Víctor Jara: el día que una dictadura anunció su muerte antes de asesinarlo

La historia de Víctor Jara es también la historia de cómo una dictadura intentó matar dos veces a un hombre: primero físicamente y después en la memoria. El cantautor fue detenido tras el golpe de Estado contra Salvador Allende, llevado al Estadio Chile y sometido a torturas. Mientras su cuerpo permanecía en poder de los militares, la maquinaria de propaganda comenzó a construir otra versión de los hechos: una muerte sin verdugos, sin tortura y sin responsabilidad política. Décadas después, la Justicia chilena reconstruyó el crimen y condenó a responsables.

Por Luis Bulnes Valdez para NLI

Hay muertes que terminan cuando deja de latir el corazón y hay otras que, para los asesinos, deben prolongarse después de la muerte. La de Víctor Jara pertenece a esta segunda categoría. El cantante, compositor, actor, director teatral y uno de los grandes símbolos de la Nueva Canción Chilena no solamente fue asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet: también fue convertido en una mentira periodística. El objetivo era que su muerte pareciera una circunstancia privada, casi doméstica, sin verdugos, sin uniforme, sin Estado y, sobre todo, sin relación alguna con el golpe militar que acababa de destruir el gobierno constitucional de Salvador Allende.

El 11 de septiembre de 1973, Chile cambió para siempre. El bombardeo de La Moneda, la muerte de Allende y la instalación de la Junta Militar abrieron una etapa de represión sistemática que incluyó detenciones masivas, torturas, ejecuciones y desapariciones. La Biblioteca Nacional de Chile registra que los militares comenzaron inmediatamente a utilizar grandes recintos deportivos como centros de detención y que miles de personas fueron recluidas en el Estadio Nacional y otros lugares convertidos en campos de prisioneros.

Víctor Jara estaba en la Universidad Técnica del Estado, donde trabajaba como artista y docente, cuando los militares ocuparon el establecimiento. El 12 de septiembre fue detenido junto con profesores, trabajadores y estudiantes y trasladado al entonces Estadio Chile. No era un desconocido para los militares. Su compromiso con la Unidad Popular, su militancia comunista y, fundamentalmente, la enorme influencia que había alcanzado su obra lo habían convertido en una figura incómoda para quienes acababan de tomar el poder por las armas. La propia Biblioteca Nacional chilena señala que Jara había participado activamente en las campañas de la Unidad Popular y que desde 1971 integraba el cuerpo de artistas estables de la Universidad Técnica.

En el Estadio Chile comenzó el último capítulo de su vida. Los testimonios judiciales reconstruyeron que Jara fue reconocido por personal militar al ingresar al recinto y que fue separado de los demás detenidos. Investigaciones posteriores establecieron que fue llevado a sectores destinados a interrogatorios y torturas, donde sufrió una violencia particularmente brutal. Un estudio de la Universidad de Chile documentó que las torturas contra Jara se desarrollaron entre el 13 y el 16 de septiembre y que fueron ejecutadas por oficiales del Ejército.

Hay algo especialmente estremecedor en esa historia: mientras los militares tenían a Víctor Jara prisionero, afuera comenzaba a construirse la versión de que simplemente había muerto. Durante décadas circuló la referencia al 12 de septiembre como el día en que el diario La Segunda habría anunciado su fallecimiento. Sin embargo, una investigación académica sobre la cobertura de la prensa chilena durante esos días escrito por Javier Rodríguez Aedo y Marcy Campos Pérez, establece que la primera noticia de su muerte apareció en ese periódico el 21 de septiembre, después de que su cuerpo hubiera sido encontrado y su funeral realizado. La nota fue mínima y desprovista de cualquier explicación sobre las circunstancias de su muerte.

La diferencia de fechas no modifica lo esencial de aquella operación. La dictadura necesitaba que Víctor Jara muriera también en el relato público, y para eso debía eliminar de la historia a los responsables. La noticia periodística presentó su muerte sin explicar que había sido detenido por los militares, sin contar qué había ocurrido en el Estadio Chile y sin mencionar la persecución política que había colocado al artista en manos de sus captores. La información sobre el crimen fue reducida a unas pocas líneas, como si se tratara de una muerte cualquiera.

Pero Víctor Jara no había muerto de una muerte cualquiera. La documentación reunida durante décadas de investigación judicial permitió reconstruir una secuencia de secuestro, tortura y asesinato. Su cuerpo fue encontrado junto al de otros detenidos y trasladado a la morgue. Joan Jara debió reconocerlo entre los cadáveres. La Biblioteca Nacional de Chile conserva el testimonio de aquellos días y registra que el artista fue brutalmente torturado y acribillado en el Estadio Chile.

La dimensión de aquella violencia también aparece en los documentos judiciales. En los procesos posteriores se estableció que el crimen ocurrió dentro de un contexto de violaciones graves, masivas y sistemáticas de los derechos humanos cometidas por agentes del Estado. La Justicia chilena calificó hechos de esa naturaleza como crímenes contra la humanidad, señalando que formaban parte de una política de persecución contra personas identificadas con el gobierno depuesto o consideradas opositoras al nuevo régimen.

La paradoja es que los asesinos pudieron matar al hombre, pero no pudieron controlar aquello que había construido durante años. Porque Víctor Jara ya no era solamente Víctor Jara. Era “Te recuerdo Amanda”, era “Plegaria a un labrador”, era “El derecho de vivir en paz”, era el artista que había llevado la canción popular a fábricas, universidades, sindicatos y escenarios internacionales. La Biblioteca Nacional chilena lo identifica como una de las figuras centrales de la Nueva Canción Chilena y como uno de los símbolos fundamentales de ese movimiento musical.

Y allí aparece también la relación profunda con el rock argentino. La historia de Jara pertenece a una generación latinoamericana en la que la música dejó de ser solamente entretenimiento para convertirse en identidad, herramienta cultural y, para las dictaduras, una amenaza. En Chile, Argentina, Uruguay y otros países de la región, músicos, escritores, actores y artistas fueron perseguidos, censurados, exiliados o asesinados. En la Argentina, pocos años después, la dictadura de 1976 aplicaría mecanismos similares de censura y persecución cultural. El rock nacional terminaría ocupando un lugar particular dentro de esa historia, especialmente después de Malvinas, cuando la prohibición de música en inglés produjo un inesperado impulso a la música argentina.

Por eso Víctor Jara también pertenece a nuestra propia historia musical. No hace falta que una canción haya sido escrita en Buenos Aires para formar parte de la memoria del rock argentino y latinoamericano. Jara fue uno de esos artistas que ayudaron a demostrar que la música popular podía hablar de trabajadores, campesinos, desigualdad, dignidad y libertad sin pedir permiso a ninguna autoridad.

Su último poema, escrito durante su cautiverio y conocido como “Estadio Chile”, quedó como uno de los documentos más estremecedores de aquellos días. “Somos cinco mil”, comienza el texto, intentando dimensionar desde el interior del recinto la cantidad de personas detenidas. El poema no fue escrito desde la comodidad de un estudio ni desde un escenario: nació en un lugar de encierro, entre hombres que sabían que la vida podía terminar en cualquier momento.

Víctor Jara tenía 40 años. La dictadura creyó que podía reducirlo a un cadáver anónimo, ocultar las circunstancias de su muerte y borrar de los diarios aquello que había ocurrido en el subsuelo del Estadio Chile. No pudo hacerlo. La mentira periodística duró mucho menos que sus canciones.

Hoy el antiguo Estadio Chile lleva su nombre. La institución que había sido su lugar de trabajo conserva su memoria. Los tribunales reconstruyeron parte de la responsabilidad criminal. Y sus canciones siguen atravesando generaciones que nacieron mucho después de aquel septiembre de 1973.

La historia terminó demostrando algo que las dictaduras suelen descubrir demasiado tarde: pueden controlar los diarios, ocupar los estudios de televisión, cerrar radios, prohibir canciones y llenar estadios de prisioneros, pero no pueden decidir para siempre qué recuerda un pueblo.

El régimen quiso que Víctor Jara fuera un muerto sin historia.

La historia decidió convertirlo en memoria.


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