Benditas propinas

Por Onó, el Insuperable

Hay gente que se niega a reconocerlo, hay quienes se olvidan, pero el auténtico camino hacia la meritocracia comenzó en la propina. Fue necesario que la abandera de la república otra vez tuviese que dar cátedra, recordárselo a los desmemoriados e inculcar esta virtud en los ignorantes que contaminan la clase media con su proverbial avaricia.

Parece mentira pero hay vecinos que todavía desconocen que existió una imposición populista extrema llamada laudo gastronómico, que obligaba tanto al abnegado patrono de fonda como al sufrido empresario de los cinco tenedores a compartir una décima parte de sus raquíticas ganancias, ¡por igual!, con el mozo desganado o el maître d’hôtel sabio y eficiente, sin distinción de esfuerzo, esmero ni contracción al trabajo duro.

Erradicar ese maldito laudo fue un paso gigante hacia la justicia dado hace ya más de cuatro décadas: disfrutar la incertidumbre de la propina se constituyó en premio a la eficiencia constantemente evaluada por el cliente. Ni Esteban lo hubiese imaginado mejor. Así el reinado del mérito inició el lento viaje triunfal hacia el imperio meritocrático del que hoy se comienza a disfrutar con el padrinazgo de los héroes del cambio.

Tuvo que ser nuestra Lilita, ese faro robusto que ilumina toda razón democrática, la que con su experiencia en la degustación de bifes de chorizo a caballo, milas napo, postres de diseño, cafés y tes digestivos, nos indicara el camino redistributivo en virtud del mérito, panacea que Mauricio ya no sabe cómo hacer para inculcar en una población acostumbrada a vitorear al repartidor de pescado gratuito y denostar al maestro de pesca.

¡La propina, señores, nada menos! El premio para la mujer o el hombre que honran la buena atención, el servicio al cliente. Ese billete de cinco pesitos fuertes que coronado con una que otra moneda de curso legal reconfortan a la mesera, al mozo de bar y también al de cuerda, como se llamaba antaño al servicial changarín. Si pudiéramos universalizarla terminaríamos con la humillación del salario. ¡Meritocracia en acto! Distribución virtuosa de esa riqueza que el aún egoísta representante de la clase media pretende disfrutar en soledad, sin miramientos con el rico que ve mermar su patrimonio y horas libres en caridad continua, virtuosa pero extenuante.

Extenuante “Té canasta” de caridad

¿Y qué decir de la sacrosanta changa que ya no haya esclarecido el caudal de sabiduría del licenciado Daniel Arroyo, renovador de pro ejemplar? Solamente agregar que es el bálsamo dignificador del individuo que, por no haberse esforzado lo suficiente cuando correspondía sudar la gota gorda, accede a una milagrosa segunda oportunidad con labores ocasionales, arduas pero decentes, pagadas a voluntad por un recto vecino comprometido con el cambio.

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Imaginemos también al jubilado octogenario que, tras cortar con amorosa dedicación el pasto del jardín, se encarama a lo más alto de una escalera para alcanzar la rama que afea el árbol más querido del dueño de casa, que aunque ya pagó con creces al pasivo permitiéndole hacer ejercicios físicos en favor de una salud amenazada por el sedentarismo, igualmente rebuscará entre la calderilla de sus bolsillos esa moneda de máxima denominación que será premio extra para el abuelo emprendedor.

Y, además, no se necesitaría volcar esa enorme fortuna al PAMI, menos aún privar del sueño al estadista de la Rosada que ─como Lagarde─ pasa las noches en vela pensando en cómo hacer sustentable el populista sistema previsional: cada trabajador atesoraría su fondo de propinas para el retiro hasta llegar a la pasividad, disfrutaría de lo ahorrado y, como artífice de su senectud, con las changas cumpliría el sueño de estar en forma para tirar, opulento, manteca al techo cada dos por tres.

La nobleza de la propina es Antígona para la ceguera hacia el esfuerzo, tan habitual en el plebeyo. La changa, salvoconducto hacia el bienestar de una vejez atlética, también segunda oportunidad para los que durmieron más de lo conveniente. Nuestra primera diputada se vio obligada, otra vez, a recordar lo obvio, a aconsejar un retorno al sendero del que nunca debimos apartarnos. ¡Cuánta falta nos haría un consejo así cada día, por cadena nacional ─con perdón─ si fuera posible! ¿O no?

 

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