El infierno tan querido

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable

Sorprende oír airadas voces críticas, velada o abiertamente opositoras, que le reprochan al gobierno el hecho de haber vuelto a caer en las garras del FMI —costumbre que inició José María Guido con la suma, hoy ridícula en apariencia, de cien millones de dólares— por falta de idoneidad, pericia y capacidades mínimas para conducir la economía argentina.

Desde las metáforas degradantes del tipo “haber chocado la calesita” hasta las chicanas más ácidas, se apunta a resaltar la incapacidad proverbial de las máximas autoridades políticas y su equipo económico que, sin embargo, cuentan con el respaldo de la comunidad financiera internacional, cada vez más pródiga en elogios para con el paradigma del cambio: “Pese a ser el mayor rescate de la historia del fondo, tanto FMI como el Gobierno argentino se han conjurado para dar imagen de normalidad, conscientes de que tras doce años de kirchnerismo Macri es un activo que los mercados desean proteger.”, sentenció Robert Mur en su artículo del sábado en  La Vanguardia.

En conjunto, el coro de voces indignadas desgrana una letanía que contribuye tanto a la catarsis como a la negación de una realidad ardua para cualquier clase de opositor: la administración macrista logró cumplir sin demora los objetivos fundamentales de su plan. Con disciplina interna, cohesión, eficiencia y rapidez innegables, sin miramientos republicanos ni opositores reales en número suficiente para marcar límites, removió obstáculos e impuso condiciones.

Así la economía arribó al punto deseado, previsto, que propició la concreción de la llegada de refuerzos de carácter institucional, es decir: el desembarco con amplias facultades del Fondo Monetario, más que un prestamista de última instancia, un aliado imprescindible que, ahora sí, aparta de las sombras a Cardarelli, cancerbero de Argentina desde los albores de la administración cambiemita. El llamado acuerdo con el FMI es, simplemente, la formalización de un pacto previo que se firmará dentro de diez días.

Con el préstamo stand by por una suma acordada de más de cincuenta mil millones de dólares, salvataje que irá llegando en cuotas —la primera casi en simultáneo con la rúbrica que avalará hasta la última coma de la ignota letra chica—, el macrismo compra tiempo por cuenta y orden del Estado argentino. El nuevo blindaje  estirará los plazos. El paraíso especulativo tendrá una vida más prolongada. Los ritmos de la bicicleta financiera y la extensión de los periodos de permanencia y fuga de los capitales determinarán si alcanza o no hasta fines de 2019.

El valor del dólar, mientras tanto, recorrerá con calma el camino hacia el precio que necesitan los privilegiados del modelo para serlo aún más. La inflación, Caballo de Troya del neoliberalismo —en el lenguaje de quien desde hace años desmitifica el fenómeno,  Fernando J. Pisani—, seguirá en niveles altos,  beneficiándolos también. La bolsa y los bonos tendrán, como ya se percibe, otro veranito de San Mauricio en época coincidente con el de San Juan, que por desventura no llega para atenuar los efectos de los precios de servicios dolarizados en la estación fría.

La Inflación, el Caballo de Troya del neoliberalismo

Sea como fuere, todo estaba en los planes. No hay imprevistos: una economía que nunca logró generar los dólares suficientes para gozar de equilibrio mucho menos lo podrá hacer ahora, bajo la égida de un modelo primarizante, retrógrado e improductivo, con déficit comercial dramático. Argentina consolidará, eso sí  —una vez más—, su condición de punta de lanza para cohesionar una configuración regional al servicio de intereses de posiciones dominantes que, así,  asegurarán su acceso a recursos escasos —onerosos en el futuro cercano—, la acumulación de riquezas y el bienestar inmediato en otras latitudes. Nada nuevo. El infierno tan querido, tan anhelado por unos pocos para sellar el sufrimiento de muchos otros.

El retorno pleno a un esquema de subordinación a intereses que empobrecen a las mayorías sustrayéndole recursos en progresión geométrica, día a día, tiene entre sus pilares básicos e imprescindibles un endeudamiento externo sostenido que, a su vez, financie la fuga de divisas: es la justificación del sacrificio, los recortes y el “achicamiento” doloso del Estado, concentrado en la virtud de honrar las deudas. El arribo a la etapa de blindaje vía FMI es un hito. Los espejos de Grecia y Jordania no son lo suficientemente claros como para descifrar en imágenes el futuro nacional, ominoso pero resistente a las analogías fáciles provenientes de afamadas debacles contemporáneas.

La caída de los últimos velos de la impostura macrista, que desde esta misma columna se ubicó tentativamente entre fines de 2017 y comienzos de este año, cobra importancia por tratarse de un fenómeno tardío y no por su carácter revelador. Sostener por dos años una restauración conservadora feroz a través del discurso inverosímil del cambio, el gradualismo y la inserción de Argentina en el mundo a través de un equipo de excelencia honestista auto atribuida, constructor de panaceas futuras en democracia plural, representa una ventaja que la cofradía gobernante ya capitalizó con creces. Ninguna alianza de neoliberales, oligarquías conservadoras tradicionales, pseudo-liberales, neoaristocracia contratista, de servicios y finanza, por más fortalecida que se sintiese por la sinergia de la unión del poderío antaño fragmentado, esas que suelen englobarse bajo el apelativo Nueva derecha, hubiera previsto —ni soñado— semejante periodo de gracia témporo-espacial, políticamente hablando.

El tiempo y el terreno ganados constituyen una base de naturalización del status quo difícil de erosionar. A las tres victorias señeras de Cambiemos que enumera Delgado Jordan —transferencia de ingresos impuesta como lógica, avance sobre el poder judicial  con instauración amplia del lawfare, y demonización K como quintaesencia del populismo corrupto, encarnada en Cristina Fernández, extrapolable a cualquier opositor—,  afianzadas como núcleo duro del sentido discursivo común, se podrán adicionar otras, todavía en construcción, gracias a la extensión de plazos que brinda el flamante blindaje de un aliado que no teme convertirse en chivo emisario y que, de concretarse el tan ansiado por el macrismo ingreso del país a la OCDE, tendría un socio orgánico para repartir el peso de reproches o críticas.

Lo cierto es que en la esfera doméstica, al mismo ritmo que el cambiemismo va plantando mojones de hito en hito, la oposición —nominalmente mayoritaria en el Congreso— languidece en el creciente descrédito que da ser llevada de las narices o actuar a fuerza de carpetazos, miedo a la pérdida de la comodidad inherente al confort pecuniario de la banca o el cargo público, terrores mediáticos, complicidad o, lo que es peor todavía, lisa y llana falta de ideas convincentes. La ausencia de contrapropuestas que pudieren desbaratar la afirmación de que se transita el único camino posible es campo orégano para convalidar tácitamente el ajuste final, el que dará contornos indelebles a la matriz de inequidad crónica.

Los altos funcionarios del FMI, para más inri, con toda la carga de sadismo que da la costumbre de caminar entre las ruinas de los propios bombardeos, le ofrecieron a estos opositores la oportunidad de pronunciarse en contra para deslegitimar el acuerdo aún no perfeccionado en los documentos definitivos, seguramente a sabiendas de que mirarían para otro lado pasado el minuto de cacareo reglamentario: “El programa requiere un compromiso de toda la sociedad” y “es claro que son medidas que requieren de un fuerte compromiso político de toda la sociedad argentina”, declararon como anticipo del sufrimiento venidero y, a la vez, desafío a dirigentes timoratos, invitados a callar para siempre si no deciden pronunciarse, con claridad, de inmediato.

Además, mientras el Fondo Monetario se regodea entre las frases de su nuevo marketing institucional —un lavado de cara centrado en despojar al desacreditado organismo de su pertinaz aporofobia solamente, claro está, en la faz verbal— que tan pocas oportunidades como la que Argentina le brindó había tenido de pronunciar su la plana mayor, los expertos tomadores de deuda que atesora Cambiemos se aprestan a recibir algunos dólares frescos más en los próximos doce meses:   u$s 5.650 millones provenientes de tres créditos acordados con el BID, el Banco Mundial y CAF  —que considera el ajuste y la transferencia de recursos regresiva macristas como “políticas económicas de normalización”—, oxígeno para estirar la primera remesa del FMI, que no por ser históricamente desaforada llega con garantía de suficiencia.

Es evidente que, como señala Mur, la protección que los mercados desean para un activo tan preciado como Mauricio Macri cuenta con distintas vertientes. El padrinazgo de la finanza internacional no ha agotado los recursos mínimos ni las variantes creativas para mantener a buen ritmo la puerta giratoria de la fuga de capitales que Argentina padece, en distintos grados de intensidad y volumen pero siempre con daños significativos, desde hace prácticamente medio siglo.

@ale_enric

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s