Quórum

El origen de la palabra remite a “los presentes”. Un estar con una presencia que escapa de lo obvio y corporal y se proyecta hacia un sentido de urgencia o agonía. El gobierno se caracteriza por su terquedad para el mal, ese mal que no se conoce de sí y al que le es fácil ser indulgente diciendo que “no hay otra posibilidad”. Ante esto hay que oponer nuestras presencias vivas en plazas, avenidas y ciudades.

Por Horacio González para Nuestras Voces. Foto: Joaquín Salguero

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Una vez le pregunté a Ernesto Laclau si sabía lo que quería decir la palabra quórum. Era en un amable café entre muchos amigos, luego de una conferencia de Ernesto. Ambiente relajado, clima de confianza, una distendida atmósfera de esperanza. Me miró con sorpresa, creyendo que era un chiste decididamente tonto. ¿Quién no sabría cómo figura tal vocablo en nuestro lenguaje habitual? Sin dejar de ser algo tonta mi intromisión, lo que quise decir se refería en realidad no a lo que todos sabemos, el quórum como una regla parlamentaria de creación del número que marca el reglamento para sesionar. Quería decir, en cambio -acudiendo a la inoportunidad que siempre causa apelar a las etimologías-  cuál era el origen de la palabra quórum, tan latina ella. En su significado último en la lengua, se refiera al “quienes”, pero dándole el sentido específico de quienes están presentes, quienes hacen de su presencia un acto único e irrepetible de su ser.

La cuestión tiene así un fondo existencial decisivo, lo que invita a pensar sus usos diversos. En lo directamente político, el quórum se presta a las consabidas presiones y conciliábulos en una cámara de representantes. Pero en el sentido familiar nos ayuda a comprender algo más, como cuando se dice para comenzar cualquier reunión futbolera o poner la mesa… “¿ya hay quórum?”. Es que su significado último -lástima no haber podido hablarlo con Laclau-, nos permite pensar en lo que significa una presencia; un estar no solo en el mundo, sino en su banca, trasponiendo los límites imaginables entre el estar y el no estar. Un estar con una presencia que escapa de lo obvio y corporal y se proyecta hacia un sentido de urgencia o agonía. En su forma más exigente, quórum significa entonces la pregunta por el “quién soy”. ¿Quiénes somos los que estamos aquí? Siempre ese estar es portador de una nota testimonial. Nunca deja de ser así. Toda representación pública es siempre testimonial. Claro está que tienen razón los que desean ejercer el arte de la política de un modo que cause efectos en la realidad, que produzca variaciones, movimientos fácticos en un tablero político no imaginario, sino donde están las cartas sobre la mesa, en tensión permanente.

Pero… aun en esas circunstancias, siempre se es testimonial. Los más crudos representantes de la política positiva y útil, que niega lo testimonial, suele huir con pavor de todo lo que invoque ese carácter de testimonio por no tener “resultados efectivos”. No lo saben y quizás no les interese saberlo, pero aun en su corpulento objetivismo, nunca una voz política deja de ser agente voluntario o involuntario de un testimonio. Es decir, toda presencia tiene varias expresiones, y una es sin duda la que indica el reglamento. Estoy aquí porque mi cuerpo presente está atado a funciones reglamentarias y con ese estar o no estar produzco efectos computables. Todo bien.

Porque dar o no dar quórum es parte de las prácticas políticas que exigen estar u omitirse como “señales” no habladas de conformidad o disconformidad. Pero lo que está siempre, aunque no se crea que está, es la presencialidad como acto trascendente, el halo imperceptible que nos conecta con nuestros mapas recónditos de creencias. En este sentido, una ausencia es también una presencia, y no en el sentido que más nos gustaría, es también testimonial. Nunca estar o no estar es inocente. Puede ocurrir, no obstante, que si el quórum se interpreta solamente en su faz utilitaria, la que de todas maneras no deja de tener dramatismos, se vea tan solo como un cuerpo aposentado en la cuerina de un sillón giratorio, para que se encienda una lucecita en el tablero del recinto. Es el quórum computacional. El quién soy reducido a la política como ejercicio contable.  Aun así, el juego de los números es muy dramático cuando se trata de aprobar una ley que interese a un Poder Central, y es entonces que se producen escenas como la muy recordada del diputrucho, que ocurre cuando la separación entre la representación clásica de lo popular y el estamento representacional actúa ya en planos profesionales de máximo divorcio con aquella. Cualquier objeto pesado, incluyendo un cuerpo humano al azar, puede sentarse en una banca produciendo un simulacro o una simulación de representación.

Lo que se vulnera allí es el corazón de la vida social, no solo un vínculo representacional, que siempre tiene una lógica compleja de mediación abstracta, que posee la característica de que no es plebiscitario y no precisa cada vez consultar a sus electores. Lo que no implica que se autonomice drásticamente de ellos, como suele ser la tentación de muchos representantes. La otra alternativa a ser reflexionada o analizada, es cuando la cantidad de representantes no alcanza para el quórum y el tema que está en discusión es de tan elevadísimo interés social -como en estos momentos la gravísima situación en la que el FMI introduce al país-, que todo se vuelve repentinamente hacia su dimensión testimonial. Así ha ocurrido el día en que un núcleo al que no le daba la medida reglamentaria del quórum se sentó en sus bancas para reclamar el tratado del préstamo del FMI en los ámbitos parlamentarios correspondientes, para ejercer el derecho a crítica a este abusivo e incalificable acto del gobierno. “No había quórum”, pero los que estuvieron allí presentes ese día eran la verdadera representación de la idea más profunda del quórum. “Estamos aquí para dar testimonio”. Esta es una expresión muy antigua, tanto que su antigüedad coincide totalmente con el hilo de oro que mantiene, la idea misma de lo político: el drama puesto en acto de luchar, haciéndose presente, contra la amenaza máxima al vivir en común.

Se pone en tensión completamente y sin sobras, lo que es una presencia viva, el quórum de los vigorosos y denodados. Ya no era el quórum reglamentario sino el quórum de los bravos y las bravas. El de los que están donde deben estar en el momento en que deben estar. El quórum como presencia viva, un quórum que, aunque sea el de uno-solo, represente por el solo hecho de estar sentado allí, toda una cosmografía, o mejor cosmogonía de resistentes. Lo ocurrido días pasados en la Cámara de Diputados volverá ocurrir muchas veces, porque el gobierno -que trastabilla, que es brutal, que es un manojo de actos siniestros que puso a una sociedad ante el abismo, a pesar de las palabras dulcificadores de Dujovne, con su calculada serenidad de meloso sacristán del funesto arreglo-, el gobierno, digo, se caracteriza por su terquedad para el mal, ese mal que no se conoce de sí y por eso es más riesgoso, pues le es fácil ser indulgente diciendo que “no hay otra posibilidad”. Ante esto hay que oponer nuestras presencias vivas en plazas, avenidas y ciudades. En conexión con las presencias vivas en los parlamentos. Solo la ciudad nuevamente en movimiento -o sea, expresando su disposición a ese quórum de la multitud, de la masividad lúcida-, puede ser la personificación existencial de las luchas contras las arácnidas redes del poder financiero universal, que entra en los poros de todas las sociedades mundiales, a fin de establecer gobiernos en cuerdas paralelas, controles, limitaciones, penalidades, reconvenciones, castigos, humillaciones.

Por eso, “dar quórum” no es solo un gesto institucional que habilita la validez de un funcionamiento de las instituciones políticas de representación. Es lo que a cada uno de los representantes les queda como reserva ética al margen de cualquier interpretación institucional. En el caso de la votación sobre el tratamiento de la pavorosa deuda contraída, estar allí sentado, en minoría, era representar la continuidad misma de la soberanía moral del país. Y así saber “quien soy”. Entonces, era mucho más que habilitar una reunión. Era ni más ni menos que dejar sentado -nunca mejor dicho- que en las grandes jornadas venideras, de donde saldrán los candidatos que derroten la ignominia, habrá hombres y mujeres que estarán dentro de ese quórum social, quórum colectivo, quórum de la memoria, que más allá de cualquier escrito político, representa la rememoración viva de la posibilidad de proseguirse, como sea, la vida de un país. Este mismo país. Que desde su quórum de recuerdos esenciales de la historia, no desea entregarse con un último suspiro sin agotar las últimas cuotas de un sentimiento emancipado, de mayoría de edad. Este es el quórum efectivo e indoblegable que hasta hoy tenemos. Y lo que el mismo Ernesto Laclau hubiese respondido, si lo que fue dicho en medio de una improvisada distracción, no se hubiera mezclado con el ruido de las tacitas de café el entrechocar entre sí. Estos ruidos son también un quórum sonoro que si sabemos descifrarlo bien, se hallan coreando fuera el FMI.

 

http://www.nuestrasvoces.com.ar/a-vos-te-creo/quorum/

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