
TEATRO: OXÍGENO | Dos laureados científicos irrumpieron en el teatro para dramatizar los conflictos personales que atraviesan la investigación y empañan la grandeza de descubrimientos y descubridores.
Por Silvina Belén para NLI ·
Los más destacados hombres –y mujeres con menor frecuencia- de ciencia solían y suelen acumular títulos académicos, premios y homenajes. Muchas veces dan la impresión de estar más allá de esos reconocimientos o de los beneficios materiales e inmateriales que implican. Arraigados estereotipos ayudan a percibirlos alejados de la vanidad, incluso de la codicia o el engaño.
Entre los mitos de la abnegación, el despiste, las simpáticas excentricidades y el paisaje de laboratorio, de vez en cuando asoma la más pedestre de las humanidades. Las biografías laudatorias que por su abundancia tanto contribuyeron a crear una galería de próceres de la historia científica, también tienen su contracara.
En las décadas finales del siglo que pasó y lo que va del actual, desde adentro y desde afuera del ámbito de las ciencias, se han documentado agachadas, injusticias, avivadas, ninguneos e infames hurtos intelectuales, además de un machismo recalcitrante, ventajero, que cobró víctimas como, entre otras mujeres destacadas, a la destacadísima Lise Meitner.

Esta suerte de revisionismo de la historia científica dio lugar a que muchas de las biografías canónicas se reajustaran, con ganancia o pérdida de bronce. En otro terreno, el del arte, la ficción puso en primer plano dilemas morales, en especial los relacionados con la política de periodos clave en la vida social.
El género dramático dio a luz obras como El caso Oppenheimer, Galileo, Los físicos y Copenhague. En narrativa, Alice Munro publicó en 2009 el relato “Demasiada felicidad”, que protagoniza la genial matemática Sofía Kovalévskaya, una peregrinación con recuerdos de una ardua e ingrata vida académica y personal, dolorosa, atravesada por la pérdida, antes de su temprana muerte.
En teatro, aunque existían los antecedentes arriba nombrados, poco y nada se había dicho de la dimensión humana a la que no escapan los científicos profesionales, con sus miserias, conflictos de intereses y egos. Oxígeno, texto dramático de Roald Hoffmann y Carl Djerassi, se mete de lleno en esta faceta y arrastra a próceres como Antoine Lavoiser, Carl Scheele y Joseph Priestley.

Los autores son científicos -Roald Hoffmann, Nobel de Química 1981, también poeta- con inclinaciones literarias. El descubrimiento del oxígeno es su punto de partida y controversia que involucra no solo a los tres pioneros de la química moderna sino también a científicos y académicos contemporáneos, en un artificio dramático de anacronismos bien conjugados.
Incluso Marie-Anne, la históricamente invisibilizada esposa de Lavoisier, es un personaje clave en Oxígeno: combina rigor científico con arte, registros experimentales precisos, trabajo en traducciones e ilustración, y es crítica frente al machismo en la ciencia.
Esta obra en dos actos y veinte escenas es de 2001, pero el cuarto de siglo transcurrido no le ha hecho mella, más bien todo lo contrario. Uno de sus creadores, Carl Djerassi, resume la idea argumental básica de partida:
En Oxígeno, imaginábamos que la Fundación Nobel había decidido celebrar el centenario mediante el establecimiento de un nuevo premio Nobel: el «Nobel retrospectivo», en honor a invenciones o descubrimientos realizados antes de 1901, año en el que se otorgaron los primeros Nobel.
Además de describir de manera teatral la historia del descubrimiento del oxígeno, nuestra obra trata de lidiar con dos preguntas fundamentales: ¿qué significa descubrir para la ciencia y por qué es tan importante para un científico ser el primero? En Oxígeno, nos acercamos a estas cuestiones cuando nuestro imaginario comité Nobel retrospectivo se reúne para seleccionar, en primer lugar, el descubrimiento que merece el honor de ser homenajeado [será el del oxígeno] y, a continuación, a qué científico hay que atribuírselo.
En torno del oxígeno -o “Aire de Fuego”, como lo llamaba Scheele-, Oliver Sacks aclara en nota al pie de “El lenguaje químico”, texto incluido en su libro El tío Tungsteno (2001), que “Scheele había obtenido Aire de Fuego puro a partir de óxido mercúrico antes de que Priesley lo consiguiera. Pero mientras tanto, Lavoisier reclamó para sí el descubrimiento del oxígeno, y casi no quiso saber nada de los descubrimientos de sus predecesores, pues pensaba que estos no tenían idea de qué era lo que habían observado.”.

Al respecto, veamos un breve fragmento de diálogo de la obra entre los tres implicados:
Scheele: Aclaremos la cuestión: ¿Quién fue el primero en aislar el aire de fuego? Esa fue la orden de Su Majestad… y nos la dio a los tres.
Lavoisier: ¿Pero es esta la cuestión real?
Priestley: Por supuesto. Y usted, Monsieur Lavoisier… no fue el primero en aislar el aire… usted mismo lo reconoció ayer sin ir más lejos.
Lavoisier: Yo lo comprendí primero…
Scheele: ¡La comprensión solamente se produce después de la existencia!
Priestley: ¡Pero, mi querido Scheele, la prueba de tal existencia la tenemos que compartir!
[…]
El trabajo científico visto en perspectiva, las ópticas de los siglos XVIII y XXI, los atemporales conflictos humanos y el deseo, quizá, de una justicia histórica que favorezca la reflexión en tiempos en los que la ciencia y la tecnología acaparan las miradas e ilusionan e inquietan por igual, son atractivos que le dan a Oxígeno una fuerza dramática singular.
Aunque los autores no esquivan resolver el conflicto de atribución, la sensación de provisionalidad permanece a través de los muchos interrogantes que se plantean en torno de la labor científica como actividad humana, sometida a vaivenes e interferencias que la tornan mucho menos impasible, objetiva e invulnerable de lo que nuestra imaginación se representa.
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