La batalla emocional y la sabia desesperanza

El macrismo, hoy, ostenta un mérito innegable: haber dado el primer cachetazo en el campo de la batalla emocional.

Por Eddy Whopper para La Quinta Pata

La Quinta Pata

1.- LA ALDEA DEVASTADA

En Los Siete Samuráis (Schininin no samurai, 1954) Akira Kurosawa cuenta la historia de una aldea medieval que practica agricultura de subsistencia y que, año a año, luego de terminada la cosecha, es saqueada por una banda de salvajes. Tal era la impunidad de aquellos ladrones, que ni siquiera se ocultaban de la mirada de los aldeanos: desde días antes de que el arroz fuera acopiado en los secaderos, los infames ya cabalgaban hasta la cima de los cerros lindantes, para hacerse visibles y generar acobardamiento y debilitación. Los aldeanos, que sólo sabían trabajar, se levantaban una y otra vez de los infortunios periódicos, y una y otra vez, ya que no organizaban su defensa, eran invadidos y vejados.

Un anciano, cercado también por el miedo y el hastío, ensaya entonces una solución de emergencia en el caserío paupérrimo: conseguir un samurái que los defienda y que acepte ser pagado con arroz. La única razón por la que los hombres atienden el consejo es el carácter venerable del viejo: los samuráis son especies de semidioses con rango apenas inferior al del Emperador; en la visión de todos, JAMÁS aceptarían luchar por el hambre de un asentamiento perdido entre las montañas y, por lo demás, gratis.

A pesar de las escasas posibilidades de éxito, los campesinos intentan un precario reclutamiento. Cuando ya era inevitable una nueva devastación, uno de los interpelados acepta, llevado por la persuasión de que el honor y la ética del guerrero no reconocen causas menores ni están sujetos al vigor de las retribuciones. Ese héroe individual, a su vez, convence a otros seis.

Luego de mil peripecias, los siete samuráis salvan el villorrio, en una de las más costosas y difíciles empresas de su carrera.

La escena siguiente a la de la batalla con los miserables (uno de los dramatismos mejor desenvueltos de la historia del cine) no muestra a los soldados recibiendo honores ni agradecimientos. Por el contrario, hay una disociación, un quiebre: el espectador ya se sitúa en la mañana siguiente a la de la batalla. Las mujeres se arquean sobre la ciénaga para trabajar el sembradío; al mismo tiempo, los hombres tocan alegremente los tambores que alientan a continuar el esfuerzo de sus esposas. Nadie mira siquiera a los guerreros, que se pasean por la aldea como fantasmas. Nadie les brinda el menor reconocimiento: ahora, deben irse. Los samuráis se quedan solos con su gloria, que nadie más percibe. Uno de los guerreros observa al vecinaje laborando el pantanal; piensa: los hemos salvado; ahora nos desprecian.

Asolado por la verdad, concluye: “Hemos vuelto a perder. Ganaron ellos”.

2.- LA PREGUNTA

Los samuráis del relato habían puesto todos sus conocimientos ancestrales, todo su talento y dedicación, a salvar a un grupo de anónimos que ni antes ni después de los acontecimientos honraron su entrega y su condescendencia. Sólo congraciados consigo mismos, fueron expulsados del pequeño pueblo, ahora agachado toscamente frente un arroz siderúrgico y pantanoso que, seguramente, le volverían a robar.

¿Cuál había sido el error los guerreros? ¿Había algún error? ¿Cuál había sido el sentido de la lucha? ¿No estaba planteado desde el inicio su inutilidad, dado que el paraje estaba igualmente condenado a desaparecer?

Pero quizás la pregunta esencial, que deja regusto de insatisfacción en el espectador, es… ¿por qué “ganaron ellos”? ¿Qué ganaron?

3.- LA BATALLA CULTURAL

Si hay una reflexión que, como el samurái de la película atónito frente a la derrota a pesar de la victoria, corta todos los ámbitos al peronismo, es aquella que tiene que ver con una impronta de autocrítica: tenemos que hacer una profunda introspección dentro del movimiento para saber en qué nos equivocamos. Casi como una consecuencia necesaria y natural, surge en todos quienes así se proponen pensar una primera conclusión, que los ubica en un mirador de análisis concreto: “hemos perdido la batalla cultural”, a la vista de cómo reaccionó la gente frente al intento de construcción de un Estado de Bienestar luego del desastre de 2001.

La llamada “batalla cultural” ha sido perdida –aunque no definitivamente- por el movimiento nacional y popular, y ha dejado una sociedad fragmentada en por lo menos dos bandos vívidos que ya encuentran inútil seguir menudeando el campo de la lucha. Dos bandos crípticos y blindados, con distinguible identidad y, por lo demás, que generan en sus integrantes una fuerte sensación de pertenencia, sumada a un terror por la disgregación y su disolución en las aguas del bando contrario.

¿Qué hicimos mal?, se pregunta el peronismo; y aun alienta a sus seguidores a tener la humildad y la valentía de cuestionarse una y mil veces el asunto, y de predisponerse a encontrar una respuesta.

4.- LA VERDADERA VICTORIA

Todas esas preguntas, a mi modo de ver, desvían la mira de la discusión. Olvidan, quizás desde la impotencia, una verdad incontestable: la herramienta para vencer en la batalla perdida no se dio en el ámbito cultural, sino en el puramente emocional.

Atendamos al ejemplo más vívido: todos los votantes de Cambiemos se inclinaron por “un cambio”, pero ninguno es capaz de explicar acabadamente qué cosa es el “cambio”, porque tampoco lo explicaron sus candidatos, desde el más encumbrado hasta el más subalterno. Simplemente, les pareció bien “cambiar”, así, en abstracto, porque su estructura emocional les daba venia favorable para esa acción.

A ninguno de ellos, hoy, le molesta que la totalidad del contenido volcado por Mauricio Macri en el célebre debate televisivo con Daniel Scioli se haya revelado como palmaria mentira intencional, a pesar de que se manifiestan “honestos” y de que el mismo Macri sostiene que “este gobierno va a fondo con la verdad”.

Hay muchísimo más. El partido Cambiemos se identifica con la tradición católica, pero denuesta día a día la figura del Papa, a quien sin ningún sentido racional vinculan con el comunismo internacional y con el kirchnerismo. Hasta ha habido periodistas que lo sindicaron como “jefe de la oposición”, con la aquiescencia de todo su público. Lo que se le reprochó a Francisco durante la primera entrevista con Macri no fue una acción directa, sino una omisión impropia respecto de la investidura del empresario: los electores de Cambiemos –en especial, las clases medias aspiracionales- condenaron el hecho de que el Papa no le haya sonreído al presidente, actitud que les zarandeó su estructura afectiva.

El propio pueblo votante ve con buenos ojos el hecho de que Mauricio Macri salude, durante las celebraciones populares, sectores del espacio público a los que no se deja entrar al pueblo. Su ministro de Educación escribía con faltas de ortografía y postuló como logro que “todos los días nuestro gobierno tiene un pibe preso más”; le ordenaron, durante la campaña electoral de 2017, que no hablara más ante las cámaras y en su reemplazo ubicaron para contestar preguntas a la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, todas las veces sonriendo. El ex ministro de Educación, el que no sabía escribir y que permanecía en silencio junto a María Eugenia Vidal (que nada tenía que ver con las elecciones legislativas), fue sin embargo elegido senador por los habitantes de su distrito.

La misma gobernadora fue fotografiada en actitud de fingir que compraba regalos de Reyes a sus hijos, dos de los cuales tienen 17 y 15 años: a todos les pareció que la foto estaba “armada”; sin embargo, a todos les gustó. Esta misma semana, el diputado Massot, jefe de la bancada de Cambiemos en la Cámara de Diputados, creyó que no estaba siendo filmado y le confesó al periodista que lo entrevistaba que el gobierno no iba a cumplir su promesa de “pobreza cero” y que ese proceso “probablemente lo termine el peronismo”: la noticia llegó a todos los puntos del país, pero no se escuchó una sola crítica de sus seguidores. De Massot, en cambio, ponderan que es buen mozo.

La lista es interminable: el ahora senador Esteban Bullrich sugirió la posibilidad de “adoptar embriones”, luego de afirmar que “todo embrión es un argentino con derechos”, como si quedaran allí incluidos todos los embriones del Universo; el propio presidente justificó la imposibilidad del gobierno de asistir a los inundados de diversas partes del país en el hecho de que “en algunos lugares falta agua y en otros sobra”; aun hoy se recuerda al Ministro de Medio Ambiente ataviado de enredadera para camuflarse entre las hojas de una campaña publicitaria; desde que el presidente admitió que prefería el juego de Leonel Messi antes que el de Diego Maradona –y que éste confesara su cristinismo– el ex “mejor jugador de todos los tiempos” pasó a ser despreciado por las masas “PRO”, en una andanada de repulsión simétrica a la de construcción mítica de la que fuera objeto durante casi cuarenta años.

Estas interpelaciones ocurren, también, en el ámbito de los colores. A ningún votante le llama la atención el hecho de que prácticamente todos los funcionarios de Cambiemos usan camisas celestes, cuya única finalidad es la de denotar y construir la idea de “transparencia”. Hace unos meses, una ex “chica del verano” y participante de algún “reality show”, en pareja con el dueño de uno de los más grandes multimedios del país, afirmó que la familia del presidente era “blanca y pura”. Incluso el mismo “amarillo PRO” representa el “oro” de la camiseta de Boca Juniors, el club del que fue presidente Mauricio Macri, a quien los electores ponderan sus “ojos de cielo”. La vida en la ciudad de Buenos Aires es al menos quince veces más cara que en 2007, año en que el macrismo tomó la Jefatura de Gobierno; pero no hay espacio público notable que no esté pintado como si se hubiera estrenado ayer mismo.

Y en ámbitos más irreversibles y espantosos, las consecuencias resultan nefastas, pero, asimismo, son aceptadas sin contrapropuesta. Con pavor y perplejidad asistimos a las manifestaciones incomprensibles de un importante cúmulo de votantes que se manifiesta “a favor de la vida”, pero apoya la pena de muerte y no ejerce la menor crítica frente a los asesinatos pepetrados por las fuerzas de seguridad desatadas por el macrismo, aun aquellos homicidios cuyas víctimas recibieron balazos encontrándose desarmadas y de espaldas, como los de Rafael Nahuel y el más reciente del niño tucumano Facundo Burgos.

La batalla cultural se ha perdido; pero el panorama que desde este puente se aprecia, requiere el inicio de otra, mucho más intensa, mucho más exigente, difícil y de pronóstico incierto.

5.- LO QUE VENDRÁ

El macrismo, hoy, ostenta un mérito innegable: haber dado el primer cachetazo en el campo de la batalla emocional. Fue quien, luego de asesinado el peronismo de Perón, rompió la mística a través de las artimañas de la mercadotecnia y el dinero y se adueñó de las preferencias límbicas de quienes hoy son sus aficionados prácticamente irreversibles.

Afectados por esa transformación (o, quizás de-formación) de la entereza intelectual de millones de conciudadanos homo videns, asistimos en nuestros días a asombrosas reinterpretaciones y puestas en crisis del indiscutible Árbol de la Sabiduría: sentir, para estos voluntarios del cambio, parece ser una categoría superior a pensar. Muchos de los emocionalmente interpelados de verdad creen que el gobierno anterior enterró enormes cantidades de dinero en la intemperie Patagónica, y a ese reducto emocional apuntan los funcionarios de las más altas esferas, enviando retroexcavadoras a los allanamientos. Muchos otros estiman que las mascotas son sabias y que hay que atender a sus reacciones para obtener respuestas válidas, es decir, enunciados con categoría de conocimiento, o sensaciones, que aun se ubican axiológicamente más arriba. Entonces, desde la misma presidencia, se difundió con triste celebridad la imagen de un perro sobre el Sillón de Rivadavia.

A todo esto es inútil enfrentar la razón, los argumentos, la lógica, el conocimiento ni ninguna de las producciones culturales que se hayan generado desde el primer hombre hasta el momento en que leemos estas líneas.

Si hay que dar alguna batalla prioritaria, ésa es la batalla emocional.

¿Cómo hacerlo? Como dije en algún anterior artículo: no tengo la menor idea. Escribir sobre la hoja en blanco, en sentido genérico, es la tarea más difícil de quien se propone llevar a cabo una acción distinta cuando todas las demás han fracasado. El rush capitalista exige todo el tiempo originalidad, como si esa abstracción pudiera bajarse al mundo de las cosas con la misma facilidad con que las hordas de ladrones bajaban al villorrio para robarse el arroz y las mujeres.

Pero, una vez puesta en marcha la idea, el resto es construcción colectiva. Desde la primera rueda de piedra hasta el engranaje fordista ha transcurrido la historia. Todo estaba ahí; había que descubrirlo y ponerlo luego en ejecución adecuada.

El fenómeno de captación sugestiva que vivimos, motorizado por la publicidad y las técnicas de la llamada “neurociencia” es sumamente asombroso y, entiendo, es la primera vez que se da con esta impronta de autodestrucción, de autoapaleo, en toda la historia del país.

En ese marco, la batalla emocional será un acto de solidaridad hacia ese Otro que nos completa y al cual nos debemos. Un acto de amor explícito que tiende a recuperar, en definitiva, al hombre, para que, como en la historia de los samuráis, vuelva su mirada hacia los valores y deje de bailar la Danza de la Plenitud en la ciénaga de la medianía.

Por supuesto, no esperemos NINGUNA recompensa. Será una desesperanza sabia.


Fuente: La Quinta Pata | http://la5tapata.net/la-batalla-emocional-la-sabia-desesperanza/

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