Realismo macrista

Los objetivos de la comunicación oficial parecen cada día más centrados en construir resignación que en fomentar el optimismo voluntarista que le dio sustento simbólico a la alianza Cambiemos.

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

Con tantos sucesos aciagos agolpándose en un breve lapso, resultaba difícil prever a principio de año cuáles serían los golpes tácticos del macrismo posteriores a su gran deschave. Sin embargo, ya con más de un semestre transcurrido desde el primer embate al sistema previsional en el Congreso, con el FMI cómodamente afincado en Buenos Aires y con los datos duros del 2018 en ridícula danza oficial al ritmo de metáforas climatológicas, parecería menos complejo esbozar qué  tipo de paisaje cotidiano ansiarían forjar los paladines del cambio con vistas a imponer  la continuidad del único modelo que les aseguraría poder extendido más allá de transitorias ciclotimias electorales.

No es necesario, por supuesto, abundar en detalles sobre las distintas estrategias que Cambiemos ha ido desplegando desde su ascenso para naturalizar un orden excluyente para las mayorías: la imposición de una visión única de la economía y el orden social se ha machacado con tanta insistencia mediática, corporativa e institucional que podría afirmarse, sin grandes reparos, que se ha instalado como punto de partida obligado de todo cuestionamiento político, que es lo mismo que decir que cualquier discusión se plantea, efectivamente, en términos favorables a una interpretación de la realidad con sesgo macrista.

A partir de este logro discursivo, la caída de los velos más opacos de la impostura del Cambio no representa una tragedia para un espacio conservador que se había presentado como superador de los vicios de la “vieja política”, más bien es un golpe de efecto devastador sobre la politización de la población, una manera de neutralizar conatos de participación ciudadana al develar que hasta un revival del “que se vayan todos” como el de la historia reciente sería un esfuerzo vano ante el inexorable eterno retorno de figuras ─viejas o nuevas─ que pueblan espacios virtualmente antagónicos pero que, a la postre, develan una ligazón corporativa inquebrantable.

La fascinante etapa del cambio ya está en condiciones de ser enterrada sin panegíricos ni loas al sacrosanto regreso al universo de la confortable modernidad: el golpe maestro del presente es que se acepte reverenciar un realismo de inclemencias generalizadas como auténtica inserción a un mundo complejo, incómodo e injusto por definición, con hijos y entenados. El nuevo blindaje del macrismo ya no necesitaría tanto de la complicidad mediática ni del periodismo canalla: le bastaría, por lo visto, con la resignación que se profundiza con la alienación de la supervivencia cotidiana y con las taras ideológicas preexistentes que ahora se despliegan sin pudores en todo escenario visible o en las vidrieras del debate público de cualquier asunto, relevante o menor, que ponga sobre el tapete intereses encontrados.

Puede que todo aquello que por costumbre siga siendo interpretado como cortina de humo, como tapadera de desastres económicos o sociales, ya no lo sea tanto. Es posible que mucho de lo que hoy ocupa el supuesto interés público a través de medios y redes sociales no tenga como finalidad principal ocultar otros aspectos de la realidad sino complementarlos: el discurso antediluviano de un Abel Albino en el Senado podría, perfectamente, sin ir más lejos, ser reafirmación del ajuste, la asimetría distributiva y la expresión cabal de una Argentina para muy pocos expresada en el terreno de la irracionalidad moral pseudocientífica. Superadas burlas, indignación y refutaciones fáciles, quedaría la certeza de que los albinos en Argentina serían también “doctores”, acapararían recursos de la salud pública y harían oír su voz con fuerza institucional: un certero tiro de gracia simbólico para destruir voluntades, un auténtico “disparo de Nievi” desmotivador y despolitizador.

Vasili “Nievi” Zátsiev

En la esfera económica ─ámbito de lo concreto por excelencia─  se aguarda lo peor. Ninguna voz oficial se esfuerza por desbaratar esta expectativa. Se abren paraguas al tiempo que se apuran anuncios de nuevos aumentos de tarifas. La defensa de las inexistentes virtudes de la gestión de Cambiemos se dejan en manos de los defensores más ridiculizados: reaparecen estampas de gruesa línea esperpéntica como las de Rozitchner o Casero como relevo de las que en teoría dejó en silencio el escándalo de los aportantes y afiliados truchos, confinadas a mascullar desde sus cuarteles de invierno. Todos los esfuerzos parecerían apuntar  a la autodestrucción de la imagen que el mismo macrismo había porfiado en sostener durante dos años sin escatimar recursos, falacias ni cinismo. Es preciso, a la luz de la experiencia, descartar sospechas de impericia o torpeza.

Las ventajas de una etapa descarnada podrían ser muy productivas para atar los cabos que todavía le quedan sueltos al plan modélico de la alianza gobernante y preparar su recambio en un contexto de implosión autogenerada. No habría que dejar de considerar seriamente que si de planes se trata, el de negocios del macrismo está en su etapa de mayor productividad especulativa ─valga la contradicción terminológica─, lo que podría ameritar aparentes sacrificios de imagen personal en aras de asegurar la extensión de un régimen a partir de ahora mucho más sustentado en la resignación que en el optimismo voluntarista que le permitió afianzarse. De ser así, no tardarán en perfilarse los “opositores responsables” dispuestos al sacrificio de administrar el desánimo.

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