Quiénes son los Gandalf: los magos sudacas que enfrentan a las corporaciones de la distracción

Quiénes son los Gandalf del sur que protestaron frente a la casa de Peter Thiel y cuál es la historia de la Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción.

Por Roque Pérez para NLI

Delfina Corbera Pi en Página/12

La irrupción de un grupo de jóvenes disfrazados de Gandalf frente a la casa de Peter Thiel volvió a poner en escena una organización que viene trabajando desde hace más de un año contra el poder de las grandes plataformas tecnológicas. Detrás de la provocación hay una crítica política y cultural a las redes sociales, la concentración económica, la vigilancia y el avance de las corporaciones sobre el tiempo y la atención de las personas.

Hay protestas que buscan ocupar una avenida, cortar una calle o llenar una plaza. Y hay otras que buscan, además, hacer que nadie pueda dejar de mirar. Eso fue lo que ocurrió en Buenos Aires cuando un grupo de personas caracterizadas como Gandalf se presentó frente a la vivienda de Peter Thiel, el multimillonario fundador de Palantir, para reclamarle que se vaya de la Argentina. La escena, con túnicas, barbas, bastones y una pancarta que recuperaba el célebre “You shall not pass”, rápidamente se volvió viral y cruzó las fronteras del país.

Pero reducir la historia a una curiosa performance sería perderse lo más interesante. Los llamados “Gandalf del sur” forman parte de una experiencia política y cultural que viene desarrollándose desde antes de que Thiel desembarcara con fuerza en la agenda argentina. Su nombre es tan extravagante como deliberado: Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción (YCCD), un colectivo que plantea una guerra —en clave irónica, política, artística y cultural— contra las empresas que disputan nuestra atención y convierten el tiempo cotidiano en mercancía.

La guerra contra las corporaciones de la distracción

La propia organización explica su idea con una frase que resume buena parte de su programa: cada momento en que una persona consigue evitar la adicción permanente a Meta, TikTok, X o Google constituye una victoria. No se presentan como iluminados ni como personas ajenas al problema que denuncian. Por el contrario, su diagnóstico incluye a los propios integrantes del colectivo: todos están atravesados por el mismo sistema de estímulos, notificaciones, desplazamiento infinito y consumo compulsivo.

La YCCD sostiene que existe una especie de pandemia mundial de estupidez y dispersión, producida en parte por un modelo tecnológico que transforma la atención humana en un recurso económico. Su enemigo, por lo tanto, no es simplemente una aplicación determinada. Es un sistema cultural en el cual las plataformas necesitan que el usuario permanezca conectado el mayor tiempo posible, consuma contenido, genere datos y vuelva una y otra vez.

La organización aclara, además, que su posición no equivale a rechazar la tecnología. “No somos ludditas”, explican. El planteo es otro: discutir quién controla la tecnología, con qué objetivos y qué lugar ocupa en la vida cotidiana. La batalla que proponen es tanto individual como colectiva y apunta a recuperar algo que parece cada vez más escaso: la capacidad de concentrarse, aburrirse, conversar, crear, pensar y simplemente perder el tiempo.

Esa concepción de la YCCD como un movimiento que intentaba convertir la pelea contra las redes sociales en una lucha espiritual y cultural., se vislumbraba desde la misma organización que sostenía en sus orígenes que las generaciones más jóvenes estaban poniendo sobre la mesa una cuestión que excedía ampliamente el uso de una aplicación: quién dispone de nuestro tiempo y qué hacemos con él.

De los afiches provocadores a los “Gandalf del sur”

La YCCD no apareció de repente con la protesta contra Thiel. Durante 2025 ya había desarrollado una campaña callejera deliberadamente provocadora, con afiches que apelaban al insulto y al humor para interpelar a los usuarios de redes. La campaña se desplegó por distintos barrios porteños y buscaba precisamente aquello que las propias redes suelen hacer mejor: generar una reacción inmediata.

La paradoja era evidente: una organización que denuncia a las plataformas de la distracción utilizaba recursos de comunicación capaces de generar curiosidad, indignación y viralización. Pero allí estaba justamente parte de su estrategia. La provocación funciona como una puerta de entrada para discutir algo más profundo.

Después llegaron los Slam de discursos políticos, encuentros presenciales en los que distintas personas subían a un escenario y disponían de unos minutos para defender una idea. La YCCD convirtió así la crítica a las redes en una experiencia concreta de encuentro cara a cara. En su propio archivo aparecen discursos sobre Elon Musk, concentración económica, tecnología, Estado, soberanía, industria nacional y la relación entre poder económico y política.

En uno de esos encuentros, por ejemplo, el eje estuvo puesto en Elon Musk, presentado como ejemplo de la contradicción entre el discurso del libre mercado y la utilización de políticas estatales para favorecer determinadas industrias. Otro de los planteos apuntó a la necesidad de construir capacidades tecnológicas nacionales y evitar que países como la Argentina queden reducidos a exportar materias primas mientras el valor agregado se genera en el exterior.

La YCCD también promovió reuniones presenciales destinadas a recuperar el encuentro fuera de las pantallas. Una de sus convocatorias invitaba directamente a salir de atrás de los dispositivos, reunirse en un parque, compartir mate y comida y reivindicar la celebración, el ocio y la inactividad. La idea de fondo es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente política: si las grandes plataformas compiten por apropiarse de cada minuto disponible, recuperar el tiempo propio puede convertirse en una forma de resistencia.

¿Por qué Peter Thiel y por qué Gandalf?

La llegada de Peter Thiel a la Argentina ofreció un blanco perfecto para esa batalla cultural. El empresario, cofundador de PayPal y fundador de Palantir, profundizó durante 2026 su presencia en el país y adquirió una propiedad en Barrio Parque. Además, recientemente se conoció que invirtió 76 millones de dólares en Vista Energy, consolidando su interés económico en la Argentina y particularmente en Vaca Muerta.

Palantir agrega una dimensión especialmente sensible para quienes cuestionan la concentración tecnológica. La compañía trabaja con análisis masivo de datos, inteligencia artificial y sistemas destinados a vigilancia y seguridad, y su nombre tampoco es casual: proviene de los palantíri, las piedras de visión utilizadas en el universo creado por J. R. R. Tolkien.

Ahí aparece Gandalf.

La elección del personaje no es solamente un chiste visual. En El Señor de los Anillos, Gandalf es quien se planta frente al Balrog y pronuncia la frase que se convirtió en uno de los grandes símbolos de la saga: “You shall not pass”. Palantir, en cambio, remite dentro de ese mismo universo a objetos utilizados para observar a distancia y acceder a información. La protesta juega, entonces, con una ironía deliberada: los Gandalf del sur frente al dueño de Palantir.

La consigna apareció acompañada por cantos que mezclaban la cultura futbolera argentina con las referencias de Tolkien. En registros difundidos en redes se escucha una canción dirigida a Thiel que juega con las palabras “Peter”, “Palantir”, “futuro” y “boludo”, mientras otra consigna reclamaba que el empresario no pudiera instalarse tranquilamente en el país.

La escena tuvo además un efecto que la YCCD conoce bien: la protesta terminó convertida en contenido viral, precisamente dentro de aquellas plataformas que el colectivo cuestiona. Miles de personas pudieron enterarse de la existencia de Palantir, de Thiel y de la organización gracias a videos difundidos por redes sociales. La contradicción no invalida necesariamente la acción: en cierto sentido, los Gandalf están utilizando el arma del adversario para señalar al propio adversario.

Y ahí está quizás la clave de todo.

Los “Gandalf del sur” no pretenden derrotar a Silicon Valley con un bastón mágico. Su apuesta parece ser bastante más terrenal: disputar el sentido común, recuperar el humor político, volver a encontrarse físicamente y discutir qué tipo de sociedad se construye cuando unas pocas corporaciones tienen la capacidad de intervenir sobre nuestros hábitos, nuestra información y nuestra atención.

La protesta contra Thiel fue llamativa porque combinó Tolkien, militancia, humor argentino y crítica tecnológica. Pero fue apenas el episodio más visible de una experiencia que viene intentando construir una respuesta a una pregunta cada vez más urgente: ¿qué sucede cuando dejamos de controlar nuestro tiempo y dejamos que otros decidan permanentemente qué mirar, qué pensar y qué desear?

La Yihad Contra las Corporaciones de la Distracción tiene una respuesta tan extravagante como sencilla: hay que recuperar el tiempo antes de que alguien termine de comprárnoslo. Y, esta vez, los Gandalf no llegaron desde la Tierra Media. Llegaron desde el sur.


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