña”; y al final nos dice “creo que es difícil que me puedan agarrar; a menos que yo volviese, pero yo no vuelvo más”.

Los que lo admiramos soñamos con que sólo sea un descanso más, de esos a los que ya nos tiene acostumbrados. En tanto, nuevamente, gracias le damos; y a Antonio, por compartirlo una vez más.

Y si este fue el último, realmente estamos complacidos por todo lo brindado.

Link al disco: https://t.co/MyYg6stHK1

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