«Me ataron, me encapucharon y me dijeron: decinos dónde está tu vieja ya, porque te vas a comer un garrón»

A 44 años de la desaparición forzada de su madre, Pablo Jurkiewicz Artero toma la palabra para recordar su compromiso social, relatarnos su paso por el instituto y contar qué pasaba en aquellos años en el organismo.

Pablo Jurkiewicz es el mayor de 4 hermanos e hijo de María del Carmen Artero de Jurkiewicz, militante de Montoneros y trabajadora del INTI detenida y desaparecida desde el 11 de octubre de 1978.

Para poder ayudar a su familia, Pablo comenzó a trabajar desde muy jóven en el Departamento de Química Inorgánica del INTI en 1970. Su madre estaba separada desde hacía más de 7 años y era el único sostén del hogar. “Le daba parte de mi sueldo a mi mamá para que pudiéramos pagar las cuotas de un departamento que compró en Olivos, un departamentito de dos ambientes, en donde pudimos vivir todos juntos después de muchísimos años” recuerda Pablo.

Mientras trabajaba como asistente de laboratorio, Pablo estudiaba en el industrial de San Martín “pero en un momento no pude más porque las cosas se pusieron fuleras, bastante fuleras».

Cuando cumplió la mayoría de edad comenzó a trabajar jornada completa en el INTI y debió cambiarse a una escuela nocturna de Boulogne para continuar sus estudios. Allí comenzó a militar con la Unión de Estudiantes de Secundarios (UES). “Al principio estaba todo bien pero con la llegada del golpe del 76, cuando comenzaron a caer personas cercanas a mi madre, ella me dijo: Pablo quiero que pares con eso porque me estás arriesgando muchísimo”. María del Carmen estaba intranquila desde el asesinato a sangre fría del cura Carlos Mugica, como compañera de militancia y testigo del hecho, sabía que estaba en peligro.

El INTI en dictadura
Al día siguiente del golpe de 1976, Pablo y María del Carmen se presentaron a trabajar a la sede de Miguelete del INTI. Allí un cordón de la armada bloqueaba la puerta mientras uno de los uniformados, con una lista en la mano, indicaba quién entraba al predio y quién no. “Pero nosotros, milagrosamente en esa época, no estábamos en esa lista. Mi vieja tenía miedo porque había militado con Mugica y había sido delegada de la UPCN”, recuerda Pablo.

“Desde el comienzo de la dictadura, todo el mundo trataba de mantener un perfil bajo. El acoso a los compañeros se profundizó y, si bien había compañeros solidarios, cada uno trataba de mantenerse callado. Tenías que saber con quién estabas hablando porque por ahí no te dabas cuenta y tenías un servicio al lado o alguien que tenía algún tipo de relación y te botoneaba y te chupaban en el acto».

El hostigamiento hacia María del Carmen y su familia se fue profundizando y ella debió tomar licencia laboral para resguardar su vida y entró a la clandestinidad junto a sus hijos en enero de 1978. En un primer momento, Pablo viajó con sus hermanas menores a la costa de Buenos Aires donde más tarde se les sumó su madre. Pablo se separó de ellas y continuó su clandestinidad viajando a Mendoza y Chile. Al regresar a Argentina se alojó en la casa de su abuela en Ramos Mejía.

El secuestro
En mayo del 78, más de cinco meses después de haber abandonado su casa familiar con todas sus pertenencias adentro, decidieron que era momento de ir a recuperar sus objetos personales. Pablo ese día salió a buscar trabajo, y su abuela y su amigo Hugo fueron quienes se ocuparon de la tarea. Cuando Pablo regresó, notó que ellos no estaban -con el tiempo supo que habían sido secuestrados y llevados al centro clandestino El Banco- pero se recostó a descansar para esperarlos. «Me despertó un culatazo de pistola en la cabeza y tenía cuatro tipos alrededor y ahí empezaron los golpes. Me ataron, me encapucharon, y me dijeron: decinos dónde está tu vieja ya, porque te vas a comer un garrón».

Lo llevaron al Banco donde lo tuvieron esposado a una cama de manos y pies, a veces durante todo un día completo en el que ni siquiera lo dejaban ir al baño, y lo torturaron repetidas veces intentando que él diera información sobre su madre. “Yo tuve la suerte de que no sabía donde estaba mi vieja. No sabía. Estaba compartimentado por ende no la podía cantar por más que me mataran a palos no podía decir nada”.

“Mi tío tenía algo de poder, digamos, tenía contactos con algunos milicos porque él era gerente general de una empresa grande de cosméticos” y fue quien intercedió para que los liberen a los tres: a su abuela, a su amigo Hugo y a él.

María del Carmen Artero: Una vida de compromiso y militancia
María del Carmen fue militante política y compañera del padre Carlos Mugica, quien le sugirió comenzar a trabajar en el INTI para poder sostener económicamente a su familia. Ingresó en el instituto el 1 de agosto de 1960 como secretaria en Química y allí continuó su compromiso para alcanzar una sociedad más solidaria. Formó parte de una cooperativa en INTI —creada para vehiculizar diferentes demandas de los trabajadores— que en 1972 impulsó la creación de lo que en ese momento se denominó “una guardería”, una iniciativa pionera para la época que permitiría compatibilizar las tareas de cuidado con las laborales.

Según allegados, comenzó a militar en Montoneros tras el crimen del cura en mayo de 1974. Con el golpe cívico-militar de 1976, se inició una feroz persecución hacia ella y su familia, quienes, en enero de 1978, debieron abandonar su hogar y ocultarse para tratar de pasar a la clandestinidad.

El 11 de octubre de 1978 fue secuestrada junto a su hija, Cristina, y su nieto Pablo de dos meses. En víspera al día de la madre, Cristina había salido a comprarle un regalo cuando fue interceptada y detenida por un grupo de tareas en las calles Rivadavia y Pergamino, en las inmediaciones del Teatro Fenix (actual «El Teatro Flores»). Los tres, María del Carmen, Cristina y Pablo, fueron secuestrados y se reencontraron en el CCD El Olimpo. A las dos semanas Cristina fue liberada. Su pequeño hijo también fue entregado a su familia, pero María del Carmen permaneció detenida. Lo último que se supo de ella fue que estuvo con vida hasta principios de 1979.

Sobrevivientes de El Olimpo, que conocieron a María del Carmen, la recuerdan como una mujer fuerte que cuidaba y daba contención al resto de sus compañeros y compañeras del CCD. “Compartí con ella parte de nuestro cautiverio. Recordarla para mi es recordar lo más sublime del ser humano. Ella tuvo 15 días bajo tortura física pero luego de eso se recuperó prontamente. Tenía 43 años y para nosotros era como una suerte de mamá. La recordamos como alguien que venía a reparar, venía a hablarnos, a visitarnos, era muy imponente en su personalidad, su forma de ser y de hablar” recuerda Isabel Cerruti, coordinadora del Espacio para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos ex CCDTyE Olimpo.

Faltaba poco para navidad. Había máquinas de escribir en El Olimpo y ella, como era católica, había logrado escribir unos villancicos que comenzó a repartir entre las personas que estaban en cautiverio. Si bien fue una situación que asombró a todos los presentes notaron que iba en serio. “El 24 de diciembre de 1978, por la tarde, ella hizo su coro. Era la directora y allí 6 ó 7 compañeros cantaron. María del Carmen estaba feliz porque en ese lugar se pudiera cantar. Así la recordamos con ese carisma y entereza” concluye Isabel.

Mirá también el capítulo de “Relatos desde la Memoria” con la entrevista a Cristina Jurkiewicz, hermana de Pablo e hija de María del Carmen.

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