Líderes funerarios: la necrofilia del cambio

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable

El gobierno de Cambiemos parece dispuesto a extender un elevado número de certificados de defunción sin reparar en sus consecuencias. Se diría que está preparado para inmolarse tras haberlos registrado definitivamente. Resulta muy difícil hallar antecedentes comparables en periodos democráticos.

La línea con menos brillo de la mitología de liderazgo empresarial que tanto deslumbró en los últimos años al electorado argentino incluye al denominado líder funerario, constructo teórico para delinear al CEO especializado en liquidar organizaciones, a veces llamado eutanasta, ─en la práctica identificado con ejecutivos sin escrúpulos ni ética profesional─ hasta convertirlas en nada para único beneficio de un puñado de accionistas que, de paso y con las bien retribuidas artes espurias del experto, también podrían liberarse de responsabilidades ulteriores, compromisos, demandas o mínimas resignaciones patrimoniales.

Todo llevaría a pensar que este perfil fue el elegido desde el vamos para asegurar el desenvolvimiento adecuado de los protagonistas políticos de la alianza de inspiración PRO en cada uno de los repliegues de la administración pública. Los atributos esenciales del líder funerario encajan a la perfección con los imprescindibles para arribar a un punto de desmantelamiento tan avanzado como el que hoy ya puede contemplarse en el paisaje estatal.

Esos atributos incluyen habilidades para profundizar situaciones críticas en sociedades u organizaciones, crear falsas expectativas y generar grupos de colaboradores a bajo costo para liquidarlas, manteniendo en secreto la intención hasta último momento. El líder obtiene colaboración de aquellos que piensan que serán los elegidos para salvarse, permanecer y progresar una vez superado el momento de zozobra. Engaño, cinismo, dosificación del miedo y capitalización de miserias humanas confluyen en su tarea de necrófilo.

Por acción directa o indirecta de sus gestores, la administración PRO-Cambiemos está cerca de certificar defunciones simbólicas y materiales en proporción irónicamente equilibrada: sin ser minuciosos, la credibilidad de los medios está herida de muerte, tanto como la del grueso de los políticos de profesión; los tres pilares básicos ─educación, salud y previsión social─ de cohesión en el bienestar mínimo, convivencia e integración social se encuentran en estado terminal. Las PyMES languidecen, comatosas, en un mercado de trabajo jibarizado.

Después de conocerse con mayor detalle el acuerdo con el FMI, la alarma por el destino último del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS-ANSES) se encendió como amenaza material cierta. Sin embargo, tal cual lo venían advirtiendo algunos periodistas especializados, el trabajo de los expertos funerarios ya estaba muy avanzado.

El comienzo del fin del FGS de ANSES se inició el 29 de junio de 2016 en el Senado de la Nación. Desguazarlo definitivamente, en apariencia una dura exigencia del FMI, no sería en realidad más que la simple coincidencia de ideas del organismo con dos alas de acción coordinada de Cambiemos: la que representa al gobierno y la que oficia de oposición nominal.

Este contrapunto perverso de comprobadísima efectividad parlamentaria encubre monólogos espontáneos o inducidos. La disolución del sistema previsional solidario ha sido uno de los objetivos que esta dupla buscó con mayor pertinacia desde su génesis temprana en 2015 ─o antes─, aún a riesgo de exponer en exceso a la vista pública este mecanismo bochornoso de manos en alto forjado en la connivencia.

La asociación al liderazgo funerario suele justificarse en favor del salvataje de la empresa en peligro, reforzada con la crítica desmedida al plantel de CEOs depuesto. El “nuevo equipo”, no obstante, pocas veces sobrevive: dura hasta que maduran las condiciones de desguace. Como el líder niega la realidad hasta el último instante de vida de la organización, no es extraño que a los colaboradores los sorprenda el abrupto cambio a la categoría de colaboracionistas descartados.

Ciertos datos, sin embargo, parecerían indicar que el indecoroso contrapunto todavía goza de buena salud, tal vez precaria pero nada despreciable: “Seis de cada diez hombres y mujeres mayores de sesenta y cinco años votarían hoy a Cambiemos, porción altamente significativa si se tiene en cuenta que es uno de los grupos etarios más castigados por las políticas del actual gobierno”. Una conclusión que suena inverosímil aunque no lo sea.

Por más reparos que, con razón, se antepongan a los resultados de las encuestas, cifras como esta llevan a pensar en un estado de confusión intenso, no atribuible en exclusiva a los estragos cognitivos que conlleva la senectud, por más que el recuerdo del ascenso de figuras como Manrique, Corzo Gómez y la aún vigente contrapuntista Mirta Tundis los pinten ominosos. Hasta podría especularse, si se persiguiese una pincelada de color local, inactual pero inquietante, con una vuelta de tuerca a la idea de Arnaldo Rascovsky que tanto escandalizó en épocas de auge del psicoanálisis: la Gerontocracia como sistema de poder.

Sea como fuere, más allá de la inevitable tentación de digresiones y analogías pintorescas, la colaboración con los líderes funerarios tiene vertientes subalternas y de castas esperanzadas en la permanencia. La llegada del FMI es una bocanada de aire fresco para la cúpula de necrófilos pero una intrusión demasiado temprana para los mandos medios que se le adosaron, ahora obligados a ensayar críticas que no podrán honrar en una praxis que amenaza, por ejemplo, con el desgranamiento de la tan preciada subalternidad de sufragio geriátrico. Los penosos serpenteos diálecticos de Daniel Arroyo y la antes nombrada Mirta Tundis son lo suficientemente hilarantes como para ilustrar el trance que sufre la medianía colaboracionista, pícaramente timorata.

El sesgo en el que se ha hecho hincapié atraviesa en tiempo y estratos de gestión la totalidad de la administración macrista. La ya lejana desvinculación de Isela Constantini de Aerolíneas Argentinas, ejecutiva estrella sin vocación para sellar defunciones societarias, y el reciente conato de vaciamiento de Télam, agencia de noticias en la que desde la dirección se simuló hasta último momento normalidad, capacitando incluso a personal que días después sería despedido ilustran, como podrían hacerlo tantos otros hechos, una de las líneas intermedias de continuidad recurrente, extrapolable si se quiere a cualquier nivel de acción gubernamental.

Para desgracia de optimistas impenitentes fascinados con las panaceas provenientes de la idílica teorización de las organizaciones, el modelo de liderazgo elegido por Cambiemos es el menos glamoroso, el que invita a los docentes de posgrado a desarrollarlo con mirada huidiza, apelaciones a las arduas realidades del mundo de los negocios y una que otra referencia a los arcanos vocacionales ligados al universo empresarial. Una lección de rusticidad macrista que habrá que asimilar alguna vez, quizá cuando las aulas empiecen a convertirse en símbolo del lujo inaccesible.

@ale_enric

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