De Ingeniero a Ingeniero

Por Alejandro Enrique para La Insuperable


Un recordado ingeniero popularizó la frase atribuida a José Alfredo Martínez de Hoz, «Achicar el estado es agrandar la Nación». Podría decirse que la hizo suya. Esa sentencia no murió con él en 2005. Perduró en el ideario de los burócratas del partido que tanto le debía y que, con fachada vecinal, gobernaría a partir de 2007 la Ciudad de Buenos Aires, a caballo de una tragedia: Cromañón. Don Álvaro Alsogaray (1) se fue, tal vez, sin sospechar que sus reprimidas fantasías de legitimidad democrática —esbozadas en la UCEDE— las haría realidad, diez años después, nada menos que un colega afín a su pensamiento, Mauricio Macri, con homenaje post mortem incluido: llegar por el voto y revelar el secreto de su sentencia favorita al desprevenido sufragante, es decir, mostrar qué significaba en verdad “achicar el estado”.

El equívoco abonado durante muchos años por el discurso de la derecha conservadora era el de fusionar la idea de estado con la de administración pública. Achicar el estado parecía ser una simpleza: menos empleados, menos ñoquis, menos burocracia, más agilidad. El elefante lento, pesado, torpe, más el barril sin fondo del dispendio de recursos, las metáforas recurrentes del legado Alsogaray, tenían su representante mejor caricaturizado, hijo de la aborrecible política: el empleado público. Siendo el estado administración de acotadas dimensiones, más que la hora de la espada, habría llegado la hora de la gestión y los gestores, es decir, la inocua aristocracia de la eficiencia. El sueño posible del mérito, sin oligarquías ni plutocracia.

La puesta en escena del equívoco preservaba la ilusión. En bambalinas, el enunciado repetido hasta el cansancio por Alsogaray, escondía dos secretos, uno semántico y otro puramente estilístico. “Achicar el estado” significaba despojarlo de sus atributos esenciales para el bien común a través de una vasta administración pública, adicta y aceitada para la corrupción estructural (2). Por desgracia, el predicado “agrandar la Nación” sólo cumplía una función decorativa: música para los toscos oídos de una plebe con ridículos sentimientos patrióticos. La verdad: agrandar los privilegios y acotar el número de privilegiados. Estado ornamental, indolente, virtual. Administración pública obsecuente, funcional e inapelable.

El gobierno de Cambiemos es el gobierno del PRO, el partido que con su discurso voluntarista convenció a los porteños de que era mejor ser vecinos que ciudadanos, el que repudió la política a través de políticos malogrados en 2001, herederos del sushi de la Alianza o del urbanismo de facto de Cacciatore. El ascenso al poder de su líder, Mauricio Macri, es tema aparte. Lo desarrollarán los que se especialicen en tragisainete político o, tal vez, aquellos que en un futuro cercano accedan al revés del tapiz del marketing de la manipulación social (3). Por ahora basta con observar la actitud cómplice de los medios concentrados, sus relaciones con el partido judicial y la obsecuencia de un ejército de periodistas acreditados en el descrédito de justificar, alegre y burdamente, una restauración conservadora, ilimitada, que ha conseguido ubicar al neoliberalismo más feroz en el terreno de la añoranza.

Lo cierto es que en este homenaje post mortem, de ingeniero a ingeniero, la administración pública engordó un veinticinco por ciento (4). Deuda externa, déficit fiscal, fuga de capitales, pobreza, desempleo e inflación en ascenso podrían no sorprender en un contexto de conservadurismo político con economía ultra liberal. Pero una administración pública en crecimiento parece, a simple vista, algo contradictorio. Sin embargo, bien observado, el fenómeno es la esencia del homenaje, la puesta en acto vertiginosa del modelo soñado. Y la traducción a la realidad de la frase que tantas veces pronunció don Álvaro.

Un estado chico es, entonces, sencillamente un estado que no equilibra ni redistribuye. Un estado sin intenciones de cumplir con sus funciones más elevadas ni luchar por la integración de los más débiles. El estado pequeño favorece concentrar riquezas, integra a los más poderosos y les asegura representación en la administración pública. Las autoridades políticas, la de más alto rango ejecutivo, camuflan sus imposiciones para legalizar el ejercicio de la corrupción estructural con el uniforme de la negociación. Las administraciones centralizada y descentralizada proceden en consecuencia, sin objeciones, a través de sus actividades cotidianas. De ahí que no sorprenda el veinticinco por ciento de incremento, el nepotismo ni los conflictos de intereses: se trata de un capitalismo de prebendas y amigos muy poderosos —al que los poderosos a secas aspiran a integrarse—, que aún cuenta con lugares para los más influyentes o los perversamente leales. Alsogaray aportó las primeras lecciones. También la frase. Ahora nos toca padecer la concreción de los siete fatídicos vocablos.

@ale_enric

REFERENCIAS

1.       Rubén Furman, “Álvaro Alsogaray”, 3/5/2011, en  http://www.elortiba.org/notapas1207.html

2.       Aldo Ferrer  dice que la corrupción estructural o sistémica “consiste, principalmente, en adoptar decisiones y políticas que generan rentas privadas espurias, no necesariamente ilegales ni directamente redituables para quien las adopta, que perjudican el interés público”: Diego Rubinzal, “El honestismo”, 31/05/2015, enhttps://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/47-8538-2015-05-31.html

3.       “Solo un genio de la publicidad pudo construir una imagen de transparencia en torno de un empresario cuyas compañías aparecen cada vez que se descubre algún negocio dudoso con el estado.”: Gustavo Gallido,  “Acerca de la corrupción”,  03/08/2016, en  http://www.agenciapacourondo.com.ar/opinion/acerca-de-la-corrupcion

4.       Gabriel Eiriz, “Agrandó 25% la planta y ahora dice que el Estado no puede ser un aguantadero”, 18/4/17, enhttp://portaldenoticias.com.ar/2017/04/18/macri-compromiso-federal/


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