La economía no arranca y el gobierno ya encontró un nuevo culpable: Ahora es el “miedo”

Santiago Bausili reconoció que la economía crece más lento de lo esperado y atribuyó el freno al “miedo”. El Gobierno vuelve a buscar explicaciones fuera de sus propias políticas.

Por Celina Fraticiangi para NLI

La economía argentina crece, según reconoció el propio presidente del Banco Central, Santiago Bausili, a un ritmo de alrededor del 2% anual, bastante por debajo de lo que esperaba el Gobierno. Pero lejos de revisar las consecuencias de las políticas aplicadas desde diciembre de 2023, el funcionario encontró una explicación alternativa: la economía no despega porque los argentinos tienen miedo.

Durante una exposición ante empresarios en la Bolsa de Comercio de Mendoza, Bausili admitió que la recuperación avanza “mucho más despacio de lo que nos gustaría” y atribuyó buena parte de la cautela de empresas y consumidores a las experiencias de crisis anteriores. Habló incluso de un “estrés postraumático” que lleva a los agentes económicos a comportarse defensivamente.

El diagnóstico resulta llamativo por una razón elemental: cuando una política económica no consigue los resultados esperados, la primera pregunta debería ser qué está haciendo el Gobierno para corregirla. Sin embargo, en la Argentina de Javier Milei aparece una constante que ya se volvió parte del discurso oficial: si algo sale mal, la responsabilidad parece estar siempre en otro lado.

Cuando El Problema Nunca Está En La Política Económica

Primero fueron “la pesada herencia”, el déficit heredado, la emisión de gobiernos anteriores, las regulaciones, los empresarios que remarcan, los sindicatos, los gobernadores, el Congreso, la oposición y hasta los argentinos que supuestamente no quieren adaptarse al nuevo modelo. Ahora aparece una nueva categoría: el miedo.

La explicación de Bausili puede tener una parte atendible. Argentina atravesó décadas de crisis, devaluaciones, inflación, confiscaciones de depósitos y cambios abruptos de reglas. Es lógico que empresas y familias incorporen esos antecedentes a sus decisiones. El problema aparece cuando esa explicación se convierte en la explicación principal de una economía que el propio Gobierno esperaba que creciera más rápido.

Porque las expectativas no existen en el vacío. Se construyen a partir de la experiencia concreta de los agentes económicos y también de las señales que emite el Estado. Si una empresa no invierte, no necesariamente lo hace porque tenga un trauma psicológico producto de una crisis de hace veinte años: puede estar evaluando si tiene mercado, si puede sostener sus costos, si podrá vender lo que produce y si las reglas actuales continuarán vigentes.

Y ahí aparece una pregunta incómoda para el oficialismo: ¿cuánto de ese supuesto “miedo” es simplemente prudencia empresarial frente a un mercado que todavía no ofrece condiciones suficientes para invertir?

La propia exposición de Bausili aporta algunos elementos para formularla. El titular del BCRA reconoció que los bancos todavía no están particularmente dispuestos a prestar y que persisten restricciones que dificultan transformar el ahorro en financiamiento productivo. El Gobierno busca modificar ese escenario habilitando que las entidades destinen hasta un 15% de sus depósitos en dólares al financiamiento empresarial, especialmente hacia empresas vinculadas con la generación de divisas.

Es decir: mientras se habla de que las empresas tienen miedo, el propio Banco Central reconoce que el crédito sigue siendo insuficiente. Y sin crédito, la inversión productiva difícilmente pueda convertirse en el motor de un crecimiento sostenido.

El Relato De La Recuperación Permanente

Hay algo más profundo detrás de esta discusión. Desde el inicio de la gestión Milei, el discurso oficial ha presentado cada dificultad como un obstáculo heredado y cada mejora puntual como la confirmación definitiva del éxito del modelo.

La contradicción aparece cuando los resultados no acompañan las expectativas.

La economía debía despegar. No lo hizo al ritmo esperado. Entonces se explica que el problema son las condiciones heredadas. Debía aumentar la inversión. Si no ocurre, aparecen las regulaciones anteriores. Debía expandirse el consumo. Si se frena, la explicación puede encontrarse en la incertidumbre. Y ahora, cuando la actividad avanza alrededor del 2% anual, aparece el miedo de los argentinos como nuevo freno.

Pero gobernar también implica hacerse cargo de algo que suele quedar fuera de los discursos: las decisiones económicas generan consecuencias.

La política monetaria, fiscal, cambiaria y laboral no es una fuerza de la naturaleza. Son decisiones tomadas por funcionarios. Y esas decisiones pueden favorecer o desalentar el consumo, la inversión, la producción y el empleo.

Por eso resulta insuficiente decir que los argentinos tienen “estrés postraumático” frente a las crisis. Si existe incertidumbre, corresponde preguntarse qué políticas contribuyen a reducirla. Si las empresas no invierten, corresponde analizar por qué. Si los bancos no prestan, corresponde revisar las condiciones del sistema financiero. Y si la actividad crece menos de lo esperado, corresponde explicar qué salió mal respecto de las proyecciones oficiales.

No alcanza con señalar al pasado.

El Gobierno Que Siempre Encuentra Un Responsable

La discusión económica argentina puede resumirse, para este Gobierno, en una curiosa ecuación: cuando los números mejoran, el mérito es del programa; cuando los números empeoran, la culpa es de alguien más.

Es una lógica política particularmente cómoda porque hace imposible evaluar responsabilidades. Si la inflación baja, el modelo funciona. Si la actividad no despega, es por las crisis anteriores. Si cae el consumo, es porque había distorsiones. Si no hay inversión, es por la incertidumbre. Si no hay crédito, son las regulaciones. Si los argentinos ahorran en dólares, es una consecuencia de décadas de inestabilidad. Y si los bancos no prestan, hay que esperar a que cambien las condiciones.

El problema es que una economía no se administra con explicaciones retrospectivas. Se administra con resultados y con capacidad para corregir cuando las cosas no salen como estaban previstas.

Bausili anticipó que el Gobierno pretende profundizar la desregulación y consolidar condiciones de estabilidad hacia 2027. También señaló que la disponibilidad de dólares y la reducción del riesgo de nuevas crisis serán centrales para modificar las decisiones defensivas de empresas y ahorristas.

La pregunta, entonces, no es solamente si existe miedo. Por supuesto que existe. La pregunta verdaderamente económica es qué está haciendo el Gobierno para que ese miedo deje de tener sentido.

Porque si después de casi tres años de gestión la explicación para que la economía crezca menos de lo esperado sigue siendo que los argentinos todavía tienen miedo, entonces hay algo que debería preocupar mucho más que el supuesto “estrés postraumático”: la posibilidad de que el modelo necesite permanentemente un culpable externo para no tener que revisar sus propias decisiones.

Y mientras el Gobierno busca explicaciones, las empresas siguen esperando señales, el crédito continúa siendo limitado y la recuperación avanza a un ritmo que el propio presidente del Banco Central reconoce que está muy por debajo de lo que pretendían.

La economía, esta vez, no tiene la culpa. El miedo tampoco.

Tal vez haya llegado el momento de que quienes gobiernan empiecen a hacerse cargo.


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