Marcas indelebles

La derecha crece en Latinoamérica al ritmo de sus metamorfosis, a imagen y semejanza del experimento ultraderechista argentino y los pronunciamientos de los sustratos autoritarios del Brasil. 

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

Argentina hizo punta en el continente, dio la señal de largada en la carrera hacia el desenfreno de la violencia económica e institucional del conservadurismo a través de un modelo de ascenso al poder con recetas para ejercerlo sin cortapisas en favor de las élites. Las rápidas mutaciones del macrismo también generaron un ambiente de confianza en el terreno de la política sin escrúpulos, límites ni intenciones de honrar compromisos programáticos preelectorales.

La derecha crece en Latinoamérica al ritmo de sus metamorfosis, a imagen y semejanza del experimento ultraderechista argentino y los pronunciamientos de los sustratos autoritarios del Brasil. A cada contexto nacional le corresponde una fisonomía, una estrategia de asedio a la opinión pública y un conjunto de personas u organizaciones elegidas como objetivo de demonización cotidiana.

El hilo conductor del “cambio” legitima discursos creados en base a lugares comunes rimbombantes, matizados con transgresiones nada espontáneas que tienen caja de resonancia en las plazas fuertes europeas. El crecimiento es, para ser precisos, de carácter universal, igual que el de la hermandad fascistoide. Cada localismo es un aporte a capitalizar en el todo, un paradigma táctico que engrosará el acervo de la estrategia que avanza.

Desde Francia, Marine Le Pen ─conductora del Frente Nacional y líder de la extrema derecha continental─, apeló a las diferencias culturales para rescatar a su par brasileño: “No veo al señor Bolsonaro como un candidato de extrema derecha, él dice cosas realmente desagradables que no pueden trasladarse a nuestro país, Francia. Son culturas diferentes”.

Sea con ardor peninsular o con una pátina de hipocresía amparada en la racionalidad gala, la hermandad festeja su propagación endémica. Lawfare a la francesa, a la brasileña o a la argentina son la comidilla diaria de los medios hegemónicos.

Los mercados, santificados como guía y referencia, muestran la cara ecuménica mejor impostada en la vanguardia ofensiva del conservadurismo más violento: a medida que en formidable crescendo fagocitan la renta del trabajo y de los pequeños capitales productivos, fortalecen a la hermandad con más ganancia especulativa. Sus señales son incentivo ideológico traducido al idioma de la finanza, intenso proselitismo o amenaza a la disidencia. No podían estar ausentes sus premios y castigos en la semana de gloria de Bolsonaro.

El lunes inmediatamente posterior a las elecciones el Bovespa brasileño registraba su mayor alza diaria en al menos dos años. Festejo y apoyo. Pero un yerro ideológico del díscolo ultraderechista mereció a las pocas horas un correctivo de mercado a través de la cotización de las acciones de Eletrobras, que caían más de un 14 % después de que Jair declarara a Bandeirantes que se resistiría a la privatización de esa empresa en el ámbito de la generación eléctrica. Una invitación de la hermandad para rectificar planes en sencilla clave de pizarras electrónicas.

Como Bolsonaro se prepara para afrontar una segunda vuelta, el hecho de que también haya desmentido la privatización de sectores estratégicos y evitado confirmar la reforma previsional, a contramano de su mimado Paulo Guedes, podría tomarse como una triquiñuela de engaños preelectorales. Sea como fuere, desvío o embuste de cuño durambarbiano, el mercado lo persuadirá con castigos o le brindará la excusa ideal para hacer lo contrario a lo declarado.

Cuarenta años de virulenta consolidación de la nueva derecha en el mundo occidental ─en América Latina como expresión posterior al cierre de la estrategia de dictaduras militares─ han dejado marcas indelebles que no pudieron borrarse en los periodos de latencia que los gobiernos progresistas ocuparon como inquilinos tolerados a regañadientes por el minoritario poder real.

Cada embate ultraderechista incorpora al sentido común más vocabulario de su cosecha, más prejuicios, más terrores y más precariedad. Al mismo tiempo ─por dentro y por fuera de la administración pública─, despliega en favor del mercado todo el descrédito que le causa a los estados nacionales.

La década del noventa en Argentina mostró a una derecha camaleónica reestructurándose para su consolidación tras la dictadura cívico-militar que terminó en 1983. Un lustro de “lavado de cara” le posibilitó el regreso con atuendo democrático. La UCeDé fue símbolo del reciclaje. También la farandulización de la política daba sus primeros pasos.

Crédito: Página/12

El noventismo menemista triplicó largamente la desocupación para forzar flexibilizaciones y prácticas tendientes a naturalizar el empleo basura disfrazado de cuentapropismo. La dolarización híbrida de una economía empujada a la primarización, las privatizaciones, el desfinanciamiento de la educación estatal ─incluyendo un largo periodo sin oferta de educación técnica─ y el endeudamiento externo forjaron una matriz duradera, imposible de revertir en su esencia para futuros gobiernos.

Tras la primera década del siglo comenzó otra etapa de hiperactividad política derechista, apoyada como nunca en ONG, think tanks financiados internacionalmente y organizaciones que lucraban con el culto religioso. El PRO, en Argentina, tomó la vanguardia entre los países de habla hispana a partir de su instalación en el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con nuevos bríos al renovar credenciales en 2011. Las matrices de negocios espurios que se calibraron en el ámbito municipal llegaron robustecidas al plano nacional a partir del fatídico 10 de diciembre de 2015.

Palau, ciudadano ilustre del macrismo

En un país de clases medias resistentes, con tendencia a la reproducción en cualquier periodo de bonanza, el macrismo se hizo cargo de la tarea de extirpar lo más rápido posible del continente ese mal ejemplo. Entre 2016 y 2018 aseguró otra marca indeleble a prueba de inquilinatos progresistas. No es casual que Argentina ostente cifras récord ominosas para las variables económicas y monetarias de mayor relevancia.

El 28 de octubre se sabrá si la extrema derecha brasileña cuenta con las facilidades electorales imprescindibles para profundizar su poderío con la legitimidad extraordinaria de los votos. Sea como fuere, la nueva derecha exhibe logros que le aseguran permanencia en Latinoamérica y una buena cosecha de quintacolumnistas, personeros e innumerables libertos dispuestos a extender las marcas indelebles hasta naturalizarlas.

El mayor o menor disimulo del carácter autocrático de los aspirantes a gobernar en los países de Latinoamérica parece ligado a tendencias político-económicas de una metrópoli rectora en tránsito hacia lo urgente y explícito. La era Obama velaba por cierto cuidado de las formas que ya no existe con Trump. La virulenta guerra comercial con China que el magnate encabeza apadrina candidatos de la rústica laya de Bolsonaro, un personaje a imponer sin tantos miramientos en la construcción del engaño que caracterizaron al “producto Macri”, típicamente obamiano.

La nueva era metropolitana también parece haber dado rienda suelta a los derechistas del continente para mostrarse no solo cínicos, autoritarios e impiadosos sino también absolutamente subordinados a las élites y dispuestos a echar mano de cualquier recurso para extender los modelos instaurados. La pertinaz búsqueda de apoyo entre los popes multimillonarios del culto evangélico, por ejemplo, es signo de desenfado a cielo abierto. Todo, claro, en un marco discursivo cada vez más sumergido en la insustancialidad política.

 

El plan, sin duda, es a largo plazo. Y como reza aquella verdad de Perogrullo inmortalizada por Keynes, en el largo plazo todos estaremos muertos. Habrá que ver si el entierro masivo de menesterosos es una oportunidad de negocios apetecible para los mercados o si el cebado elenco de saltimbanquis, en su infinita confianza en la impostura, va más allá de lo tolerable incluso para los propios mercaderes que hoy los incentivan sin pudores. Sea como fuere, las marcas permanecerán irremediablemente.

@ale_enric


 

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