El hongo que puede arruinar el trigo y contaminar los alimentos: la batalla silenciosa contra el golpe blanco

El INTA advierte sobre la fusariosis del trigo o “golpe blanco”, una enfermedad que puede reducir el rendimiento y contaminar los granos con la peligrosa micotoxina DON.

Por Ignacia Fratelint para NLI

Hay enfermedades de los cultivos que pueden verse a simple vista y otras cuyo verdadero peligro aparece recién cuando el grano llega a la cosecha. La fusariosis de la espiga del trigo, conocida popularmente como “golpe blanco”, pertenece en buena medida a esta segunda categoría: puede reducir el rendimiento del cultivo, deteriorar la calidad comercial y, en determinados casos, dejar en los granos una sustancia tóxica que no desaparece simplemente porque el cereal haya sido cosechado. El INTA Paraná acaba de advertir sobre la importancia de anticiparse a esta enfermedad y puso el foco en una cuestión que puede resultar decisiva para la campaña: hay una ventana de apenas unos días en la que el clima y el momento de floración pueden determinar buena parte del riesgo.

El principal responsable es Fusarium graminearum, un hongo que aprovecha condiciones de humedad y temperaturas adecuadas para infectar las espigas, particularmente durante el período de floración. A diferencia de otras enfermedades del trigo, para las cuales puede existir una estrategia de control una vez que los síntomas aparecen, en la fusariosis la lógica es fundamentalmente preventiva: cuando la infección ya se instaló, las posibilidades de revertir sus consecuencias son mucho más limitadas. Por eso el monitoreo climático, el conocimiento preciso del ciclo del cultivo y la utilización de modelos de pronóstico se convierten en herramientas tan importantes como los tratamientos aplicados sobre el lote.

Una enfermedad que depende del momento justo

El “golpe blanco” no aparece de manera azarosa. Para que se produzca una epidemia importante tienen que coincidir tres elementos fundamentales: un hospedante susceptible, la presencia del patógeno y condiciones ambientales favorables, especialmente períodos prolongados de humedad durante la etapa en que el trigo es más vulnerable. El momento crítico se concentra desde la exposición de las primeras anteras, durante la floración, hasta el comienzo del llenado del grano. Esa combinación convierte al calendario en una variable agronómica fundamental: saber cuándo florecerá un cultivo y cómo estará el clima durante esos días permite estimar el riesgo antes de que la enfermedad sea visible.

Para hacer esa anticipación existen herramientas desarrolladas por instituciones científicas argentinas. Una de ellas es Cronotrigo, desarrollado por la Facultad de Agronomía de la UBA, que permite estimar la fecha de floración teniendo en cuenta la localidad, la variedad sembrada y la fecha de siembra. Una vez determinado ese momento, el modelo de Mochini, desarrollado en el área de Agrometeorología del INTA, permite estimar el riesgo de aparición de la enfermedad a partir de las condiciones ambientales. La lógica detrás de estas herramientas es sencilla pero poderosa: transformar una amenaza que puede resultar prácticamente invisible para quien observa el lote en una probabilidad que permita tomar decisiones.

La importancia del pronóstico reside precisamente en que la fusariosis no puede combatirse siguiendo una receta idéntica para todos los lotes. El riesgo cambia según la variedad, la fecha de floración, las condiciones meteorológicas y el comportamiento del patógeno. Por eso el INTA plantea que el manejo es preventivo y probabilístico, en lugar de una estrategia puramente curativa. En determinadas circunstancias se recomiendan fungicidas basados en triazoles o determinadas combinaciones, mientras que el organismo advierte sobre el uso de estrobilurinas después de la floración debido a su posible efecto sobre la producción de la micotoxina deoxinivalenol.

El problema no termina cuando se cosecha

La parte más delicada de esta enfermedad es que el daño no siempre coincide con lo que puede observarse exteriormente. Una espiga afectada puede mostrar los síntomas característicos, pero también existen granos que conservan características físicas relativamente similares a los sanos y, sin embargo, pueden contener niveles elevados de micotoxinas. Por eso no alcanza necesariamente con separar durante la cosecha aquellos granos que parecen livianos o visiblemente dañados: algunos granos contaminados pueden permanecer mezclados con el resto y convertirse en un problema de inocuidad alimentaria.

Entre las sustancias producidas por el hongo se encuentra el deoxinivalenol, conocido como DON, una micotoxina que puede resultar perjudicial tanto para seres humanos como para animales. El problema tiene una doble dimensión: sanitaria y comercial. Un lote con concentraciones elevadas puede enfrentar restricciones, descuentos o dificultades para ingresar a determinados mercados, especialmente cuando el trigo está destinado a la exportación. Además, el DON es una sustancia termoestable, de modo que el problema no desaparece simplemente mediante un tratamiento térmico posterior. La contaminación debe evitarse o reducirse fundamentalmente a través del manejo previo y durante la producción.

Esto explica por qué la investigación argentina no se concentra únicamente en encontrar un fungicida capaz de eliminar el problema. Desde hace años se estudia también el comportamiento genético de las distintas variedades de trigo. No existen cultivares completamente resistentes, pero sí diferentes niveles y mecanismos de resistencia que pueden reducir la infección inicial, limitar su avance dentro de la espiga, disminuir la infección del grano o tolerar mejor sus consecuencias sobre el rendimiento. Existe incluso una característica particularmente importante: la capacidad de determinados materiales para resistir o limitar la acumulación de DON.

Ese último aspecto demuestra por qué mirar solamente una espiga y determinar si parece sana o enferma puede resultar insuficiente. Hay variedades que pueden presentar una determinada cantidad de síntomas visibles y, sin embargo, acumular relativamente poca micotoxina, mientras que otras pueden presentar un aspecto intermedio pero contener concentraciones mayores. La resistencia a la infección y la resistencia a la acumulación de toxinas son mecanismos diferentes, y esa diferencia abre una línea de investigación fundamental para mejorar simultáneamente la productividad y la inocuidad de los alimentos.

La ciencia detrás de una espiga

El trabajo para enfrentar la fusariosis lleva años en las instituciones científicas argentinas. Desde 2015, la Estación Experimental Agropecuaria Paraná del INTA evalúa materiales de trigo frente a la enfermedad y analiza anualmente entre 350 y 600 líneas experimentales pertenecientes al programa de mejoramiento del organismo y a viveros del CIMMyT, utilizando además materiales especialmente susceptibles como referencia. Esa tarea permite identificar fuentes de resistencia y generar información que después puede utilizarse para orientar decisiones de mejoramiento y producción.

La investigación también se realiza sobre variedades comerciales y en distintas regiones productivas. Un trabajo reciente del INTA evaluó materiales durante las campañas 2024 y 2025 y destacó que la fusariosis constituye una enfermedad de alto impacto tanto por su efecto sobre la producción como por la contaminación con toxinas producidas por Fusarium graminearum. El manejo requiere combinar genética, prácticas agronómicas, monitoreo ambiental y, cuando corresponde, control químico o biológico, porque ninguna herramienta aislada alcanza para resolver un problema que depende de tantas variables.

El desafío adquiere todavía mayor importancia para un país como Argentina, donde el trigo forma parte de una cadena que no termina en el campo. La producción abastece a molinos, industrias alimentarias y mercados internacionales, de modo que la calidad sanitaria del grano tiene consecuencias sobre toda la cadena. Una enfermedad capaz de reducir rendimiento y, simultáneamente, comprometer la inocuidad puede transformar una cuestión aparentemente agronómica en un problema que atraviesa producción, comercio exterior y alimentación.

Por eso el llamado del INTA a anticiparse al “golpe blanco” tiene una dimensión que va mucho más allá de una recomendación para productores. La batalla contra la fusariosis comienza antes de que aparezcan las espigas enfermas, utilizando datos climáticos, modelos matemáticos, genética vegetal y conocimiento acumulado durante años de investigación. El objetivo no es eliminar por completo un riesgo que forma parte de la agricultura, sino reducirlo hasta niveles que permitan sostener rendimiento, calidad e inocuidad.

En tiempos en que buena parte de la discusión sobre ciencia suele concentrarse en tecnologías espectaculares, satélites, inteligencia artificial o grandes desarrollos de laboratorio, una investigación como esta recuerda que también existe una ciencia silenciosa que trabaja sobre problemas cotidianos y decisivos. Una espiga de trigo puede parecer apenas una parte diminuta de un paisaje agrícola, pero de su estado sanitario dependen toneladas de alimentos, ingresos para productores, posibilidades de exportación y, finalmente, la seguridad de aquello que llega a nuestra mesa. Y en esa batalla, muchas veces la diferencia entre perder y prevenir no está en descubrir una cura milagrosa, sino en saber exactamente cuándo mirar, qué medir y cómo actuar.


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