Hurtarle algo a Riquelme

Yo siempre tengo la suerte de que se la agarren conmigo, porque así mis compañeros viven en paz.  (Juan Román Riquelme)

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Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

Ya no hay disimulos. La suerte de Macri está echada. Alea iacta est. La multitud de sus fanáticos en los medios se convirtió de repente en avanzada detractora e hipercrítica. A los flamantes agoreros del colapso político presidencial ahora les sirven por igual tanto los lugares comunes de siempre como las flamantes ocurrencias: “le bajaron el pulgar”, “le picaron el boleto”, “le soltaron la mano”, “lo pesificaron”… En fin, lo que al emisor de la predicción finalista mejor le cuadre.

Es el turno de las segundas marcas PRO ─y filo PRO─ que estaban en la gatera. El presidente pasa la posta del blindaje a los secretos delfines del modelo al constituirse en centro de la crítica. El nominalmente contradictorio macrismo sin Macri comienza a delinearse como bochorno bien planificado. Aunque el tiempo apremia, nada parece librado al azar de los imprevistos. Los elegidos para el segundo engaño se sondean minuto a minuto. Un trimestre basta y sobra.

El ángel exterminador que Jorge Asís describió en su prosa política se convierte sin más trámite en Ángel caído. Nadie sabe a ciencia cierta si la nueva categoría solivianta o distiende al presidente. Las conjeturas abundan: desde un exilio voluntario peninsular fijado para 2020, cerca de la querida realeza, hasta el escarmiento a los infieles vía un as bajo la manga, todo vale como teoría. Lo cierto es que una figura casi intocable pasó a ser blanco inmóvil del apedreo. Y carnada para opositores reales.

Hincarle el diente a Macri resulta sencillo, tentador. Cualquiera diría que sus adláteres le programan actividades infalibles para el escarnio, que lo sirven en bandeja de plata día tras día. El aparato comunicacional lo vitupera en compañía de los opositores ficticios. Los colaboracionistas aprovechan su minuto de indignación teatral sin la carpeta como Espada de Damocles. Difícil imaginar un jubileo más amplio.

La oposición real, por desgracia, se aferra al anzuelo de la catarsis. Muerde a repetición. Bailotea al ritmo del espinel de la continuidad del modelo. María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta disfrutan del campo orégano de la nueva censura, que goza de su vieja buena salud, como siempre, para solaz del tándem. Entre pauta oficial, silencio y guiños fraternos se sazonan las excusas por venir de los que pronto serán los nuevos mártires de la pesada herencia del optimismo de Mauricio.

Las segundas marcas del cambio pugnan por florearse lo mejor posible: sirven al pavoneo tanto la experiencia geriátrica como la farandulización de los inmunizados contra el populismo. A los temblores que les produce Venezuela se le suma la desilusión con Macri, repentinamente desconectado de la realidad como si anduviera de viaje por Ganímedes.  El casting se adueña por igual de las pantallas adictas y de las que se presuponen hostiles al gobierno pero no así al maquillaje modélico.

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Los “pura cepa” PRO abjuran del líder con sobriedad, desde sus cuarteles de invierno. Los quintacolumnistas del cambio levantan la voz tras larga espera, junto a los radicales que pían con retraso pero exigen su tradicional derecho a declararse inocentes, a dar el portazo en la casa ruinosa e hipotecada. A todos les sirve hablar de ineptitud, de inoperancia, de insensibilidad, de soberbia, egoísmo y brutalidad. Lo inocuo se impone: “José” Luis Borges o la bola de nieve de las Leliq tienen prioridad. Ahogar cualquier voz lúcida es la consigna; silenciar los éxitos del macrismo, casi la tarea principal.

Porque eso que por comodidad se ha convenido en llamar macrismo reunió, mal que pese, a una gran cantidad de interesados ─muchos de ellos bien camuflados hasta hoy─ en imponer por enésima vez la matriz conservadora-pseudoliberal en el país. Macri aportó el lado visible, los actores y la metodología perfeccionada en la Ciudad Escuela. Puso esa expertise al servicio de ideas muy antiguas e intereses de élite muy concretos, seguramente a sabiendas de que al exponerse su carrera política terminaría pronto pero no antes de concretar objetivos de máxima.

Como cabeza visible, los logros de Mauricio Macri fueron más allá de lo que con realismo podría haber deseado la élite. Su éxito superó toda expectativa. En tiempo récord fortaleció como nunca el poder de las minorías: les aseguró muchos años de hegemonía en un país reprimarizado en lo económico, endeudado hasta el límite, con una clase media decreciente y disciplinada entre las filas de los desocupados, sin olvidar, claro, la imposición del marco normativo imprescindible para perpetuar el modelo.

Concretó el sueño imposible de Álvaro Alsogaray para la derecha: llegar a la presidencia con las formalidades democráticas como escudo legitimador, una quimera que el otro ingeniero se llevó al mausoleo.  “El otro, el mismo”, hubiera dicho don Jorge José. Macri se irá como indiscutido prócer de privilegiados y dejará el campo orégano para unos cuantos más que Larreta y Vidal. La única exigencia es que actúe con verosimilitud su propia caída, prevista pero con inevitable regusto amargo después de tres años de carantoñas.

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Chivo emisario para el público, héroe puertas adentro de una amplia casta de políticos filo-derechistas. Prócer de minorías. El esquivo bronce de las élites ganado a fuerza de desfachatez. Al cierre del primer capítulo de lo que promete ser una saga de espanto se advierte la concreción de una estrategia mutante nacida tal vez el mismo 10 de diciembre de 2015, o antes: el macrismo sin Macri.

Aunque la metáfora futbolística haya sido moneda corriente del presidente hoy por hoy devaluado, la sugerente frase que le espetó a Vargas Llosa, “Acá no hay Riquelme que te salve”, bien podría considerarse como un anticipo del papel que él mismo profundizará de aquí hasta octubre, sin el brillo del 10 pero hurtándole algo: es famosa la frase ─citada en el epígrafe─ de Juan Román “Yo siempre tengo la suerte de que se la agarren conmigo, porque así mis compañeros viven en paz.”. Esto, por supuesto, salvando la imposibilidad absoluta de imaginar un riquelmismo sin Riquelme.

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Un servicio final, con renta de secreta gloria a perpetuidad, completará el inicial, que no se limitó al ego y los negocios propios de la corrupción estructural. En ese lapso le arrancó a la nobleza vernácula una ampliación del cupo de privilegiados dentro de los límites de la exclusividad. La red de redes de Cambiemos ganó membresías antaño inimaginables para los aspirantes a neo-aristócratas del cocolichado de la contratación, la finanza de rapiña y las actividades improductivas. De aquí en adelante el Estado velará también por ellos.

Lo cierto es que desde hace algunas semanas el blanco inmóvil se encuentra disponible para hacer puntería. El campo de tiro verbal está sembrado de ollas putrefactas a medio destapar, pizarras con tasas y cotizaciones al rojo vivo, altisonantes confirmaciones del rumbo económico, terremotos al interior de Cambiemos y supuestos pases de facturas entre los popes del hasta ayer nomás macrismo nuclear. Un cóctel desesperante para la alienada ciudadanía de a pie que mira, ñata contra el vidrio, lo que sucede en el polígono mientras ruega que no llegue el tan temido corte por mora de luz o gas.

El vapuleo a la figura presidencial es novedad que embota. Tanta incertidumbre cotidiana ─zozobra programada─ lleva a pensar que no hay ni plan B ni plan C para enfrentar la inminente debacle. El casting crítico de pretendientes le da al chivo emisario de diseño jerarquía de Penélope: será fiel a sus “convicciones” hasta las últimas consecuencias. La Odisea argentina trueca en melodrama de impostores.

La catarsis a saturación también desbarata previsiones cívicas. El voto electrónico que ensombreció los comicios neuquinos, la eliminación de los telegramas de mesa decidida en año electoral y las irregularidades de las PASO bajo el régimen de Cambiemos cayeron en el olvido. No hay experto que logre que se le lleve el apunte. Puede que no haya planes B ni C para rectificar el rumbo de la economía, pero sí hay unos cuantos para asegurar la continuidad del modelo. De las segundas marcas al fraude, con sus estaciones intermedias, todo vale.

Una mirada retrospectiva basta para cerciorarse de la inexistencia de sutilezas políticas en el gobierno cambiemista. El imperio de la politiquería fue rasgo esencial. La excusa y la repetición de muletillas, constantes.  Ni qué decir del regodeo en las malas artes. Un gobierno, además, con un líder en las antípodas de las magistrales sutilezas riquelmeanas que, a pesar de todo, ya en retirada, también logró hurtarle algo al astro del fútbol. Todo un símbolo a tener en cuenta.

Alenric @ale_enric


 

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