“Peperina”, la obra cumbre de Seru Giran, cumple 40 años

El cuarto disco de estudio de la banda fue un trabajo bello, sencillo, de muy buenas canciones, cálido y sin las ambiciones que poblaban los anteriores.

Por Cristian Vitale para Página 12

Seru Giran presentó Peperina con cuatro shows en el estadio Obras.

Entre sus múltiples riquezas, el rock argentino tiene la de contar historias. La de condensar y desplegar aristas de algún personaje en tres, cuatro minutos, embarcado en una música que en general suma. Embellece. Allá corre el lado Spinetta en las manos giratorias del loco Fermín, el insomnio lúdico de Ana, la infinita pesadumbre del espíritu del Miguelito que se va, o el melancólico resumen porteño de Ricky, Agueda y Cacho. Allí quedan para siempre el carnicero Pato, de Moris; o Jimmy Gerli y Pepe Luí, loquitos casi hermanos que eternizaron La Mississippi y Divididos en sendos grandes temas. Allí también –más cercanos, dada la ocasión—, el represor Juan, el abúlico Natalio Ruiz o Bubulina, onírica dama que Charly García hizo encarnar en María Rosa Yorio.

Pero ninguna de ellas -y de tantas otras más, claro- ha alcanzado la perpetuidad de “Peperina”. No solo es, como las citadas, una buena canción, sino también una historia que se convirtió también en nombre de disco y en película, aunque también en un estigma injusto para quien retrataba. Cuarenta años se cumplen hoy, pues, de la segunda instancia. Del disco que contuvo a la canción, el cuarto de Seru Giran, el más vendido, el que medió entre Bicicleta No llores por mí, Argentina. Aquel día, el lunes 31 de agosto de 1981, en rigor, la banda convocó a la prensa rockera y algunos amigos en Shams para anunciar la buena nueva, mientras en el rock de acá pasaban cosas. Pocas, pero pasaban.

Meses atrás, por caso, sus rivales, los rudos de Riff, habían debutado con el duro y contundente Ruedas de metal. Vox Dei había decretado uno de sus adioses en Obras, Virus daba sus primeros pasos, Spinetta Jade entraba a grabar Los niños que escriben en el cielo, y Los Jaivas -chilenos pero casi argentinos- detonaban brumosas cumbres a través de Alturas del Machu Pichu. Por fuera, en tanto, aún estaban frescas las muertes de John Lennon y Bob Marley; Pink Floyd venía de presentar The Wall; el punk daba paso a su post; Queen y The Police visitaban la Argentina, y los Rolling Stones la estaban rompiendo toda con “Start Me Up”, tema estrella del entonces flamante Tattoo You.

El marco Seru Giran, visto dentro de tales marcos, era más que propicio. Charly García y David Lebón, más Oscar Moro y Pedro Aznar venían de hacer el show más multitudinario de la historia del rock argentino hasta ese momento: el de las casi 70 mil personas que poblaron La Rural, en el recital gratuito organizado por el programa de ATC Música prohibida para mayores, el 30 de diciembre de 1980. Más cerca de Peperina grabado en los estudios ION, con Amílcar Gilabert como ingeniero de sonido- figuran una gira federal y apariciones por separado, que de algún modo estaban anticipando –aunque inconcientemente aún- el futuro de la banda. La del mismo Charly con Gilberto Gil en Obras (mayo del ’81), con Joan Baez bailando “No Woman No Cry” en la platea, o las tentaciones de Aznar -que también estuvo ahí- por hacerse camino en el andar del jazz-rock, con la Berklee School of Music como faro.

En tal contexto interno y externo se publicó entonces Peperina, cuya presentación en vivo fue en Obras ante un total de 10 mil personas, los días 4, 5 (dos funciones) y 6 de setiembre de 1981. La austeridad escenográfica de aquel concierto se oponía claramente a los conejos y las bicicletas blancas que la escenógrafa Renata Schussheim había mandado colgar en el techo del templo para el estreno en vivo del disco anterior, durante el primer fin de semana de junio de 1980, y tal economía en recursos resulta funcional para trazar una sinonimia con Peperina, el disco.

Fue tal un trabajo bello, sencillo, de muy buenas canciones, cálido. El “más” en este sentido, resultado de un equilibrio que Seru fue logrando tras una historia que había nacido mal. La de una banda que, de un parto ensoñado y loco en Buzios, había pasado a ser vilipendiada por el rockero tipo criollo, que no solo rechazó de plano el “poco compromiso”, el escapismo que emanaba de ciertas letras del primer disco -el de “El mendigo del andén” y “Seminare”-, sino también de la posterior aparición de Charly en medios masivos. Su visita al programa de Mirta Legrand fue considerada directamente una traición, atada al “pecado” de tener un grueso de fans entre “chicas, adolescentes y chetos”.

No fue fácil, claro. Tanto que es imposible explicar La grasa de las capitales, el segundo disco, sin tales piedras en el camino. Como lo es contar Bicicleta Peperina, sin la catarsis revanchista que implicó La grasa…, claro. Una concatenación de causas y efectos que también debió sufrir mutaciones sobre la marcha. En el camino, el cuarteto tuvo que sacarse de encima a Oscar López, Billy Bond y el complicadito Sazam Récords, sello que publicó los dos primeros discos, para acceder a cierta independencia, y el sello propio junto a un entonces ignoto Daniel Grinbank. En no más de tres años, la banda pasó por todo eso y Peperina precisamente neutralizó tales tropiezos con un radar de belleza cancionera pocas veces oído. Dio vuelta la taba mediante temas breves, menos ambiciosos que sus antecesores, al punto de inducir al comandante Charly a una comparación que ensayó en una entrevista con Expreso Imaginario, consumado el disco, en diciembre del ’81. “En los otros discos hay temas alucinantes, pero los veo muy pretenciosos, fantasiosos. Peperina es algo más modesto. Fue como decir ‘vamos a hacer algo más cuadrado, pero vamos a hacer algo bien’ (…) Hacemos canciones lindas, no hay muchos grupos que hagan canciones lindas, con lindos arreglos, bien hechas. Pegan, ¡tienen polenta!”.

Allí están sus canciones preciosas para comprobarlo. El opaco gris de la dictadura era contraatacado a través de esa música increíblemente erótica que viste la cautivante “Cinema Verité”. Esa frase ultra hormonal que reza “Ahorá -así, con acento en la a- le ofrece una manzana / ahorá le insiste de probar / ahorá estimula sus membranas, por la hotline”, que alucinó a un universo adolescente carente de sensualidad, de placeres mundanos, de vida al sol. Que dio respuestas a esos chicos y chicas que la veían de afuera. Que implosionaban dentro una sensualidad a flor de piel.

Peperina implicó también el cenit de un gran Lebón, cuya pluma volvía a calentar, tras el inmenso dolor que había le provocado el accidente casero de su hija Nayla. El Lebón de la existencial “Parado en el medio de la vida”, arropada por el Wurlitzer de García. El Lebón de la electrizante “Cara de velocidad”, y de “Esperando nacer”, desgarradora pieza de seis minutos, cuya letra corresponde a Charly, y cuya base dada por el bajo fretless de Aznar y la batería de Moro le despejaban el camino musical al Ruso, tanto como en “Salir de la melancolía”, tema compuesto y dedicado por Charly a Nito Mestre y sus penas de amor.

Peperina -obra en que Serú usó metrónomo por insistencia de Aznar- es también el recipiente del instrumental “Veinte trajes verdes”, pieza pianística a lo Satie que luego mutaría en el “Sereno fantástico” de Pubis angelical, ópera prima del Charly solista. Convive con ella “Llorando en el espejo”, abrumador fresco sonoro sobre los efectos feos de la cocaína que García concibió con conocimiento de causa, e incluso llegó a llamar “Línea blanca”. Como contraste, tal vez, de “En la vereda del sol”, pletórica en su groove latino y en sólidos arreglos corales, con Lebón en tumbadoras y timbaletas.

El de la tapa de la piba que come un raro guiso es también el disco de “José Mercado”, junto a “Canción de Alicia en el país” la mayor crítica artístico-musical a la dictadura cívico-militar, en este caso con blanco en la pata económica corporizada en Martínez De Hoz. El tema ya había sido estrenado en vivo durante la presentación de Bicicleta en Obras y, según Lebón, se trababa de una canción a favor de la defensa de la industria nacional.

Con tales herramientas, era imposible que no fuera Seru el grupo que rompiera el cerco. Que sacara al rock argentino del under militante, algo hermético, y lo tornara masivo a través de una renovación cimentada en los oídos atentos de García sobre bandas como una que Grinbank, el quinto Seru, había traído a la Argentina: The Police. “No somos un grupo hippie”, solía decir Charly, aunque aún no se había sacado el lastre de bandas que escuchaba con Aznar. Entre ellas, los italianos Premiata Forneria Marconi o Weather Report, cuyo bajista Jaco Pastoruis era ídolo para ambos.

Otra arista de Peperina, claro, es la canción. Menos de cuatro minutos le alcanzaron a García para contar la supuesta historia de la periodista cordobesa Patricia Perea, a quien retrató como “parte del rock tomando té de peperina”. El tema, en el que menospreciaba a la mujer diciendo que “duerme con los visitantes y juega con los locales”, fue estrenado en vivo durante un recital de fines de 1980 en Obras, días antes de la explosión popular en La Rural. Perea, que era corresponsal de Expreso Imaginario, tenía una relación bastante compleja con la banda. Una de sus coberturas, publicada el 16 de noviembre de 1979, fue tras un concierto en el Club Municipal. “Poco profesional, petulante y decadente”, había escrito ella. La respuesta fue el tema y un estigma que la siguió hasta su muerte.

La cuarta faz de la obra fue la también poco feliz película de Raúl de la Torre -que había trabajado con Charly en Pubis angelical y en Filosofía barata y zapatos de goma, cuyo estreno fue en 1995. Protagonizado por Andrea del Boca, la docuficción fue deslegitimada por el propio García, que había apoyado la idea de llevar la historia al celuloide pero no de esa manera. Miles de cosas se dijeron sobre ella. Se la definió como un fiasco, un engendro, una telenovela, una confusión inverosímil de pésimo gusto. Y el mismo Charly se expidió de manera contundente. “Es muy pueril y no tiene nada que ver con la verdad. La idea no era que se llamara Peperina sino Seru Giran y tenía más que ver con el nacimiento de Seru, el sol, el mar, el trip, la sinfonía y la magia de los personajes que todavía estábamos vivos y bien”, le dijo a la Rolling Stone en 2002, en la misma nota que ratificó lo que pensaba veinte años atrás: “Peperina es nuestro Sgt. Pepper”.

Había que estar a la altura

Por Gustavo Gauvry

“Cuando salió Peperina, yo laburaba como monitorista de Seru, e intervine en algunas grabaciones, aunque era Amílcar Gilabert el que estaba al frente de todo. La banda era impresionante, una aplanadora. Estaba absolutamente madura. Cada uno de sus integrantes ya tenía un rol muy claro. Había avanzado Pedro incorporando arreglos a temas de David o de Charly. Además, había muchísimo laburo: llegábamos a hacer dos o tres shows en una misma noche, y se metían dos o tres mil personas en todas partes. Claro que no eran los tiempos actuales. El rock argentino era todavía under y lo máximo que había eran shows en Obras. Para Seru, fue también la época del viaje al festival de jazz en Río de Janeiro, donde el grupo actuó dos veces fuera de programa, dada la buena impresión que había causado. En fin, la banda estaba para explotar, pero el problema era que el mercado del rock aquí era chico, atentaba contra el desafío que implica crecer para una banda, y esto se empezó a notar a partir de la salida de Peperina. En mi caso personal, resultó muy bueno trabajar con ellos. Se aprendía muchísimo y el nivel de exigencia era alto, ya que Charly y Pedro eran muy exigentes… Las cosas eran más fáciles con David y con Moro, pero había que estar a la altura de quienes verdaderamente eran los Beatles argentinos.

Aprender junto a ellos

Por Amílcar Gilabert

“Recuerdo estar realizando una grabación para Ginamaría Hidalgo, unos treinta músicos en la sala, cuando recibí la visita de dos flacos altos a los que no conocía. Uno era Charly y el otro David. Ellos querían conocerme y ofrecerme una grabación, que terminaría siendo Peperina. Al principio fue una gran incógnita para mí: ¿cómo grabar con gente del rock?. Pero a los pocos días empezaba una tarea muy feliz: conocer a Moro con su humilde batería, al talentoso y efectivo Charly; volver a ver a un muy joven Pedro Aznar, a quien conocía del barrio, de muy chiquito; y a un prócer del amor como David. Puedo asegurar que eran cuatro santos, además de excelentes músicos. Nunca durante la grabación me pidieron nada, ninguna condición técnica. Tuve la libertad absoluta de aprender a grabar con ellos, todos juntos en ese maravilloso estudio llamado ION, que es la catedral de la grabación, dada la historia de los grandes que pasaron por las manos operativas de dos hermanos colegas de la vida como Osvaldo Acedo y Jorge (Portugués) Da Silva. Fue una maravillosa época y fueron maravillosos días con la compañía de otro grande en el control, Daniel Grinbank, a la postre el gran productor y amigo de todos. Mi agradecimiento a Dios, a la vida, a la familia y a los músicos por brindarme esa posibilidad de aprender junto a ellos”.

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