¿Quo vadis, Brasil?

Si uno tuviera que indagar sobre la suerte seguida por Brasil desde el 2015 hasta la fecha no tropezaría con problema alguno. La predicción de los hechos del pasado es una ciencia exacta, así que podríamos asegurar que la degradación institucional, política y económica de Brasil ha causado tanto asombro que se cristalizó en motivo de estudio a nivel planetario.

Por el Lic. Alejandro Marcó del Pont

No es menos cierto que sus próximas elecciones podrían enmarcarse en una trama de horror de Stephen King. Americanos intentando restaurar la política conservadora de los noventa, militares represores con melodías nazi-democráticas, medios de comunicación con múltiples negocios, oligarquías nacionales en sintonía con los países centrales pero con roles de reparto, y una idea marco recurrente: desguazar el país, liquidar los avances latinoamericanos, y desmejorar la influencia de los BRIC en el concierto mundial.

Es conocido también que ante esta maraña de negocios y comercio hay jugadores transparentes y competidores oscuros. Para dar un ejemplo: es claro que el Lula que se fue no es el Da Silva que volverá. El alto valor de los commodities y el modelo extractivista[1] son un fantasma del pasado; ya no hay una renta extraordinaria que permita complacer a los ricos y amparar a los pobres. Un modelo redistributivo conlleva a desposeer a algún sector. Quizás esta sea la piedra fundamental de su detención, y al parecer, su posterior proscripción.

Si el competidor cristalino está a la vista, los oscuros, como el adjetivo lo indica, son poco luminosos, o hacen lo posible por carecer de luz, ser invisibles y pasar desapercibidos. Peregrinamente esta virtud puede materializarse en un presidente sin poder o desprovisto del mismo, al sólo efecto de llevarse los reproches o los asombrosos índices de desaprobación, que no paralizan un ápice sus medidas antisociales.

Lo infrecuente es que un presidente con el mayor índice de desaprobación pueda llevar a cabo tamañas reformas de austeridad y privatización, lo que sugiere que los invisibles son los verdaderos ejecutores de compactos paquetes de contrareformas sociales: desde precarización laboral, aumento del desempleo hasta la lógica consecuencia de las mismas, desigualdad, marginalidad e incremento de la pobreza.

Como se ve en el imagen sobre el sector financiero, uno de los incorpóreos triunfadores emerge como ganador pecuniario. Las 33 empresas del sector obtuvieron un 21% más de utilidades en 2017, unos U$S 22.000 millones. Cuatro bancos obtuvieron el 80% de esos beneficios del sector, y concentran el 78.51% de las operaciones de crédito y el 76.5% de los depósitos. Lo cual no deja muy bien parada a la teoría que otorga a los bancos el nexo entre ahorristas y solicitantes de crédito, salvo que se contemple la emisión monetaria privada, porque difieren los créditos de los depósitos. (https://goo.gl/ZtMs9n).

El mayor ganador de los bancos fue el Banco Itaú, responsable del 42% de las ganancias del sector financiero. El Ministro de Economía, Henrique Meirelles (PMDB), hombre del Bank of Boston, comprado por Itaú, fue quien designó a Ilan Goldfajn, economista jefe del Banco en cuestión, como presidente del Banco Central de Brasil.

Si bien por sectores los mayores ventas las realizaron el sector automotriz, de servicios financieros y petróleo, cuando se ventilan los beneficios, los primeros cuatro son bancos: Itaú, Bradesco, Banco do Brasil y Santander. Solo en medio aparece la minera Vale do Rio Doce.

Este último sector fue impedido de realizar negocios al suspender la justicia un decreto del intangible M. Temer que autorizaba a explotar una zona del Amazonas a las mineras privadas en los estados norteños de Pará y Amapá, cubriendo una superficie de 26.450 kilómetros cuadrados, una superficie poco mayor que Dinamarca, en un área con alto potencial de oro y otros metales preciosos.

Pero, en 2017, los ganadores corresponden al sector de los agro negocios, como muestra la figura anexa, participando en 23.5% del PBI con una cosecha record y con los mismos ganadores de siempre: Monsanto, Bayer, Bunge, Cargill, Copersuca (azúcar y etanol), Cutrale (jugo de naranja). Esta gran zafra permitió que el PBI alcanzara el 1% de incremento en 2017.

Ante cada denuncia de corrupción tanto el grupo OGlobo como Folha de San Pablo y Estadão ejercieron una oculta defensa del gobierno, avalando la destrucción de empresas líderes, como JBS o Odebrecht, cuya devastación es funcional al salvataje político y a los negocios americanos.

Si bien ni la deuda ni los intereses aminoraron su incidencia, a pesar de los embates sobre el déficit fiscal, este acentuó su presencia, y pasó del 2% en 2015 al 2.6% en 2016 y 2017.

La privatización de la mayor empresa de energía eléctrica de América latina, Electrobras, fue desechada el 10 de julio y el asunto no sería tratado, aunque si se privatizarán seis distribuidoras, lo que se antoja ridículo a dos meses de las elecciones presidenciales, pero, nuevamente, el inmensamente corrupto congreso de Brasil se encargó de permitir a un gobierno en retirada deshacerse del patrimonio público.

Más meticuloso fue el desguace de Petrobras y el Pré-sal, a través del Lava Jato. Como la petrolera y los políticos son todos corruptos, entonces hay que vender la mayor reserva de petróleo. Y lo están haciendo, a las puertas de dejar el gobierno, y así, medios y petroleras, como Exxon, Shell y BP Energi, se quedan con el futuro de Brasil.

La frutilla del postre fue el absurdo discurso de la venta del 80% de la mayor empresa aerocomercial de Brasil, Embraer. Un negocio de U$S 4.740 millones, que no modificará las finanzas de Brasil, pero le permitió a Boeing desmembrar su competencia y eclipsar cualquier idea militar estratégica de América del Sur.

Venta de petróleo, energía y cielo, con un pie en el estribo, dejan la muestra que la invisibilidad de quienes gobiernan han dispuesto lo que han querido en Brasil. Americanos ganando negocios o eliminando competencia aérea, en la construcción civil o alimentaria. Energia y petróleo, futuros de un prometedor Brasil más humano fueron regalados con anuencia de la burguesía y los medios locales. Su rol es de una marginalidad tal, que es digna de la esclavitud.

[1] El modelo extractivista se sustenta en la necesidad de incrementar los ingresos estatales para la inversión social y productiva del país. No es más que un proyecto económico que se centra en el impulso de actividades a partir de las cuales se obtienen ingresos a través de la explotación de recursos naturales.

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