Para patriotas nostálgicos

La patria, la escuela y el barrio: cuando la argentinidad se forjaba y compartía con orgulloso placer desde la infancia.

Por Nerio Corello para NLI

El que de pequeño respeta a su patria sabrá defenderla cuando sea mayor.
– Germán Berdiales

Evocar la vida y obra de figuras irremediablemente caídas en olvido ilumina más de una vez caminos oscuros y procesos que se nos han presentado falazmente como naturales evoluciones, inexorables y benéficas, o como consecuencias de una modernidad pletórica de riqueza simbólica que pronto desembocará en abundancia material.

Para nostálgicos y memoriosos inquietos, recordar a Germán Berdiales podría significar algo más que desempolvar viejos textos. Sus poesías y prosas solían aparecer con frecuencia en los libros de lectura que se usaban, allá lejos y hace tiempo, en la escuela primaria. Es difícil que a alguno de los apaleados de los miércoles no le suene el apellido Berdiales.

También dramaturgo, traductor, periodista, antólogo, en fin, era lo que se dice un polígrafo. Fue el primero en fijarse, dicho sea de paso, en Winnie-the-Pooh. La primera traducción al castellano se cuenta entre sus méritos: publicó El osito Pu en 1945, bajo el sello editorial Papyrus. Pero, sobre todo, era educador y pedagogo con experiencia, incluso, como maestro rural en Chubut.

Sus labores artísticas y pedagógicas se unieron muchas veces en un compromiso integral con las infancias. Aunque seguramente no se le escapaba que en un país desigual desde sus albores, con marcados contrastes en el goce de riquezas simbólicas y  materiales, la escuela también, en gran medida, reproduciría esas desigualdades, bregaba por facilitar a los niños el acercamiento temprano pero gradual a lo que en esos tiempos se consideraba alta cultura.

Valorar los símbolos patrios, las gestas nacionales y el  patrimonio común a través del arte iba para él de la mano de sumergir a los niños también en los placeres estéticos e intelectuales del teatro, la lírica y la narrativa. Adaptaba, traducía, creaba y difundía con espíritu artístico e ilusión pedagógica.

Sentar las bases para lograr que la pertenencia a un barrio, a una cultura popular y a un estrato social determinado no fueran un corsé sino una plataforma que la educación ampliaría, estaba entre las aspiraciones de su labor creativa.

Haber publicado sus trabajos relacionados con la educación en  la revista “La Obra” durante el gobierno peronista lo acorraló, después de 1955, en una suerte de ostracismo que, tras su muerte en 1975, trocó en un olvido que hoy por hoy podría entenderse como definitivo.

Germán Berdiales

Por muchas décadas el sistema de educación estatal, con vaivenes, avances y retrocesos, contribuyó al sostén de otros igualmente virtuosos, solidarios e imprescindibles para mantener una base amplia de bienestar general, de vidas vivibles en un marco de cohesión social.

El patriotismo bien entendido, la convicción de pertenecer a una nación y a una cultura se forjaban en la escuela laica estatal, igual que los valores de tolerancia y convivencia. Aunque hoy parezca mentira, la tristemente repetida frase de Mauricio Macri, “Caer/cayó en la [educación estatal] pública”, no hubiese sido tomada en serio durante la mayor parte del siglo que pasó.

Solamente a partir de su última década los ataques sistemáticos del proyecto educativo neoliberal, con el antecedente de la municipalización de escuelas porteñas impuesto a partir de 1976, punta de lanza del empobrecimiento del sistema, comenzaron a darle paso franco y generalizado a frases de ese estilo.

Años de denuestos reiterados, muchas mentiras y algunas verdades a medias, críticas sesgadas e infamias horadaron un sistema educativo estatal a la larga condenado al desfinanciamiento y el progresivo desprestigio, sin lugar para remozar iniciativas como las de Berdiales ni voluntad de reforzar sentimientos patrióticos que obstaculizaran el desguace del patrimonio nacional o pusieran en plano crítico los ciclos de endeudamiento y fuga de divisas.

Al menos durante tres cuartos del XX la educación estatal se consideraba como una de las más preciadas riquezas del país. Inmaterial, pero envidiable e igualmente onerosa en el plano simbólico. Cultura, letras, ciencia y arte atravesaban todos los niveles de enseñanza a medida que las puertas de acceso a las aulas se ensanchaban.

Vemos ahora como su debilitamiento y desguace facilita hacer añicos cualesquiera de los sistemas solidarios que sobreviven comatosos: salud, atención a la discapacidad e infancias, previsión y seguridad social penden de un hilo sobre el abismo de una indiferencia construida en laboratorios e impuesta como sentido común ligado al desprecio de cualquier idea solidaria de bienestar general.

La aspiración a lograr justicia social definida como aberrante fruto de mentes inmundas por el mileísmo es clara muestra  del lenguaje y pensamiento que hoy por hoy se proponen como base constructiva de (anti) valores sociales, al tiempo que se pretende asestarle el golpe de gracia a la educación pública y gratuita desde la superior: partir de demoler la universidad para llegar con comodidad a darle el tiro del final a la escuela.

El recorrido literario-pedagógico de Germán Berdiales, de la palabra vivificante al silencio absoluto podría, tal vez, estar entre las metáforas que reflejan  una de las caras más amargas de una decadencia pertinazmente construida para favorecer el saqueo que beneficia a minorías que desprecian hasta el mínimo asomo de patriotismo o voluntad de inclusión y solidaridad.



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