Macondear a diario

Argentina encabeza un nuevo boom latinoamericano. Devaluado, sin relación virtuosa con el que antaño fuera orgullo de la literatura regional, caracteriza la comunicación política y degrada la convivencia democrática.

El Mensajero de La Historia toca a la puerta de Vidal

Por Alejandro Enrique @ale_enric para La Insuperable ·

Con el advenimiento del cambio también llegó a la Argentina una degradación del Realismo Mágico para uso político. Vulgarizado, insidioso, como mueca grotesca de tahúr ufano, este producto cultural reciclado envuelve las penurias cotidianas de la ciudadanía de a pie. Aquello que hasta hace poco parecía reñido con la lógica, hoy recobra entidad suficiente como para irrumpir con protagonismo en el ámbito menos pensado.

Los acontecimientos se agolpan entre anuncios ambiguos, fallos judiciales intercambiables con notas de opinión y planteos de reformas que amenazan con ser, de buenas a primeras, materia de algún decreto nacido de la incontinencia, de la carrera por la satisfacción inmediata del deseo o del negocio impostergable. Todo en el marco del desconcierto, a veces del disparate,  que iguala en desmesura tanto las justificaciones trasnochadas de un cuadro tarifario astronómico como las imágenes hilarantes de un PJ intervenido, en teoría para su adecuación a los tiempos que corren, por modernizadores como Barrionuevo, Campolongo y, a modo de refuerzo de la esperpéntica de rigor, Julio Bárbaro.

A los saltos entre el cambio de hábitos y las flamantes e impensadas carencias,  la medianía de equilibrio que caracteriza a nuestro imaginario de posición social —ubicarse en alguno de los estratos de la clase media es costumbre mayoritaria de autocaracterización personal— parecería, en ciertas momentos, entregada a una incredulidad matizada con sensaciones de pesadilla y, en otros, a la débil esperanza de que se atraviesa una sucesión de malentendidos en cadena que la palabra oficial terminará por aclarar.

Insertado
Crédito imagen: Sebastián Fernández

Los primeros planos del tapiz de la inmediatez nacional que acostumbran acaparar desde  los áureos Olmedos hasta Mirtha Legrand tienen, además, su fondo exuberante: granaderos que portan banderas de España, entrevistadores melifluos que le declaran su admiración —como mínimo— a la gobernadora Vidal, campañas de call center  de trols rentados con fondos públicos que atribuyen a La Cámpora la responsabilidad de facturaciones abultadas de servicio esenciales como gas y electricidad,   radicales que celebran el pago de esos mismos servicios en cuotas, periodistas que tras haber abonado el cambiemismo con descarada parcialidad anuncian que emigrarán del país que contribuyeron a imponer… En fin, nuestro Macondo de cada mal día, sin Aureliano, Amaranta o José Arcadio, desde luego.

Atribuir tanto disparate hecho comunicación exclusivamente al ingenio destructivo de, por ejemplo, un Durán Barba, sería sobrestimar sus dotes. Este refrito del Realismo Mágico se ha venido incubando al calor de intereses que no lograban satisfacer a sus anchas el apetito voraz característico de su ADN, acostumbrado a la saciedad periódica  y solo a reprimirse durante cortos intervalos.  Era cuestión de hacer el guiño, abrir la esclusa y avalar con símbolos paisajísticos un amplio vale todo. El aparato del PRO-Cambiemos trabaja sin descanso, es verdad, para construir inequidad en la confusión que se esforzó en crear, pero el Realismo Mágico decadente ya cobró vida propia. A su carro se subirá todo aquel que, en los avatares de la exposición política, se sienta emplazado a justificar una impostura.

Hablar de cinismo, insensibilidad, promesas incumplidas o aberraciones éticas a esta altura casi podría decirse que es perder el tiempo: cuando macondear a diario se hace carne no hay racionalidad que llegue a anteponerse con eficacia. Tras el semblante adecuado, sin gran esfuerzo, cualquiera podría Justificar una sequía porque llovió sin parar cuatro años, once meses y dos días.  Acostumbrarse a la contradicción, al desprecio de los argumentos coherentes, al imperio del lugar común falaz y a la tolerancia al desparpajo genera adicciones en principio asintomáticas.

Crédito imagen: queleerlibros.com

Lo cierto es que, por desgracia, hay signos claros de que se ha llegado muy lejos: el macondeo es hábito hecho recurso, es el Realismo Mágico devaluado que forjó una abrumadora mayoría de actores de la política en connivencia con las estrellas de la comunicación, distribuidas desde la cómoda tibieza de la simbólica Corea del Centro hasta la casi siempre mullida trinchera del que alguna vez fuera orgulloso periodismo de guerra. No es difícil prever un precio elevadísimo para el salvoconducto de salida de Macondo. El solo hecho de plantear un retorno al realismo a secas parece, hoy por hoy, estar en la categoría de lo inimaginable, de lo innombrable, de lo que en un futuro hipotético jamás podría ser gratuito e indoloro.

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