Black Mirror y la era del consenso

Por Cristian Secul Giusti y Cecilia B. Díaz para Revista Zoom


La cuarta temporada de Black Mirror se estrenó el pasado 29 de diciembre por la plataforma Netflix, empresa que adquirió los derechos de la serie británica en 2016. Para algunos críticos, especialistas o simplemente espectadores, la emisión significó una sorpresa positiva y para otros, una continuidad temática que construye un universo distópico entre los capítulos de las temporadas anteriores.

La serie, que cuenta con la legitimidad del “rating” medido en visualizaciones y de los premios por su calidad retórica y estética, atrae por su carácter interpelador en narrativas que vinculan la tecnología y las subjetividades, en un tono cínico y apocalíptico. Sin referencias de tiempo y lugar, las amenazas y deseos de los diferentes personajes no pierden vigencia. En efecto, y tras ser una representación audiovisual muy explícita de la sociedad global, Netflix publicitó el estreno con un video en redes sociales donde las noticias y los capítulos más famosos de la serie se amalgamaban y se sucedían sin dar pausa a la distinción entre lo real y lo ficcional. En esos términos, el espejo propuesto por el programa se oscurece porque en ninguna dimensión sus protagonistas no pueden evitar la tragedia que empieza con la farsa.

En sus primeras dos temporadas, Black Mirror exponía el pasaje dramático a las sociedades del control. Un concepto deudor de Gilles Deleuze para explicar la organización social que emerge por la mutación del capitalismo productivo al financiero, donde las tecnologías de la comunicación le permiten a la especulación mover el dinero sin fronteras, sin patrias, con lógicas de acumulación cada vez más concentradoras; mientras que el tránsito de personas –entre países, mercados, sitios de internet, etc.– se digitaliza para la medición y la estandarización.

En esta línea, Byung Chul Han profundiza el análisis en el nuevo milenio con términos claves como la psicopolítica para gobernar, la transparencia como forma de demoler la confianza en el otro, emprendedorismo como trabajo, bancarización como inclusión y libertad como experiencia de la incertidumbre. En síntesis, la sociedad del control que presenta Black Mirror no sería otra cosa que la fase perfecta del neoliberalismo.

En la tercera temporada de la serie, y ya bajo la propiedad de Netflix, la sociedad del control aparece consolidada en tanto cuenta con total legitimidad social para excluir. En esos capítulos, la mediatización, el cinismo del espectáculo, la exposición de la lógica comunicacional corporativa, la presencia de los vídeojuegos como paradigma de experimentación, la vista panorámica del sistema y los modos de ver a los otros en clave de “seguridad”, pintaban la aldea global donde no había posibilidad de resistencia o salida. La narración, entonces, vinculaba la toma de conciencia de la libertad perdida del personaje y sus intentos por escapar de los mecanismos de control. Pero los artilugios tecnológicos, las instituciones –sobre todo las represivas–, los silencios y los argumentos cómplices del sistema ocluyen cualquier horizonte. De tal forma que los desenlaces coincidían en un efecto de desazón y ahogo ante la imposibilidad.

No obstante, la recientemente estrenada temporada expone una ruptura narrativa que revela un viraje de perspectiva política lanzada a la acción. Para ser más explícitos, estos seis nuevos capítulos no construyen una opacidad en el poder ni en las sociedades de control, mediatizadas e hiperconectadas en una noción futura no demasiado lejana. Las resistencias y los enfoques se instalan en lugares minúsculos y específicos, con una fuerte inmanencia de la individualidad y el registro personal de lo vivido. Salvo excepciones –y esfuerzos– no hay posibilidades de magnificar lo sucedido en estos capítulos porque, en su mayoría, ubican la lupa en situaciones particulares que, con suerte, pueden replicarse en la generalidad.

El traspié visible de esta temporada es la noción de persistencia purista y o de cierre entusiasta en el estilo Black Mirror. Es decir, una buena conclusión endogámica de la serie para pensar lo revisado y lo provocado en imágenes de un modo satisfactorio. Por ello, en las tramas se recurren a las micro-resistencias o venganzas de los personajes con el objeto de contemplar un carpe diem que poco tiene que ver con proyecciones más ambiciosas.

Soledades del presente

En los episodios de la cuarta temporada se lucha contra una anomalía del sistema, mas no contra todo el sistema. O, al menos, no se lo exhibe de un modo turbio. Lo que hay –eso sí– es gente que ensucia el escenario con sus maldades o “pecaminosas” virtudes y otras que aplican algún nivel elemental de justicia o de justeza ínfima y particular. La perversión radica en determinados individuos y no en el sistema. Tampoco hay un enlace profundo de crítica hiriente contra los controles y los panoramas de una sociedad vigilada y contenida por la comunicación abrasiva de las corporaciones, verdaderos pulpos empresariales-entretenedores que utilizan las fuerzas represivas del Estado para su propia seguridad.

En esa dirección, las tramas de denuncia y los actos vehementes se aprecian de un modo victorioso. Y, en contraste, solo se advierten hombres y/o mujeres que, en términos del psicólogo Bernardo Stamateas y los discursos de superación personal, son tóxicas y enmarañan la convivencia en un mundo potencialmente feliz.

Esto permite ver una falencia en la distribución narrativa de Black Mirror, si postulamos a la serie como una enjundia audiovisual crítica: la configuración de la subjetividad es solo momentánea o a-contextual y no hay una manera esencial de pensarla dentro de una perspectiva neoliberal y de discursividad de exclusión y represión.

De esta manera, la narración impone una pureza que, por obra de un destino errante, se ve contaminada por una contingencia breve y debe ser atacada con especificidad y sobre un perímetro particular, sin rascar otras secuencias macro que contienen a todo el evento de discusión.

En este camino de pelea contra una sombra de existencia –o más bien una reyerta circunstancial–, la esperanza y los indicios de justicia se vuelven un canon en la temporada y tiñen los caminos de la narración. La angustia que aparece es netamente efímera en relación con los envíos anteriores. La potencia es leve y no hay una instancia de discusión más profunda sobre la generación de un estremecimiento superlativo.

Resignación ante la distopía

Para los seguidores de la serie, la temporada cuatro de Black Mirror deja un sinsabor por la recurrencia en ciertos tópicos como la seguridad y la clonación, por ejemplo; pero sobre todo porque brinda recompensa en los pequeños actos autónomos que van desde la astucia para quitar el control al perverso hasta el suicidio, pasando por la tortura del malo. En cualquier caso, se trata de una acción que salva del control en manos del mal y lo resignifica en clave de esperanza. Las mismas temáticas tienen en este estreno intersticios para sembrar la resistencia. De algún modo, es un guiño a Foucault en la medida en que si hay poder, hay resistencias.

Sin embargo, esas posibilidades nunca son motorizadas en términos colectivos. Quizás hay principios de asociación o pactos de amistad/familiaridad que se organizan para el rescate, que es propio. Incluso no hay enunciaciones que señalen las causas de ya una consolidada sociedad del control, ni muchos menos identificación de un colectivo de pertenencia. La esperanza es que el control quede en manos de las víctimas, que no humanizan los mecanismos, sino que le alteran la orientación. Este aspecto es significativo para observar la instalación del consenso, donde la única actitud que queda es la resignación. De esta manera, y sin cuestionar cómo queremos vivir en sociedad, la política se vuelve imposible, el disenso se resuelve con represión y el malestar de la soledad solo se diagnóstica.

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