Las tres victorias de Cambiemos

Una invitación a la reflexión sobre lo que hemos perdido y lo que nos hemos dejado sacar.

Por Guillermo Carlos Delgado Jordan

Los que estamos indemnes de las vicisitudes políticas podemos explayarnos, hasta cierto punto, sin medir las consecuencias de nuestras palabras. Como cuando en los primeros meses del 2016 éramos de los pocos que escribían cosas como que este gobierno estaba compuesto por hombres y mujeres pertenecientes o ligados a un puñado de familias que propugnan por un modelo ultra conservador de desigual participación de la riqueza; las mismas familias que luego lavan culpas, dinero e impuestos con sus Fundaciones y se camuflan dentro de Asociaciones Civiles “democráticas y republicanistas” y que el objetivo de su gobierno no pasaba por cumplimentar un plan de gobierno sino un plan de negocios (terminología que se empieza a escuchar cada vez con más frecuencia en los medios).

Si decíamos eso entonces (reafirmándolo ahora con los hechos) no era porque tuviésemos una bola de cristal y el general de los políticos lo desconociera y solo se están dando cuenta ahora. Los motivos son otros.

En medio de esta nueva crisis que se avecina en el país, los invito a reflexionar un poco sobre lo que hemos perdido y lo que nos hemos dejado sacar los argentinos. A compartir culpas y analizar con la cabeza abierta algo de la historia reciente para vislumbrar, en realidad, cual es “la gran victoria de Cambiemos”.

Los primeros meses

Entender los primeros meses del gobierno de Macri es crucial para comprender por qué, a pesar de su alicaída imagen actual y de una posible derrota electoral en 2019, el aparato oligárquico que representa el gobierno de Cambiemos es capaz de salir triunfante una vez más. Y este triunfo puede darse en tres órdenes que analizaremos a posteriori.

Los primeros meses de Macri fueron los del desmembramiento de la oposición y de la imposición de su propio relato. Supieron fogonear entre esa gran y fluctuante masa de dirigentes “peronistas” que se autoexcomulgó de la “fiesta” de los anteriores 12 años, por más que la habían disfrutado a pleno. Así, a los “traidores” previsibles como podrían ser los Urtubey, se le sumaron los “imprevisibles” como Diego Bossio, que si acaparó tanto odio por parte de “los K” (mucho más que, por ejemplo, el gobernador salteño), es porque la traición duele más cuando viene de alguien que se sentía como propio. Así, pronto el Cristinismo pareció reducirse a un pequeño grupo de colaboradores indómitos como los Kicillof, los Sabbatella y la inquebrantable Cámpora. Tan pequeño era dicho grupo que los medios pudieron pasar fácilmente del fuego de metralla al del francotirador. Mientras, el peronismo “tradicional” agachó la cabeza y se diluyó entre traidores y neo-massistas convirtiéndose en los serviles e imprescindibles Pichettos del Cambio.

Estos dirigentes (a los que sin duda se suman las cabezas de la CGT) como tantas veces, acomodarán sus posturas a los humores de las masas y como topos, poco a poco irán asomando sus cabezas en el nuevo juego mediático a surgir de “péguele a Macri”. Pero hasta entonces, fueron herramientas imprescindibles para el avasallamiento de todo lo construido por “la pesada herencia”.

Una vez dicho esto, pasemos a desmenuzar los tres niveles del triunfo cambiemita.

El primer triunfo

El primer triunfo de Cambiemos es el menos oculto y el más previsible: la transferencia de ingresos.

Dicho norte se vislumbró desde el primer día y es la base de su “Plan de Negocios”, detrás del cual se sitúan los intereses del común de los argentinos como ser: inflación, estabilidad laboral, seguridad, etc.

Si para lllevar un mango más a la estancia de la oligarquía el gobierno debe hundir al país y abrazar al averno del FMI, desdecirse de sus dichos, vender dólar futuro y llevar la tasa de referencia a nivel Guinness, todo eso se hará sin dudar. En el exprimidor de la economía no debe quedar ni una sola gota que pudiendo ser de ellos, no lo sea.

Como ya hemos escrito, “Tomando parámetros del 2015, nos encontramos que “promesas” electorales y posteriores como: pobreza cero, bajar la inflación, achicar el Estado, reducir el déficit, dejar de tomar deuda, cuidar a los jubilados, etc., chocan de plano con los resultados obtenidos por el Gobierno. Y lo ilusorio es pensar que existe realmente un Plan de Gobierno que contiene estas premisas, que no es otra cosa que un abanico de ilusiones huecas comunicacionales convenientemente filtradas por el extenso aparato controlado de medios de la Argentina.

El “Plan de Negocios” es, básicamente, realizar la transferencia. Y para que esto se produzca, indefectiblemente, se debe empobrecer a las masas, desfinanciar el sistema jubilatorio, trastocar la balanza cambiaria, apostar al dólar, endeudar externa y eternamente al país y sacarle gravámenes a poderosos empresarios y terratenientes en detrimento de las grandes masas.

El segundo triunfo

Aunque, para poder disfrutar de las fortunas adquiridas durante su gestión, es imprescindible encontrarse en libertad. Ahí entra en juego el orquestado plan de manipulación de la Justicia que lleva adelante Cambiemos.

Alguna vez hemos dicho que “La gran deuda de la justicia argentina es la de no haber avanzado firmemente en condenar no sólo a aquellos civiles que por acción u omisión han cometido delitos de lesa humanidad, sino a aquellos que a través del usufructo de dichos delitos (ya sea como funcionarios o como directos beneficiarios) se han enriquecido tan exponencialmente como se ha empobrecido al pueblo”.

Y así como sin lugar a dudas el brazo dirigencial del gobierno de Cambiemos esta nutrido en su esencia por los herederos de “los cómplices”, la Justicia que armó el macrismo es la heredera de aquella que no los ha juzgado o, mínimamente, ha jugado a eternizar la sentencia como, por ejemplo, los más de 40 años de dilación en la causa Blaquier.

A esto hay que sumarle que, en los próximos meses, y más férreamente aún entre el lapso post-mundial y elecciones, este brazo armado de la Justicia jugará un rol esencial yendo con los tapones de punta contra todo posible opositor emergente intentado mantener la imagen de lo que para entonces solo será un gobierno que agitará desesperado su mano sobre el oleaje del mar mostrándose ahogado y que los medios afines venderán como el alegre saludo de un vacacionista. Todo sea por estirar un poco más el gobierno pues, como bien dice el refrán cambiemita, “un día, un dólar”… o millones.

El tercer triunfo

Pero si hay algo que asegura la definitiva victoria de Cambiemos y sostendrá a la oligarquía en las esferas del poder durante muchos años es el hecho de haber impuesto un relato que supo llevarse por delante a propios y extraños desde los primeros días de gobierno y que podríamos sintetizar como “el gobierno de Cristina fue muy malo”.

Analicemos. Desde los medios y desde las redes se ha bajado desde el 2015 un mensaje que puede desdoblarse en 2: el de la promesa y el del discurso.

El primero, el de la promesa, es el que tiene implícito una vida útil finita: se termina cuando se incumple. La magia del “viviremos felices y comeremos perdices” termina en la primera revoleada de platos. Y lo que está mostrando el mercado en los últimos días es que la magia se está acabando. El oír nuevamente a Dujovne afirmar que la meta inflacionaria sigue siendo del 15% es como cuando tu primo te hace por quincuagésima vez el truco de “sacá una carta” que ya sabés que está marcada.

Pero el mensaje del “discurso” es distinto y a veces, como al Intendente de San Pedro pidiendo desaparecer al kirchnerismo, se les escapa. No lleva fecha de vencimiento. Solo lucha contra una inmensa fuerza interna que es subyacente a nuestro ser argentino y que es nuestra incapacidad innata para reflexionar fuera de toda contaminación mediática. Es fácil decir “me equivoqué” cuando nos encontramos sin trabajo, o cuando nos viene una factura de gas de tres mil pesos o cuando ya ni recordamos el sabor de un asado. ¿Pero como luchar contra una consigna que internalizamos y que, replantearla conduce indefectiblemente a un cambio de paradigma mental?

Recibimos a diario sobradas muestras de que el Cristinismo fue malo. Y para poder pegarle a Cristina, Cambiemos no tiene reparo en realzar la figura de Néstor (él hizo las cosas bien, no como “la yegua”) y ni hablar de Duhalde, al que muchos cambiemitas hoy están dispuestos a canonizar es pos de hundir al kirchnerismo sentándolo a la izquierda de Dios.

El discurso trolístico ha sabido, hábilmente, desmembrar el gobierno K a una sumatoria de cuestiones aisladas, que se atacan con la artillería conveniente según corresponda, impidiéndonos ver la imagen del conjunto.

“No se pagaba lo que correspondía por las servicios”, dirán, mientras el Vilouta de turno nos compara nuestra tarifa con lo que sale prender una lamparita en París.

O, también, “El gobierno K era un gobierno de corruptos” y nos muestran la foto de López y sus bolsos.

“Antes decían que teníamos menos pobres que Alemania” y modifican la fórmula de cálculo del INDEC

“Cristina era soberbia” no como Macri que, además, siempre te va a decir la verdad.

“Ocultaban a los pobres”, “Se afanaron un PBI”, “Mantienen vagos”, “Destruyeron la educación”, etc., etc., etc.

El discurso de Cambiemos siempre contuvo 2 falsas realidades.

De la primera, de que “podemos vivir mejor” ya te estás dando cuenta que no era su propósito porque te estás chocando con la realidad de frente.

De la segunda, de que puedas separar mentiras y verdades, analizar críticamente, aceptar errores y aciertos depende, simplemente, la gran victoria de Cambiemos.

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