Cacerolas patrióticas

Hay que defender la iniciativa cacerolera que en tiempos fundacionales del cambio fue azote de la cleptocracia.

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Por Onó, el Insuperable ·

Es grave error pensar que el metal ahora suena contra los prohombres que están reconstruyendo la Nación. Por algo la escoria K, con desprecio de planero resentido, todavía llama “cacerolo” al buen vecino que supo ponerle los puntos sobre las íes cuando azolaban al país.

Para despejar dudas la noche del viernes recorrí las esquinas de la Ciudad de Horacito en las que se congregaban los porteños medios que aman a Lilita tanto como admiran a González Fraga. Pude comprobar que era una fiesta de apoyo a Mauricio y su benemérito equipo. Esa gente simple pero bien informada gracias a leucos, moralesolás y cristinaspérez salió bulliciosa a rogarle a su Presidente más cambio con la seguridad del voto eterno.

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Lo que con cordura imploraban era que parte del dinero que invierten en Impuesto a las Ganancias, IVA y servicios primermundistas se destinase a acelerar la investigación que confine a la jefa de la banda  tras las rejas. Y querían, también, mano dura con los infiltrados que en las empresas de energía siguen agregando ceros a la derecha de los importes de sus facturas para financiar la Internacional K que, en este preciso instante,  fogonea el descontrol en París. Su corazón también estaba con el entrañable Macrón.

Todos declaraban admirar el purismo democrático del máximo líder, pero la llegada de Bolsonaro a la cumbre del Imperio Brasileño les despertó la añoranza de más orden y purgas de efectividad cercana a la sal inglesa. ¿Quién podría culparlos? Al fin y al cabo son gentes simples en la ruta del aprendizaje necesario para comprender plenamente a un iluminado que gobierna con virtud cívica inédita.

Los fieles lectores de esta columna que me reconocieron pedían con insistencia más crónicas de momentos compartidos con los protagonistas de la nueva era. Saben que mis relaciones con los adalides de la naciente república son estrechas, que nos unen la convicción antipopulista, el fervor institucional y el legado de don Álvaro Alsogaray, central para nuestra democracia. Las ansias de instrucción crecen al ritmo del áureo cambio cultural.

Me honró tanto interés. No quisiera defraudar al buen vecino ávido de ejemplos de vida. El PRO, igual que la mítica UCeDé, nos ha dado patriotas repletos de valores humanos, que desprecian el beneficio personal sistemáticamente. La Argentina brilla como nunca gracias a ellos. Conocer de primera mano  sus acciones es tan edificante para el plebeyo como la lectura de una hagiografía. Por eso prometí  a la exaltada vecindad más crónicas ejemplares.

Mis honorables progenitores me inculcaron la cultura del cambio en nuestra Okinawa natal. Ahora puedo compartirla con toda la progenie intelectual de Mauricio, una pléyade  de hombres ─y una que otra mujer─ dispuestos a trocar en paraíso el ruinoso legado ─en las antípodas del tesoro de don Álvaro─ de setenta años de inmoral fiesta que una confabulación de historiadores crápulas pretende ocultarle al hombre de a pie. Pero la orquesta de la razón desbaratará el conjuro, si es necesario al ritmo de la cacerola.

No todo fue ramo de rosas amarillas en la noche citadina. Hubo que expulsar a los infiltrados populistas que pretendían aterrorizar al crédulo vecino blandiendo facturas apócrifas. Por suerte la muchachada PRO formada en la academia de la antigua UCEP los puso en fuga. Ya en paz pude dialogar con la flor y nata de la cacerola que me develó un malestar que luego transmití  a la mesa chica: el porteño de orden se siente huérfano sin Juanjo Aranguren. Haberlo dejado sin la guía del prócer de la energía lo angustia hasta límites insospechados. Intenté explicar que se trata de un mártir que a su debido tiempo estará en el bronce.

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Para honrar al gran ausente nos dirigimos a un bar para realizar una planilla de cálculo. El utilitario predilecto del egregio Juan José nos puso frente a los ojos la verdad que todos veníamos intuyendo: las tarifas siguen a precio de ganga. Coincidimos en que el próximo cacerolazo tendría que reclamar sincerarlas de una vez por todas. ¡Basta de gradualismo encubierto!  Nos refrenó el temor a herir la hipersensibilidad social de Mauricio. Sus desvelos por el menesteroso enternecerían hasta a la más recia cacerola. ¿O no?


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