Ganó la más feroz opositora

Por Alejandro Enrique para La Insuperable

Se despejaron las dudas que aún persistían sobre la linealidad de un arduo proceso político a transitar. El lapso entre las PASO y las elecciones legislativas del domingo 22 de octubre fue singularmente despiadado. El oficialismo decidió mostrarse a cara lavada, apostando solo a la escenografía paisajista que talló durante años en las retinas de las clases medias reales y, sobre todo, de las imaginarias. En equilibrio precario, sin el peso de tradición humanista alguna ni la necesidad de sus funcionarios de resguardar trayectorias individuales rectas o coherentes, aguardó en actitud provocativa el golpe de efecto salvador en el caso Maldonado. En tiempo de descuento, la víspera del sufragio, el lacónico juez de la causa dio ese golpe en un minuto de providencial locuacidad. Aseguró los titulares de prensa que no podrían refutarse a tiempo.

Se preveía que, tras un resultado electoral que el oficialismo pudiese interpretar como favorable, la profundización del paradigma del cambio sería letal, que el gobierno no tendría en cuenta lo que algunos, entre ellos Horacio Verbitsky, interpretan en clave de póker, es decir, como glosa Sebastián Fernández: “el electorado tiene digestión lenta y apoya a los oficialismos en el medio término; paga para ver cómo sigue.”. En la parafernalia discursiva del matrimonio de moralina con voluntarismo, se pierde de vista que la esencia del paradigma es darle, con obcecación,  un rumbo determinado a la economía. Y la economía, paradójicamente, es la opositora más feroz, la que más temprano que tarde mostrará, con socarronería de tahúr, la escalera real de la debacle a los que pagaron para ver. Satisfecha la curiosidad, podría sobrevenir la indignación. O la bancarrota.

Después de anunciarlo en campaña preelectoral por interpósito periodismo militante, timorato o adicto, el presidente se desahogó en el CCK con una apología del ajuste y la estigmatización. Retemplado el ánimo revanchista  con la dimisión de la procuradora Alejandra Gils Carbó y, sobre todo, ante el panorama de un campo orégano para la corrupción estructural —secundada por la especulación e, invariablemente, la fuga de divisas—, el mandatario predicó, sin rubores ni molestas vigas oftálmicas, la paja en el ojo ajeno. Con la mira puesta en el oído de las consultoras internacionales, el FMI y la OCDE, dejó entrever que en las pasadas elecciones legislativas la sociedad le había refinanciado la deuda que con ella contrajo y que, desde luego, nunca se le ocurriría honrar.

Con áspero verbo inquisitorial, reforzado tal vez por el año de gracia que, como mínimo, los analistas le auguran a la continuidad del endeudamiento que sostiene la catedral de naipes, desde el púlpito del CCK Mauricio Macri emplazó a los detractores del régimen con aires de Torquemada pero, sin embargo,  a la feroz opositora le respondió  como Tenorio a los escandalizados por su jactancia de burlador: “Tan largo me lo fiais”. Puede que el mandatario considere noble doncella napolitana a la muy experimentada economía. Todo es posible cuando se piensa que los engaños en nada se parecen a los préstamos y que, por ende, no hay que preocuparse por su vencimiento. Con un show de prisiones preventivas a opositores, la ilusión de un festín especulativo sin convidados de piedra bien podría confundirse con la realidad.

Con festejos, que no contemplaron duelos por Santiago Maldonado ni delicadezas con los que padecen el inclemente ajuste, el día después del sufragio se eternizó en un vale todo: más censura, más provocaciones, más endeudamiento. Tasas más elevadas, menos estado de derecho. Las segundas marcas de Cambiemos, humilladas en las urnas, solo atinaron a quitarse la falaz etiqueta de opositoras para mendigar, apretujadas, que se les habilite la rapiña de algún beneficio en el sector de la grilla reservado a la obsecuencia. Y, claro, que se las excluya por siempre jamás del carpetazo.

En las filas de la oposición real, por desgracia, aún reina el desconcierto ante la audacia de los embates, potenciado por el terror a la pifia discusiva, a la brusquedad de modales y a las sospechas de cercanía con los demonizados por el escarnio multimediático. Con un panorama semejante, la doctrina Macri-Bullrich (http://bit.ly/2iwAcuy) no desaprovechará el terreno cedido para poner de inmediato en acto su variante poselectoral. Cacareo en el establo mientras se despluma a las gallinas. Muchos frentes de tormenta para que la llovizna  sostenida que erosiona el bienestar de la mayoría quede fuera del radar de los meteorólogos de la política.

Los riesgos que el modelo retrógrado de Cambiemos implica difícilmente lleguen con crudeza a oídos de los que, con el voto, pagaron para ver.  Tampoco la reivindicación de logros forjados en tiempos idos a favor del patrimonio nacional y la construcción de una vida democrática. La síntesis que realiza el periodista Raúl Dellatorre sepulta cualquier esperanza al respecto: “49 programas censurados, 3.200 periodistas despedidos, van por las radios comunitarias, 98% de medios oficialistas”.

El futuro mediato quizás se defina en una carrera incierta entre las posibilidades de un reagrupamiento de la oposición genuina y los avances de la opositora más feroz, la economía. Es mucho lo que está en juego. Quien llegue primero a la meta definirá la intensidad de los padecimientos por venir. Cambiemos apostó fuerte —y ahora sin disimulos— a extender lo máximo posible el circuito y convertirlo en extenso campo minado. Fabrica tormentas y truenos fatuos. Confía en la eternización de la llovizna. Se ríe de la sentencia shakespeareana. O la ignora: “La lluvia ligera suele durar muchos días, pero las tempestades son repentinas.”.

@ale_enric

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