Los conjurados del Gimlet

Chandler, Soriano y un cóctel disidente que con la venia de Lennox y audacia conurbana contribuyó a liberar a un prócer de la barra porteña del agobio de la siempre estricta onza que la IBA impone.

Por Silvina Belén y Carolina Príncipe para NLI ·

Y algunas noches caminábamos completa la Avenida Córdoba,
a veces con alguna ginebra de más, es cierto, y entonces compartíamos
confidencias y Osvaldo hablaba de Laurel & Hardy y de gatos…
–
Mempo Giardinelli

Al Dr. D. E y al Prof. G. A. S, conjurados

En una casona de Domínico, añosa, con patio frondoso con gallinero al fondo, suele reunirse el grupo variopinto que tiempo atrás nos regaló el texto de una de las entregas del folletín “Marlowe en Buenos Aires”, firmada por Jeque Blanco e impresa en la absolutamente legal clandestinidad de una arcaica matricial Epson reciclada en Avellaneda.

Allí estuvimos de visita, invitadas por el Dr. D y Jeque, que prometían blitz para una y textos raros para compartir con ambas. Chandlerianos sorianistas de pura cepa, ajedrecistas de la guardia vieja –de los que llaman ping-pong al blitz– y buenos catadores de generosos de solera e insignes destilados, nos habían reservado algunas sorpresas para matizar el convite.

Mientras con el Dr. D y Jeque, que sonreían, enigmáticos, comentábamos curiosidades de las “Narrativas del Gin”, “Bares de copas” y “Los últimos románticos”, Alejo Funes presumía de ediciones de bibliófilo de Triste, solitario y final o El largo adiós que atesoraba la biblioteca de puertas acristaladas de la casona de Villa Domínico, suerte de cajas chinas de todo lo inactual que pudiere imaginarse.

A la diestra, en el patio, está el cedrón que el Dr. D bautizó como el arbolito de Tía Teresa y el Tata, en el rincón de Haroldo. Con un guiño al doctor, Jeque dijo que una vecina, doña Luisa, iba a podarlo cuando correspondía hacerlo: “se entienden bien el arbolito y su podadora, mejor que el otro Raymond y Gordon Lish… ¿No Alejo?”, amplió jocoso.

Cerca de la mesa de ajedrez cuelgan retratos de Spassky y Ding Liren. “Cosas de Funes”, aclaró Joseph cuando adivinó que nos preguntábamos por qué justamente esos dos campeones del mundo, “seguro que después las va a reconvenir por lo que cree olvidaron decir en ‘Los misterios de Sentosa‘”.

Dejamos de lado la humorada hecha obsequio de foto autografiada del dúo de GMs vernáculo “doble F”, FPP y FP, que puso verde a quien ya se imaginan, para centrarnos en la botella y el texto con los que volvimos: un prontuario líquido de resistencia, más un elixir orillero, que llevaron con audacia pero sin hesitar hasta las mazmorras mismas de los inquisidores palermitanos en mojada de oreja tan simpática y liberadora como literaria y coctelera.

En edición artesanal impresa en grueso papel rústico, con estilo pirata, nos entregaron un ejemplar de Alguien voló sobre el nido del cuco, con autorización para publicar en NLI. Algún lector habrá pensado de inmediato en Jack Nicholson, Miloš Forman y One Flew Over the Cuckoo’s Nest. Y sí, rebeldía y locura fingida o real tiene, claro. Pero es otra cosa.

De la botella habrá noticia al abordar el texto que sin más preámbulos reproducimos a continuación.

 

ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DEL CUCO

 rontuario Líquido de la Resistencia Coctelera y Literaria

Tirada Especial y Clandestina de la República de Avellaneda, septiembre de 2026.

La posteridad suele ser injusta con los hombres de leyes fijas, pero es implacable con los hombres de barra. En el invierno de la coctelería rioplatense, cuando los manuales de la International Bartenders Association (IBA) se repetían con la monotonía de un catecismo ciego, un grupo de infieles decidió que la patria líquida no se legislaba desde Londres ni desde Ginebra. Se legislaba en el patio, bajo la sombra noble y alimonada de una planta de cedrón, y en la memoria de los gatos que Osvaldo Soriano dejó sueltos por el mundo.

La creación del cóctel que estas páginas documentan —el Gimlet Osvaldo Soriano— no nació de la inspiración diletante, sino de un acto de pura y necesaria insurrección. Mezclar el mosto de Malbec implícito en el Terrier de Tapaus con la sequedad almendrada del Vino Federico López, y forzar ese matrimonio mediante un Oleo Saccharum de cedrón bajo una neblina de Pernod, no fue un experimento. Fue una herejía teológica concebida para quebrar el espinazo del purismo porteño.

Pero una obra maestra del contrabando carece de valor si no es arrojada a la cara del Santo Oficio. Había que validar la criatura. Y para ello, la Célula de Insurrección Literario-Coctelera de la República de Avellaneda diseñó una celada quirúrgica que demandó meses de silencio, arqueología y complicidades institucionales.

El objetivo no podía ser un cantinero cualquiera; debía ser el vértice mismo de la ortodoxia: el Viejo Lobo de Barra. Este referente indiscutido padecía por entonces el mal de los hombres indispensables: estaba fatigado por la gestión diaria de los elixires lícitos y tapado por el murmullo constante de un Palermo que ya no entendía de tiempos largos. Su guardia estaba alta, pero sus nervios andaban delgados.

La atmósfera en su trinchera empezaba a replicar esa tensión sorda y electrizante de un pabellón clínico donde la lucidez se confunde con el diagnóstico; era evidente que, tarde o temprano, alguien iba a volar sobre el nido del cuco. Nada de giallo ni terrores tanos a lo Darío Argento ni resplandores a lo Kubrick-King, era el momento exacto para correrlo con una ficción científica.

La conspiración operó como un alambique infalible. Se infiltró su propio búnker de la calle Medrano, el Club del Cuco, gracias a la jefa de operaciones encubiertas, La Guardiana del Frío, bella flor del quintacolumnismo, quien enfrió los vasos en secreto mientras Meli M., invitada ese día, blindaba la física del hielo para que ningún purista pudiera alegar una falla de dilución.

Se consiguió el amparo diplomático de La Gran Dama del Alambique, quien, tras constatar mediante peritaje médico confidencial que el corazón del exhausto maestro resistiría el shock, garantizó el pacto de silencio.

En paralelo, alguien rescató el viejo cuaderno de tapas negras de Pichín Policastro, custodiado antaño por Ariel y oculto en los cajones de la fiambrera de Los Galgos, para con un pase de manos terminar de soldar la mística. Finalmente, se tendió la mesa de notables: el Dr. D[i] aportando el testamento apócrifo de Terry Lennox rescatado de las orillas de Avellaneda, y Jeque Blanco operando la venencia cuyana para hacer romper el jerez nacional desde el techo del bar.

Cuando Daniel H. dio la señal en la cabina y el swing de Kenny Ellis sepultó el orden establecido, el Viejo Lobo de Barra comprendió —demasiado tarde— que la literatura y la huerta le habían ganado la barra. Los obsequios finales del Dr. D no fueron regalos, sino el veredicto de un tribunal políglota que lo condenaba al descanso forzado. El susurro de «Tomate dos años» fue la absolución que un hombre excedido de trabajo necesitaba, aunque su orgullo tuviera que viajar al fondo del océano junto al Capitán Nemo y los pulpos gigantes.

De las costas de Malibú a las orillas del Riachuelo

Para el lector desprevenido, el salto entre las adendas secretas de “Marlowe en Buenos Aires” y los acontecimientos que dieron forma al tratado de “Dos años de vacaciones (para un cuco)” podría parecer el capricho de un amanuense trasnochado. Nada más alejado de la verdad fáctica. Existe un hilo invisible, denso como el mosto de Malbec y persistente como el aroma del cedrón de patio, que une irremediablemente ambos textos en la geografía del exilio y el contrabando.

En las entregas de su folletín, Jeque Blanco dejó firmemente asentado el itinerario rioplatense de Philip Marlowe. El viejo sabueso de Chandler no vino a Buenos Aires a buscar fortuna, sino a respirar la humedad de los cafetines de orilla y a perderse en el anonimato de una ciudad que sabe camuflar a los perdedores hermosos.

Pero lo que el folletín omitió en su primera tirada por razones de estricto secreto de sumario, es que Marlowe no viajaba solo. Tras sus pasos, arrastrando una elegancia estropeada y esa media sonrisa cínica que Daniel H. heredaría en las retinas de la barra, llegó Terry Lennox.

Lennox era un espectro viviente. Traía los pulmones gastados por el tabaco y el paladar arruinado por el Rose’s Lime Juice industrial con el que los británicos pretendían colonizar la memoria de los hombres libres. Fue el Dr. D quien lo descubrió una noche de invierno, acodado en un mostrador rústico de Avellaneda, intentando ahogar sus fantasmas en una aceitosa ginebra orweliana.

El doctor, con la agudeza clínica que lo caracteriza y el amparo intelectual de la doctora Mas, paloma mensajera del judeoespañol, comprendió que para salvar a ese náufrago de la novela negra no hacían falta recetas médicas, sino una reformulación botánica y nacional con destellos de la habilidad de los maestros de la gastronomía sefardí para fusionar ingredientes de la resistencia.

El doctor tomó el Vino Federico López Seco para darle la estructura maderosa de un jerez de solera y el Terrier de Tapaus mendocino que el Jeque Blanco proveía de contrabando desde los oasis de Luján de Cuyo. El resultado de ese experimento de trinchera fue el Gimlet Osvaldo Soriano.

Terry Lennox tomó un solo sorbo de ese elixir acedronado bajo la mirada cómplice del Jeque Blanco, contempló por un instante el grabado de la Brasserie Dauphine donde el Comisario Maigret se clavaba un Pernod entre la neblina de París, y pronunció sus últimas palabras antes de perderse en las sombras del sur: «Esto le rompería los nervios a cualquier cantinero de manual. Esto merece unas vacaciones».

Las adendas de Callao y Lavalle o el fantasma gris de Las Zanjas

El Dr. D apoya el vaso sobre el estaño húmedo de Medrano. El golpe seco del vidrio corta el aire impregnado de Pernod. El Viejo Lobo de Barra lo mira de reojo, haberse dado el lujo de crear una excepcional atmósfera tanguera lo había llevado a un terreno que hubiese preferido evitar, pero el doctor no da tregua.

—Te creés que el exilio es un invento de Terry Lennox y Altman en las costas de Malibú, Lobo —dice el doctor, acomodándose los puños del sobretodo gastado con la parsimonia de un forense—. Te creés que la melancolía de la barra es propiedad exclusiva de los polizontes norteamericanos y los borrachos de Oxford. No entendés la geografía de la pampa líquida, varón.

El Jeque Blanco, que seguía limpiando la venencia cuyana, se detiene para escuchar. Sabe que cuando el doctor evoca los fantasmas del sur, la historia oficial de la literatura se descascara como viejo revoque veneciano.

—A finales de los sesenta, cuando Palermo era solo un baldío de malevos y baches, el verdadero exilio porteño se fundó en la esquina de Callao y Lavalle. Ahí, en los billares de Los Galgos originales, paraba un náufrago de la oligarquía contemplativa que venía huyendo del olor a bosta y de la inmensidad de la llanura. Se llamaba Julián. El periodismo diletante le adjudicó su historia a Sara Gallardo en el ’68, pero el prontuario real se redactó bajo los ventiladores de techo de ese boliche.

—Ese Julián vino de París con los bolsillos llenos de estática, el amor arruinado por culpa del Rose’s Lime Juice industrial que tomaba su novia Lisa, y los ojos gastados de mirar el horizonte de la estancia Las Zanjas. No sabía hacer otra cosa que no hacer nada, un vicio noble que la IBA persigue con saña burocrática. Andá a saber qué traía escondido en el forro de la campera de gamuza… ¿El cuaderno de tapas negras de Pichín Policastro, el mismo que Ariel Lombán rescató para nosotros?

»Me lo crucé una noche de neblina rioplatense, acodado al fondo, cerca de las mesas de billar. No tomaba ginebra de gato; intentaba forzar el matrimonio entre el Terrier mendocino en ciernes y el Vino Federico López Seco, buscando replicar el perfume de los pastizales bonaerenses después de la tormenta.

Al lado de la banqueta, juro por la salud de la doctora Mas, no había nada; pero el tipo estiraba la mano hacia el suelo y acariciaba el aire con una ternura desesperada, como si peinara el lomo de un galgo invisible. El fantasma gris de Corsario, que se le había muerto de tristeza en el campo mientras él paveaba por Europa.

El Dr. D se inclina sobre el mostrador, invadiendo el espacio sagrado del Viejo Lobo, que no se anima a retirar el manual que había puesto sobre la barra a modo de escudo de freno a cualquier estocada heterodoxa.

—Esa noche Julián me miró, vio que yo traía el perfume cítrico del cedrón de patio en los dedos y me dijo: «Doctor, cuide los yuyos. La coctelería clásica es una estancia abandonada por los dueños; si usted no le mete una rama de huerta para quebrar la rigidez del vidrio, el estaño se le llena de cardos y olvido». De ahí sacamos la intuición criolla, Lobo. De ese aristócrata derrotado que entendió que los perros de raza y los tragos de culto no se legislan desde Londres. Se sufren en la barra. Con la literatura del desierto tampoco se discute, varón.

DOS AÑOS DE VACACIONES

El trago squelchado o la conjura de las kandelikas

Ordenando los hechos de la conjura, digamos que la humedad de Buenos Aires se colaba por los extractores de Medrano como un vapor de novela barata. Detrás de la barra del Club del Cuco, el Viejo Lobo de Barra acomodaba las botellas de London Dry con la parsimonia de un monje benedictino custodiando las Sagradas Escrituras de la IBA.

Para él, el mundo se dividía entre las recetas impresas antes de la Gran Guerra y la barbarie. No sospechaba que, a menos de dos metros, sobre las banquetas de cuero, se estaba ejecutando la fase final de una operación clandestina que llevaba meses de maduración en los patios de Avellaneda.

Detrás del mostrador, junto a la máquina de hielo, el Viejo Lobo de Barra custodiaba una de sus posesiones más mundanas y secretas: una bandeja giradiscos Garrard de 1964[ii]conectada a los parlantes ocultos tras las tuberías de bronce. Esa noche, el ambiente estaba envuelto en el sonido espeso de un vinilo de contrabando que el mismísimo Ariel Lombán le había soplado a los viejos habitués de Los Galgos. No era un tango cualquiera; era la mítica e inconseguible edición en disco de pasta que Aníbal Troilo y Roberto Goyeneche grabaron en vivo en el cabaré Marabú.

Lo que se defendía con ese disco era una verdad histórica que los manuales de la IBA ignoraban: el Marabú no miraba a Londres, miraba a Avellaneda. En los años de la mítica orquesta de Pichuco, cuando el jerez nacional de la bodega Federico López empezaba a madurar en los galpones del sur, las botellas cruzaban el Riachuelo de madrugada, camufladas en los mismos camiones que traían las telas de las hilanderías.

El encargado de recibir ese contrabando líquido en el subsuelo de la calle Maipú era un joven y flaco Polaco Goyeneche, antes de subir al escenario a romperse la garganta. Allí atesoraba vinos generosos, camuflados entre mercaderías de distinta laya, Pernod y cajas de Hesperidina.

El propio Pichín Policastro había dejado asentado en su cuaderno de tapas negras la ruta del pasamanos: «El fuelle de Troilo suena gordo en el Marabú porque arrastra el aire pesado del Riachuelo. Si querés que el Pernod corte la grasa del olvido, tenés que batirlo con el hielo que se fabrica bajo el puente de Avellaneda. Ahí nació la resistencia». El Polaco carraspeaba desde el cono de sombra analógica, aconsejando aquello de «Rechiflate en el laburo… rociate con unos cuantos pernóds», y el sonido del bandoneón se mimetizaba con el tintineo de las cucharas de bar.

Daniel H. hackeó la cabina aprovechando la pausa del surco. Al terminar el tango, en ese segundo exacto de estática y fritura analógica donde el brazo de la fonocaptora retrocede pesadamente sobre el final del Marabú, H. —con la velocidad de un carterista— levantó el brazo de la Garrard e inyectó desde el reproductor oculto el arranque explosivo de los vientos de la Big Band de Kenny Ellis.

Sonaba «Ocho Kandelikas». Pasamos de la recova y el Riachuelo al asalto sefaradí sin anestesia. El Viejo Lobo de Barra levantó la ceja no porque el tango estuviera fuera de lugar, sino porque le habían arrebatado el control de su propia, territorial e intocable bandeja de vinilos. El Dr. D se paró en seco y clavó sus ojos de cirujano sobre el cantinero:

— ¡Wolf! —exclamó con una voz que rebotó en las maderas de Palermo—. ¡Dechate de djustas y kurnas de la IBA! Traeme a la barca unos buenos pastelikos de almendra y miel de muera, que djusto ansina le gustaban a Terry. Con la historia no se discute, varón. Y la noche de Avellaneda no espera a los rezagados.

La Guardiana del Frío[iii] emergió de las sombras portando una bandeja de plata donde relucían las fijuelas de hojaldre preparadas en secreto junto a Meli M. Al lado de los pasteles, descansaban dos vasos Old Fashioned escarchados, con bloques monumentales de hielo que aprisionaban una rama larga y tupida de cedrón fresco, erecta como una cola de gato enojado.

Jeque Blanco se puso de pie. Con un movimiento felino e impecable, levantó la venencia cuyana por encima de su cabeza. El chorro de Vino Federico López Seco cayó desde el techo del bar, cortando el aire de Medrano en una parábola perfecta que fue a morir directo al fondo del vaso corto, rompiendo la madera del jerez nacional contra el hielo traslucido.

Inmediatamente, La Guardiana del Frío coronó el asalto vertiendo la dosis exacta de Terrier Old Tom de Tapaus, el gin mendocino endulzado con mosto de Malbec, dejando que la neblina de Pernod impregnara las paredes de vidrio. El perfume cítrico, maderoso y silvestre del Gimlet Osvaldo Soriano tomó el control del salón.

El Viejo Lobo de Barra dio un paso atrás. Su mano buscó mecánicamente el manual de coctelería clásica, pero sus dedos tropezaron con el folletín apócrifo de «Marlowe en Buenos Aires» que Alejo Funes[iv] había dejado «olvidado» sobre los individuales.

Apoyada contra el candelabro de bronce de la barra, yacía también una lámina envejecida por el humo de tabaco: un grabado del Comisario Jules Maigret apretando un vaso de Pernod enturbiado por la neblina de París. Debajo, una cita rezaba: «El olor a Pernod en el mostrador siempre le devolvía al comisario la memoria de los casos que merecían una vacación».

Detrás de escena, oculta tras una columna, La Gran Dama del Alambique respiró aliviada tras confirmar con el tensiómetro digital inalámbrico que el corazón del maestro resistiría el shock.

El Dr. D sacó de su sobretodo gastado dos volúmenes encuadernados. Deslizó el primero: Sefarad. Novela de novelas, de Antonio Muñoz Molina.

—Para las patrias perdidas, Lobo —dijo con una serenidad sepulcral.

Inmediatamente después, apoyó el segundo tomo, el clásico de cubierta azul de Julio Verne: Dos años de vacaciones. El doctor se inclinó hacia adelante y con un hilo de voz le susurró al oído:

—Tomate dos años.

El Viejo Lobo de Barra miró el libro de Verne, miró la foto que apareció de la nada en la mesa —donde el Polaco Goyeneche le estampaba un beso devoto en la frente al Gordo Pichuco— y entendió que la barra de Medrano ya no le pertenecía. El Dr. D no esperó la respuesta. Tomó el vaso Old Fashioned, inclinó la muñeca e hizo fondo blanco con su Gimlet Osvaldo Soriano, dejando que la combinación etílica le quemara la garganta con la gloria de la victoria.

Apoyó el vaso vacío de un golpe seco, dio media vuelta y, con el sobretodo flotando como una capa de contrabando, hizo mutis por la puerta del Club del Cuco hacia la noche húmeda de Buenos Aires, perdiéndose para siempre en la mística inquebrantable rumbo a Avellaneda.

Fórmula definitiva del Gimlet «Osvaldo Soriano»

El Cordial de Cedrón y Lima: En un frasco, colocar las cáscaras de 3 limas y 15 a 20 hojas frescas de cedrón (despertadas con un aplauso). Cubrir con 100 g de azúcar blanco común y machacar suavemente. Reposar 12 horas para formar el Oleo Saccharum. Añadir 150 ml de jugo de lima fresco estrictamente filtrado, revolver hasta disolver y sumar 100 ml de Vino Federico López Seco (jerez de solera nacional). Filtrar y embotellar en vidrio en frío.

La Construcción en el Vaso: Enjuagar un vaso Old Fashioned helado con unas gotas de Pernod y descartar el excedente. Colocar un cubo monumental (4×4 cm) de agua cristalina filtrada trabando una rama entera de cedrón («Cola de Gato»). Verter 50 ml de Gin Terrier Old Tom (Casa Tapaus) y 50 ml del cordial de cedrón y lima. Realizar un único movimiento ascendente con la cuchara de bar.

Carta de rendición desde el exilio

De: El Viejo Lobo de Barra, Cantillero en Disponibilidad Absoluta 

Para: Los Conjurados de la Barra de Medrano 

Muchachos:

Les escribo estas líneas con la punta de un lápiz romo, sobre el reverso de un mapa de navegación que ya no sirve para nada. La noche se está cerrando sobre esta maldita isla volcánica y el rugido del mar golpeando los acantilados me suena, extrañamente, al fraseo más sucio y arrastrado del Polaco Goyeneche. Tenían razón: de ese puerto no se vuelve. Tengo que admitirlo, me corrieron con la historia y me ganaron con la química. Los primeros seis meses de este exilio me los pasé repasando mentalmente los manuales de la IBA, buscando un artículo, una enmienda, un bendito pie de página que me permitiera impugnar judicialmente el Gimlet Osvaldo Soriano. No lo encontré. El Oleo Saccharum de cedrón en frío que contrabandeó La Guardiana estaba técnicamente impecable; los terpenos cítricos se mantuvieron estables a nivel molecular solo para refutar mi cordura. Estudiar coctelería clásica durante cuarenta años para terminar de rodillas ante una planta de patio y el mosto de Malbec de los mendocinos es una ironía delirante; me armaron un nido clínico a medida y caí como el más cuerdo de los locos.

La primera semana aquí abrí el ejemplar de Sefarad que el Dr. D me apoyó sobre el estaño. Al principio lo leí con rabia, masticando el hojaldre rancio de la derrota, pero a la mitad del libro entendí el juego: el exilio de Terry Lennox en Avellaneda no era un invento de folletín de Jeque Blanco; era una verdad incómoda que la ortodoxia británica prefirió sepultar bajo toneladas de London Dry. Cuando Alejo Funes zanjó la controversia y metió la historia del aristócrata de Los Galgos, yo ya estaba desarmado. El tipo acariciando el aire buscando a su perro muerto me rompió la simetría de las onzas. Hoy abrí la botella de contrabando que ella, La Guardiana, me escondió en el equipaje antes de que me subieran al navío. Serví el elixir en un coco partido —aquí los vasos Old Fashioned escasean— y dejé caer unas gotas de un viejo frasco de Pernod que le cambié a un marinero francés. Cuando esa neblina lechosa trepó por los bordes y el perfume del cedrón me rozó la nariz, me acordé del grabado del Comisario Maigret. Me acordé de la foto de Pichuco y el Polaco. Y, por primera vez en dos años, sonreí. El trago sabe de puta madre. Que Pichín me perdone desde el cielo de los barmans galantes, pero la intuición criolla le pasó el trapo a la receta de Londres.

Cumplo mi vacación resignado. Me quedan todavía unos cuantos meses de estos Dos años de vacaciones, pero ya no paso las tardes mirando el horizonte buscando los pulpos gigantes del Capitán Nemo. Me las paso cuidando un brote de cedrón que logré plantar en la arena volcánica, regándolo con agua filtrada y rezando para que el invierno no se lo lleve. Díganle a La Guardiana del Frío que cuide el estaño, que mantenga los cubos de hielo monumentales y que, si alguna noche entra un cliente con un sobretodo gastado y cara de llamarse Terry, o un estanciero triste buscando un galgo gris, les sirva una medida doble por cuenta de este viejo lobo que finalmente aprendió a olvidar. Salud, herejes. Ganaron ustedes. Por ahora.

Fe de erratas y glosario de la resistencia

El uso de una jerga híbrida durante la ejecución de la Fase Kandelikas no respondió a un capricho ornamental. Todo lo contrario. El lunfardo ladino (o judeo-porteño de orilla) fue el código encriptado necesario para quebrar la rigidez de la IBA, cuyos algoritmos de control solo están programados en inglés técnico.

Donde dice: «…unos buenos pastelikos de almendra y miel de mofra…» Debe decir: «…unos buenos pastelikos de almendra y miel de muera (o miel de abezjas)». La palabra muera (salmuera o almíbar espeso) designa al punto caramelo con el que se ligan las fijuelas.

Donde dice: «…dechate de djustas y kurnas de la IBA…» Aclaración: El término kurna (del turco kurna, piletón de baño) hace referencia en el argot de Avellaneda a la bacha de lavado de la barra. Mandar al Viejo Lobo a la kurna es devolverlo a la dura realidad del oficio raso.

Amanúas: Cruce entre el amanuense clásico y el manija de barrio. Dícese del copista trasnochado que redacta folletines de contrabando en las mesas del fondo mientras se le entibia el trago.

Berajá de Estaño: (Del hebreo berajá, bendición). El saludo o brindis ritual que el Dr. D ejecuta al hacer fondo blanco en el mostrador, santificando el estaño frente a las modas palermitanas.

Cantillero: Arcaísmo castellano para designar al custodio y despachante de licores en los caminos de postas y orillas.

Dechate: Del ladino dechar (dejar). Imperativo categórico: «Cortala de una vez».

Djustas: Del ladino justa (justicia, regla, dogma). Desprecio por los manuales extranjeros.

Gato de Soriano: Expresión para designar al cliente silencioso, nocturno y felino que custodia un manuscrito invisible en una esquina de la barra.

Hielero de Puente: Bloque de hielo rústico y opaco tallado bajo el puente de Avellaneda, opuesto al cubo perfecto de la coctelería corporativa.

Mofra (Sol de Mofra): Deformación de morfis cruzada con la ironía del exilio. El hambre de gloria y hojaldre para aguantar la noche antes de terminar squelchado.

Pasamanos Líquido: Operación logística nocturna mediante la cual las botellas de Vino Federico López cruzaban el Riachuelo camufladas en camiones de tela o verdura.

Squelchado: Neologismo radial (Squelch) y lunfardo (escrachado). Trago diseñado para silenciar el murmullo de la gilada o tapar las modas de turno.

Varón: Conector tanguero que la tradición de Avellaneda asienta directo en el mostrador.

Venencia de Techo: Estilo acrobático de servicio introducido por Jeque Blanco para romper la madera del jerez nacional contra el hielo monumental.



ADVERTENCIA INTELECTUAL Y BOTÁNICA (Bajo la fiscalización de la Dra. Mas y el Dr. D)

Composición: Gin Terrier Old Tom mendocino, Cordial de Cedrón de Patio machacado, Jerez Federico López Seco y neblina de Pernod. Contenido Neto: 750 cc de Lucidez Desencantada.


Epílogo

La noche se cerraba sobre el Club del Cuco cuando el Viejo Lobo de Barra colgó el trapo con la resignada lentitud de un capitán de navío que ve encenderse los faros de la costa, contempló las páginas de Muñoz Molina, Julio Verne y Sara Gallardo esparcidas sobre el estaño húmedo y entendió, bajo la neblina dulce del Pernod y el cedrón, que la revolución de las barras ya no tenía guillotina que la frenase. A falta de Parisiennes, encendió su último Gauloises.


[i] El Dr. D justifica su absoluto e inapelable dominio del ladino, a pesar de su indiscutible e histórica rama familiar azquenazí, debido a sus extensas décadas de práctica médica y derivaciones filológicas en las antiguas juderías de Avellaneda y los conventillos ferroviarios del sur, donde los dialectos del desierto y del este se fundieron en un único argot de trinchera.

[ii] La mítica bandeja de vinilos Garrard 1964 que custodiaba el folclore del Riachuelo tras las tuberías expuestas.

[iii] La Guardiana del Frío asiste a la barra resguardando las propiedades térmicas del cristal frente al asedio del purismo burocrático.

[iv] Alejo Funes, anteriormente conocido como Alejandro el Erudito o el memorioso, firmó las adendas finales del prontuario bajo la luz de los candelabros del Club.


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