Pueblos originarios | Los mayores como faro de sabiduría y memoria

En las comunidades originarias, los mayores ocupan un rol de suma importancia. No por los años en sí, la vejez por la vejez misma, sino porque esos años han tallado la sabiduría que perdura en ellos y que es volcada a las generaciones venideras. Lejos de la idea de la desmemoria que supone la edad en el sistema social actual, son por el contrario quienes la conservan, acompañan las luchas, guían las ceremonias, otorgan los consejos que les da la autoridad de una palabra basada en la experiencia. Su rol es central, no solo para su familia, esa cuestión sanguínea tan arraigada al pensamiento occidental, sino para la comunidad toda.

Por Violeta Moraga para Nuestras Voces

Interesada especialmente en el rol de los ancianos y ancianas en comunidades y organizaciones ubicadas en contextos urbanos y peri urbanos, Valentina Stella, doctora en antropología e integrante del Grupo de Estudios sobre Memorias Alterizadas y Subordinadas (GEMAS), realizó su tesis de licenciatura y doctorado en la costa y valle de la provincia de Chubut con comunidades mapuche-tehuelche. En esa zona, el relato oficial se construyó históricamente a partir de la llegada de los galeses y su importancia en la región. “En este contexto, de ese discurso oficial y esa construcción de alteridades, se constituyeron estas comunidades”, explica Valentina y narra que, siendo por largos años invisibilizados, al principio fue muy difícil para ellas reconstruir sus memorias y sus identidades. “Lo mapuche-tehuelche era visto como algo del pasado. Además, eran comunidades urbanas, la mayoría compuesta por gente que migró desde las zonas rurales, expulsados de los campos a través de la pobreza, el corrimiento de los alambrados. Entonces, cuando empezaron a reconstruirse colectivamente, las abuelas y los abuelos ocuparon justamente el lugar más ponderado, donde la mayoría de los jóvenes se acercaba a saber de su historia, de la historia de sus abuelos”.

Marcados por el genocidio de sus pueblos, muchos necesitaron reconstruir sus genealogías parentales tras años de violencia, discriminación y un olvido impuesto sobre sus orígenes silenciados. “En este marco, lo que empezó a pasar es que estos abuelos y abuelas, que se encontraban en las ciudades, que se empezaron a reconocer como referentes, comenzaron a hablar, tenían conocimiento de la historia del pueblo, y se hicieron abuelos genéricos: todos los consideraban abuelas y abuelos aun cuando no tenían lazo de sangre”, dice Valentina sobre uno de los procesos que analiza en la tesis de doctorado: cómo el rol de estos mayores se tornó fundamental para la reconstrucción de las identidades en contextos urbanos y su importancia, aun cuando no sean parientes en términos más occidentales de consanguineidad.

El abuelo, la abuela. Aquel que guarda los conocimientos de su pueblo para ponerlos a disposición. El lugar de aquel que, lejos del mote tantas veces pergeñado de quien olvida, de quien ya poco tiene para decir, es en realidad un pilar fundamental. “Esta idea a la que estamos acostumbrados desde la lógica mas hegemónica de lo que se entiende por ancianidad o cuáles serían las características de las personas que entran en la categoría de tercera edad, en las comunidades es diferente, se toman en cuenta otras características: tienen mucho vivido, mucho para contar, han atravesado muchas situaciones. Eso hace que en algún momento se las empiece a considerar referentes importantes. Si lo ponemos en términos comparativos de cómo la cultura occidental considera la vejez, la característica es que en todo caso se pierde la memoria y en el pueblo mapuche es lo contrario, son quienes la tienen, quienes la guardan, las encargadas de trasmitirla de generación en generación”.

Aparece así esa sabiduría en términos también de conocimientos más epistemológicos y ontológicos del que generalmente son referentes. Personas que hablan la lengua, saben cómo actuar frente a determinadas situaciones, conocen las plantas medicinales (el lawen) o la interpretación de los peuma (sueños). Lo cierto es que en diferentes trayectorias la categoría de vejez va a tomar distintos sentidos. En el contexto del capitalismo, generalmente estamos habituados a mirar lo biológico, la utilidad y productividad que podemos ofrecer o dejar de ofrecer al sistema. “Es una etapa que algunos piensan como linda y otros no, porque tiene que ver con las interpelaciones de la vejez en estos contextos de la modernidad: esta idea de que empezamos a no servir tanto, a molestar, a ser un gasto, es algo de la lógica de cómo se fue constituyendo esta noción de la tercera edad. Ojalá podamos repensar esas ideas que nos interpelan”.

Todo está guardado en la memoria

“La memoria es una parte esencial en la identidad de un pueblo. Un pueblo sin memoria deja de ser un pueblo”, dice Laura Méndez, integrante de Pueblo Coya-Omaguaca, licenciada en Comunicación Social y docente. Es en ese sentido que el trabajo realizado y reunido en el libro Nuestra Historia Oral, una producción del Taller de Historia Oral –integrante de los Talleres Libres de Artes y Artesanías con sede en Tilcara, perteneciente al Departamento de Educación Artística del Ministerio de Educación en la provincia de Jujuy– en articulación con el Centro de Jubilados y Pensionados de Huacalera, cobra todavía más fuerza: el registro logra conservar y extender esa memoria a través de testimonios orales, cuentos y relatos.

“Ese trabajo me permitió organizar por distintos capítulos los saberes culturales de los adultos mayores que hacen a la identidad de la Quebrada de Humahuaca”, afirma Laura Méndez

“La memoria de los pueblos originarios tiene que ver con una identidad milenaria que habla de los pueblos ancestrales, de los pueblos que tienen la preexistencia étnica y cultural que menciona la Constitución Nacional en el artículo 75 inciso 17”, continúa y señala que, justamente, esa memoria colectiva se vio amenazada con los procesos de educación que se propusieron una estrategia europeísta, que no tuvo en cuenta la cultura y la identidad indígena. De hecho, bajo esa concepción no se les permitió a las comunidades hablar su propia lengua. “Eso atentó contra la memoria de los pueblos originarios. Incluso la construcción que se hizo del indígena fue una construcción negativa, del salvaje, del incivilizado”.

Lenguas como el quechua, el guaraní el runasimi, tan propios de la identidad de la zona se fueron diluyendo, olvidando, y algunas prácticas culturales dejaron de tener sentido para las nuevas generaciones. Es por eso que el rescate que se propuso hacer Laura desde el Taller de Historia Oral del que está a cargo en el departamento de Tilcara es un gran aporte: desde su lugar empezó a articular con los centros de jubilados de la región, anclando para este trabajo en Huacalera, territorio donde empezó con los registros de testimonios orales y relatos, sobre todo de mujeres mayores que recuerdan sus infancias, sus vidas y trayectos. “Ese trabajo me permitió organizar por distintos capítulos los saberes culturales de los adultos mayores que hacen a la identidad de la Quebrada de Humahuaca”.

Laura Méndez, integrante de Pueblo Coya-Omaguaca, licenciada en Comunicación Social y docente, se dedica a resguardar la memoria de los mayores de las comunidades originarias

A través de entrevistas, clases de intercambio de saberes, paseos de estudios, comenzó una labor con eje en el valor de la memoria colectiva de los mayores. “Ellos son los poseedores de saberes tradicionales, son nuestras bibliotecas andantes donde nos comparten sus modos de ver el pasado y de resignificarlo según sus historias de vida. Estos testimonios muchas veces desconocidos, perdidos en el anonimato, ahora se visibilizan”, dice Laura en la introducción que abre el libro. “Los adultos mayores, abuelos y abuelas, comparten ideas, sentimientos, anhelos, situaciones laborales, injusticias, estas voces de experiencias de vida quedan plasmados en esta publicación. Estos modos de configurar la realidad vivida, resignificada, tiene relación directa con el sentido de identidad propia de los pueblos originarios”, completa.

Así, aparecen a lo largo de los capítulos los modos de habla con los regionalismos, términos en quechua, topónimos, dialectos propios de la región. “En esta publicación la oralidad fue convertida en escritura, consideramos que es importante el aporte que hacen nuestros mayores, porque nos interpela a comprender las experiencias vividas en primera persona, con sus testimonios y formas propias de expresión, y estas vivencias son parte de la Historia de la Quebrada de Humahuaca”.

Laura Méndez y las protagonistas de los relatos, las coplas, los cantos y las enseñanzas que supo recopilar en el libro fruto de su trabajo en el territorio

Dentro de los capítulos aparece el registro de diversas coplas y también los cuentos antiguos, con enseñanzas y reflexiones como legado: el respeto al cerro, a los ojos de agua, a los lugares sagrados. “Se refleja cómo ha sido para muchas mujeres la vida en el campo, cuando no podían ir a la escuela y hacían solo primero y segundo grado, ya que se quedaban haciendo labores con la familia”, detalla Laura sobre el trabajo. También aparece la memoria de aquellos que han sido despojados de sus tierras y las vivencias en esa peregrinación y cómo se van trasmitiendo los distintos saberes y prácticas que hacen a la cultura de los pueblos originaros: las formas de curar, de hacer las comidas tradicionales. “Las mujeres han sostenido todas estas prácticas de lo que es la pacha mama, la preparación de la comida antigua, las ceremonias, la medicina, los tejidos, los tintes de las plantas. Los mayores saben mucho y van trasmitiendo a los jóvenes esos saberes. Hay hacia ellos una valoración muy grande”, dice.

Le parece ajena la idea de las residencias como posible lugar para un mayor. “En las comunidades generalmente viven con la familia y son autoridades de la casa, aconsejan. Es otra relación que se entreteje con los mayores, son los guías, los que saben. Es bueno tener un adulto mayor, un abuelo sabio. Y es muy doloroso ver partir a las abuelas, no solo en lo familiar, en la casa, sino en la comunidad. Son las que dan los consejos, los que orientan nuestras formas de lucha, las que nos dan fuerza a las nuevas generaciones para seguir defendiendo la cultura. Fortalecen las identidades nuestras como pueblos originarios”.

Laura lamenta las grandes pérdidas que se llevó la pandemia, la partida de muchos abuelos y abuelas de pueblos originarios de estos territorios. “Duele mucho, pero lo que nos han dejado hace que podamos sostener la memoria colectiva”. El trabajo realizado busca de algún modo seguir ese hilo que se teje con los relatos orales que hoy toman forma en palabras que bordan los papeles con nuevos registros y, aunque la partida, lo cierto es que dejaron su rastro como un camino de estrellas que no pierde su conexión con los que quedan.

Un registro fotográfico de una de las caminatas del Centro de Jubilados y Pensionados de Huacalera, en Jujuy, donde el trabajo con los registros orales de la comunidad permitió plasmarlos en la escritura para que puedan llegar a más personas

Desde Ingeniero Jacobacci, localidad rionegrina, Agripina Nahuelcheo, actual coordinadora de la Casa de Justicia en esta ciudad, con pertenencia étnica al Pueblo Mapuche, también señala el valor los mayores y menciona la importancia de las ceremonias (trawun) conducidas por los ancianos y ancianas como espacios de conocimiento. “Esas reuniones son una escuela para nosotros, ahí se trasmiten a todas las generaciones los cuentos, las formas de vivir, la forma como pensaban antes los ancianos”. También recuerda que a medida que las comunidades fueron despertando, principalmente después del 2000, los jóvenes comenzaron a recuperar el conocimiento ancestral, a volver a hablar la lengua, y que eran los mayores los que tenían ese saber. “De alguna manera los ancianos han sostenido el territorio, en muchos casos viviendo en esos lugares. Ellos siempre han hecho hincapié en todo lo que se ha perdido en generaciones anteriores. Muchas familias se desmembraron, algunas personas tuvieron que irse a la ciudad y otros han quedado en el territorio. Hoy ya hay jóvenes que han regresado a los lugares de sus ancestros, recuperando ese saber y esos territorios”.

Eso es algo que anhela Irma Maliqueo, volver al territorio de sus ancestros en Valle del Chalhuaco, de donde fueron desalojados. Lleva una vida de trabajo en la ciudad, que no le dejó ni un aporte jubilatorio, y solo quiere volver a donde pertenece y cultivar la tierra. “Cuando vuelva al territorio me voy a quedar más tranquila, voy a poder reafirmar lo que fue de ellos”. Habla de sus abuelos, de toda una generación que habitó esas tierras. Interpelada por el rol de los mayores dirá: “Son muy pocos los que están quedando y tratan de acompañarnos, de decirnos cómo se hacen las cosas, a nosotros, que no hace tantos años que pudimos decir que éramos mapuches. Gracias a ellos estamos volviendo a recuperar lo que habíamos perdido, siempre estamos abocados a ellos que son la lengua viva”.

En la localidad rionegrina de Ingeniero Jacobacci, Agripina Nahuelcheo (en el centro) es la coordinadora de la Casa de Justicia en esta ciudad. Ella señala el valor los mayores y menciona la importancia de las ceremonias (trawun) conducidas por los ancianos y ancianas como espacios de conocimiento

Acompañados por estos mayores es que han vuelto a practicar ceremonias como las del Wiñoy Tripanpu (año nuevo mapuche) que se celebra en junio. “Ellos nos guían y nosotros estamos siempre atentos a escuchar, a ser respetuosos. La sabiduría que tienen es muy amplia, son los guardianes de nuestra cultura y hoy estamos tratando de poder hacer algo de lo que nos están enseñando para que no se pierda del todo. En algún momento pensamos que estaba perdido pero no: hubo un despertar y ahí estamos tratando de seguir, guiando también a los hijos, a los nietos”. Irma cuenta también del proceso de los más jóvenes, que vuelven a aprender el mapuzungun (el idioma mapuche) y lo comparten. Las semillas encuentran su tierra. “El pueblo mapuche está floreciendo”, dice y con humildad señala que ella también está aprendiendo. “Con el tiempo empezás a recodar cosas. Mis abuelos mucho no nos hablaban, no querían que escuchemos lo que decían. Cuando una vez le pregunté a mi abuelita por qué, ella me dijo que no quería que sufriéramos lo que sufrieron ellos. Ahora vivo rodeada de mis nietos, que siempre quieren aprender algo más, y yo me voy acordando”. Hoy dice que añora volver a la tierra de sus abuelos, a la naturaleza “donde lo que sembrás, la tierra misma te lo devuelve”.Roles y lugares

Consultada por el rol de los mayores en las comunidades, Ana Ramos, doctora y Licenciada en Antropología Social y Magíster en Análisis del Discurso por la Universidad de Buenos Aires, aclara de antemano que no se puede generalizar, ya que estamos hablando de un pueblo muy diverso y heterogéneo. Sin embargo, se anima a señalar que se puede interpretar un aspecto a partir de los protocolos de la etiqueta mapuche, de ciertas formas de comportarse que son las que se esperan, aunque hay muchas formas de ser abuelo.

Agripina Nahuelcheo junto a las demás mujeres de todas las edades durante uno de los encuentros de la comunidad. Foto Marcela Aguirre

“En esas formas, si una abuela llega a un parlamento, se le va a dar una silla, se van a preocupar para que no pase frio, que esté bien atendida. A una abuela o abuelo jamás se los interrumpe cuando toman la palabra, se los escucha hasta que finalizan. Hay muchos protocolos que estarían indicando eso, el cuidado hacia ellos, el respeto. Por otra parte, hay distintos procesos de devenir abuelo y abuela, una idea que está dando cuenta de una relación”. Así, explica que hay un énfasis distinto a la hora de analizar la relación que da la categoría de abuelo y el proceso de devenir en anciano, para lo cual no hay una exactitud etaria. Tiene más que ver con ciertos comportamientos, actitudes, formas de relacionarse, legitimaciones.

Por ejemplo, algunas mujeres no son mayores en términos etarios o de lo que comúnmente se considera una persona mayor, pero asumen y funcionan en ese rol porque se posicionan para dar consejos, sacar palabras sabias, y se la va a reconocer en ese lugar. “Es un rol que no tiene que ver específicamente con la edad. Pero sí sucede en general que los ancianos y las ancianas son las personas en las que se deposita cierto estatus de conocimiento, de la experiencia, de la sabiduría, de tener buenas palabras, como dicen”.

Quizás de forma distinta a lo que se ve en otras sociedades, el lugar de anciano es un lugar de prestigio al que se espera llegar. Y su rol, en estos años de reconstrucción de saberes, de conocimientos, filosofías, formas de relacionarse con los territorios, con otros modelos de convivencia con la naturaleza, constituyen figuras imprescindibles que guían en esta otra concepción que establece reciprocidades con los ngen (espíritus) del río, de los bosques, de los animales, de una vida en convivencia con la naturaleza. Son ellos los que tiene a cargo las ceremonias, los que saben qué hacer frente a ciertas circunstancias o señales de la naturaleza.

Así también, los jóvenes para encarar un proyecto nuevo, consultan, respetan la palabra, esperan lo que sea necesario. “El pueblo mapuche es heterogéneo y las trayectorias son muy diversas, las formas de ser abuelo son distintas, pero se supone que para ser esa persona sabia se ha pasado ciertas etapas de conocimiento, espirituales, de la vida. La memoria para el pueblo mapuche es conversación: yo te cuento algo y vos lo conectás con tus experiencias. Una persona anciana tiene muchas conversaciones y en ese sentido, mucha experiencia”.

Ana también pone en consideración el proceso histórico actual: “Algo que siempre me conmueve es cómo los ancianos y las ancianas de las comunidades acompañan los distintos procesos de lucha que se dan en estos tiempos. Están ahí presentes en todas las circunstancias, cuidando a los más jóvenes, aunque es un rol muy anónimo. Qué hermosa manera de pensar la ancianidad, porque ni siquiera es por beneficio propio, es como legado, generosidad para los que vienen”.

Quizás más tarde se conviertan en antiguos, aquellos que ya partieron, pero que siguen guiando a las nuevas generaciones en este puente invisible que nada puede romper.

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