El cabaret de las estrellas

El ajedrez es un deporte de moda que ha declinado su carácter de superior práctica intelectual en pro de la frivolidad y las polémicas más degradantes.

Magnus Carlsen vs Hans Niemann
Carlsen-Niemann

Por Rafael Laborián para Noticias La Insuperable ·

La farandulización del ajedrez mundial crece día a día. Antiguos y nuevos vicios generan una formidable sinergia. A las vanidades, egos e innumerables mañas de las que han hecho gala destacados jugadores de todos los tiempos se suma  el fantasma de la trampa asistida por computadora.

Un fantasma muy real, por cierto: envilece la práctica deportiva pero también es excusa para aliviar a ególatras heridos o darle a la afición que sostiene económicamente la práctica profesional del ajedrez el pan y el circo que la mantenga en vilo. Miserias corporativistas, chismes  y alocadas teorías colisionan sin pudor en el ciberespacio.

El último escandalete, iniciado por el hasta ahora campeón del mundo Magnus Carlsen, puso en la picota a Hans Niemann, minimizando cualquier presunción de inocencia. El noruego, con analogías irónicas y el hecho de retirarse del torneo Sinquefield Cup (San Luis, USA)  tras la derrota, dio a entender que Niemann le había ganado con malas artes. El asunto corrió como pólvora encendida a través de Youtubers, twittstars, medios y comadres del tablero.

Un multimillonario lanzó al éter la teoría de las bolas anales electrónicas que, según dice, le habrían dado al bueno de Hans las coordenadas de las mejores movidas a través de impulsos eléctricos codificados por vía rectal. El jugador estadounidense, en contrapartida, ofreció someterse a las revisaciones más exhaustivas y jugar desnudo. Un sitio porno recogió el guante y le ofreció una suma millonaria por mostrarlo jugando como vino al mundo.

Una de los sitios comerciales de ajedrez en línea más populares internacionalmente que, además, tiene intereses con las empresas de Carlsen, suspendió de inmediato la cuenta de Niemann sin dar razones claras más allá de un comunicado ambiguo, sin sustancia alguna fuera del palabrerío biensonante.

Nakamura denostó en redes sociales a Niemann, pero luego se desdijo. El histriónico maestro norteamericano de ascendencia nipona, mañero como pocos en la competencia presencial, alimentó el morbo de sus fans tirando algunas piedras pero después, ante posibles riesgos legales, escondió la mano, como hacía en los torneos.

El lunes, a dos semanas de la sonada derrota, Magnus Carlsen  echó más leña al fuego: abandonó tras dos movidas su partida de la Julius Baer Generation Cup contra Niemann. De haber en curso un proceso que exige confidencialidad, única explicación razonable al silencio sobre las virtuales pruebas, la saña y las conductas provocativas de Carlsen & Cía. no demuestran superioridad moral ante un presunto tramposo, más bien todo lo contrario.

De la cofradía de las estrellas consagradas, la única voz sobria fue la de Levon  Aronian. Sin olvidar la presunción de inocencia, puso negro sobre blanco: “Todos mis colegas son bastante paranoicos”, dijo, y agregó: “Siempre pienso que los jugadores jóvenes pueden jugar muy bien”. El resto, salvo Maxime Vachier-Lagrave, tras muchas vueltas fraseológicas, termina por avalar las creencias de Magnus, insustanciales por el momento.

Levon Aronian

“Si al final nadie prueba nada, ¿qué ocurrirá con la carrera de Hans Niemann? ¿Le invitarán a más torneos importantes? ¿Le pedirán perdón? ¿Sufrirá un veto, explícito o no, en las competiciones en las que participe Carlsen? No será fácil gestionar la situación, desde luego.”, reflexionaba a través de su columna en ABC Federico Marín Bellón a principios del escándalo. Y hasta hoy, las pruebas brillan por su ausencia. Hay poco margen: o no pueden revelarse aún por normativa de FIDE o no existen.

La opinión de un experto en juego limpio en ajedrez, Kenneth Regan, tal vez por no profundizar la polémica, se difundió poco: «habló sobre el proceso de análisis de los jugadores sospechosos de hacer trampa y concluyó que cree que Niemann no hizo trampa contra Carlsen en su juego Sinquefield Cup» (chessdom.com).

Las TIC cambiaron en forma drástica la práctica ajedrecística competitiva. La división entre el ajedrez informatizado y el humano es tajante: no hay persona que pueda enfrentarse con éxito al software especializado. El mercado le exige al ajedrez, que se ha puesto de moda, una dinámica de espectáculo deportivo mucho más rimbombante que la que mantuvo por siglos, una frivolización cuyos avances crecen día a día.

Los intereses económicos, los cenáculos que conjugan intereses de organizadores y dirigentes, profesionales privilegiados o censurados, los mecenas con sus exigencias y los escándalos internacionales o locales son la tendencia actual de un deporte que alguna vez pretendió ser modelo de la excelencia cognitiva en el ámbito de la competencia pura e imparcial.

La conducta de los jugadores, con trampas tecnológicas de por medio o no, es cada vez menos correcta. Los ejemplos de buenos modales, respeto, nobleza deportiva, ética, mesura y apego a la normativa son infrecuentes. Las federaciones, partiendo de FIDE, se han convertido en organismos recaudatorios ensombrecidos por sospechas de corrupción e infames repartos de prebendas.

La desnaturalización del ajedrez ya es un hecho. El lema de FIDE, «Gens una sumus«, hoy por hoy suena a humorada. Tal vez pronto algún valiente se anime a decir que la trastienda del juego ciencia es un cabaret. Mientras tanto, la gran farandulización avanza.

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