Desafío a las clases medias

“Claramente, la clase media se suicidó” (Juan Valerdi)

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

El país cruzó la barrera del tercer año de agobio macrista, un lapso en el que los hábitos de vida cotidiana del grueso de la población sufrieron cambios insanos,  muy poco virtuosos. La concepción de la política nacional, en un contexto de ajuste feroz, regresivo, corrió la misma suerte. También se desdibujó la idea de ciudadanía: el intrascendente concepto de vecindad impuesto como modelo de participación subalterna la convirtió en esperpento cívico.

La cercanía de las fiestas de fin de año desbarata el consuelo propuesto por el oficialismo de mirar hacia un futuro lejano. El desprecio al presente que desde el vamos propuso Cambiemos cruje ante la insoslayable recesión, la caída del consumo y la visión de un porvenir oscuro. A la magia de las expectativas le quedan muy pocos conejos en la chistera de un macrismo que ya comienza a ufanarse sin cortapisas de sus habilidades como burlador.

La perspectiva que abre comenzar a transitar un cuarto año de gestión nacional enlazada, para superior amplitud, con más de una década de administración porteña, es propicia para hallar las claves de una preponderancia en la imposición de sentido común y agenda de debate que se sostiene a pesar de un contexto económico tan penoso como amenazante e, incluso, de angustia proyectada hacia aspectos esenciales de la vida diaria familiar, empresarial, académica y la convivencia comunitaria.

 

El urbi et orbi PRO

Aunque resulte evidente que las técnicas de manipulación de la opinión pública que se aplicaron (y aplican) en Argentina excedieron jerárquicamente a Cambiemos al provenir de usinas de mayor peso internacional que las replicaron en Latinoamérica y otras regiones a través de personeros, el caso local ─hasta ahora denominado macrismo─ parece haberse nutrido de elementos propios que hicieron posible una devastación fulminante de las clases medias, mucho más rápida de lo imaginable en una sociedad identificada con ellas por fuerte tradición y que hasta hacía poco les brindaba protagonismo económico, cívico y productivo.

Una de las principales claves de la preeminencia macrista se relacionará, entonces, con el trabajo realizado sobre las clases medias, tarea que empezó con la intención del despojo simbólico para desembocar, más tarde y por medio de una agresiva transferencia de recursos, en el plano material. Con excepción de una pequeña franja relacionada con el ámbito especulativo y la intermediación parasitaria, el resto del clasemedismo fue esquilmado como nunca. El movimiento descendente al interior y fuera del conjunto tal vez no registre precedentes, igual que la vertiginosa pauperización.

A la luz de tan notable despojo, el cambio cultural del que el macrismo viene haciendo gala no parece entroncar en su totalidad con la denominada “batalla” o “guerra cultural”  ─tantas veces esgrimida con alarma y analizada en relación al fortalecimiento de la nueva derecha─ sino con una batería de técnicas que si bien fue perfeccionada en virtud de los aportes de la investigación científica moderna solo pudo aspirar al éxito con la connivencia de medios masivos e inversión de cuantiosos recursos de origen espurio en redes sociales, big data y ciber-propaganda.

Los primeros años del PRO en CABA sentaron las bases de lo que hoy es realidad político-económica. Buenos Aires fue Ciudad escuela y plaza fuerte discursiva a la vez: se perfeccionó la construcción de la red de redes neo-aristocrática, se reciclaron los funcionarios malogrados en 2001 y se evaluó la eficacia del blindaje  mediático ─en su tramo inicial porteño─ junto al bombardeo de mensajes orientados a exacerbar prejuicios latentes en el imaginario aspiracional de los estratos asalariados y pasivos: empleados, docentes, profesionales de ingresos moderados y  jubilados como blanco principal.

Con la tríada ONG/fundaciones (“sociedad civil” idealizada) ─ mística verbal del empresariado/lenguaje evangelizador y voluntarista – anti-peronismo aluvional/antipopulismo  se impuso el estilo comunicativo binario del tipo ángeles/demonios, sustentable/insustentable, pasado/futuro, etc., que hasta hoy sigue usufructuando Cambiemos por virtual criterio de autoridad moral o de jerarquía pseudo-científica forjada a fuerza de repeticiones e imágenes minimalistas ligadas al orden, el mérito,  la prolijidad y el profesionalismo. El “equipo” fue comodín de seducción aplicado como remedio a enfermedades ─siempre de origen único: populista─ diversas, la mayor parte de las veces ficticias.

Las fuerzas políticas opuestas al PRO ─o las simplemente no ligadas al macrismo en forma directa─ consintieron este esquema de perfeccionamiento de la corrupción estructural acorazado por el discurso repetitivo con réplica mediática. Resultaría inverosímil pensar en una combinación de ignorancia dirigencial y candidez de sus legisladores. El plan de negocios porteño de aquel entonces prometía una red de beneficiarios más amplia. Tal vez por eso gran parte de la reacción opositora fue vacilante, tardía e ineficaz.

Argentina en clave de Leteo

A fuerza de repeticiones, dispendio en redes sociales, lobby de ONG y acople opositor al monotematismo con estilo comunicacional único en todos los ámbitos se produjo la buscada amnesia de un alto porcentaje de las clases medias, llevadas a beber del Leteo creyendo que estaban a orillas del Mnemosine (1). El ingreso al Hades del PRO se concretó entonces a través de una ilusión de sabiduría: el cambio. Caronte esta vez no se conformó con una moneda y cobró a precio de oro el vanidoso viaje.

En la etapa previa a la prueba electoral de 2015 los estrategas del PRO estuvieron en condiciones de verificar que las cadenas de falacias reiteradas habían ocupado las zonas de memoria perdida: salieron definitivamente al ruedo público quienes fueran protagonistas de la debacle de 2001 sin más reacción en contra que alguna tibia ironía opositora. No hubo necesidad de sacrificar siquiera a uno de los muchos que se florearon. El único que recibió un castigo momentáneo fue un cuatro de copas electoral de la cantera del periodismo deportivo ─con blasones de macrista de primera hora, eso sí─, apartado por profilaxis moral pero con promesa cierta de resarcimiento posterior al triunfo en las urnas.

La exaltación de la virtud apolítica que durante años se propaló a través de la urbe-escuela del PRO hacia el ciudadano en metamorfosis vecinal también halló en la amnesia una oportunidad inmejorable de reinventarse. Tras el sí electoral llegó la invitación al retorno a la política, pero en forma de adscripción acrítica a una divisa. El tránsito de ciudadano a vecino culminó en la condición de hincha que acompaña a porfía los antojos del equipo, cueste lo que cueste.

Ni con la frente marchita

Sin memoria ni posibilidad de reflexión, el fana del cambio quedó al borde del precipicio del ridículo: abandonar la hinchada amarilla ─empobrecido, además─ para volver a proclamar su independencia prometería, entre otras humillaciones, no solamente el escarnio prolongado ─trago amargo aunque menor─ sino también la aceptación de una condición lacayuna, subalterna en grado superlativo, rayana en el masoquismo.

La reiterada muletilla de “gobierno de ricos para ricos” es una obviedad que, sin embargo, oculta  más de lo que muestra respecto a los alcances de la  gestión de Mauricio Macri. Resulta significativo que justamente la haya adoptado como azote blando cierto periodismo que navega entre Corea del Centro y las segundas marcas de Cambiemos.  El ascenso pero, fundamentalmente, la permanencia de la alianza gobernante es el tributo de la clase media a la minoritaria élite vernácula no reducido  en exclusiva ─ni mucho menos─ al aporte de votos.

El regodeo en el olvido, la pertinacia en el apoyo y la sistematicidad en las omisiones que las clases medias exhibieron en este trance político mostró como nunca el poder de arrastre e influencia de un sector social que, aun siendo tan estratificado como variopinto, se abroqueló en alta proporción  para consolidar un proyecto de devastación que lo incluía como obstáculo a remover.

Juan Valerdi: “Claramente, la clase media se suicidó”

Siempre en el centro

Un fenómeno de características tan autodestructivas no puede explicarse solamente reduciéndolo al triunfo inexorable del marketing político sobre los mecanismos de defensa ciudadana ni a la explotación conjunta, sistematizada en un agresivo plan de comunicación, de las  vanidades, odios y terrores de un amplio segmento poblacional conducido con habilidad hacia su inmolación. Más razonable sería pensar en ejes de continuidad nunca desviados del camino hacia sus objetivos.

Uno de esos ejes,  primordial como elemento de presión conservadora sobre los estratos menos favorecidos de la sociedad, se mantiene constante desde hace varias décadas: se trata del denominado proyecto educativo neoliberal. En la segunda mitad de los años setenta, con las primeras municipalizaciones de escuelas en la Ciudad de Buenos Aires realizadas por la dictadura cívico-militar, comenzó una ofensiva sobre la educación estatal y el Estado docente que jamás pudo ser discontinuada.

Desde ese entonces el proyecto educativo neoliberal se mantuvo siempre en el centro de los intereses de la derecha que, con el correr de los años,  fue incorporando actores ─muchas veces sorprendentes─ encargados de diagnosticar catástrofes educativas a corto plazo, desacreditar el sistema estatal y responsabilizar a los docentes por infinidad de problemas derivados de una supuesta ineficacia en su labor.

Los altibajos en el embate no impidieron su continuidad a lo largo de más de cuatro décadas.  Desde el Congreso Pedagógico de 1985 el lenguaje neoconservador y neoliberal se impuso en el ámbito educativo al amparo de un supuesto realismo crítico, con el apoyo de organismos internacionales ─encabezados por el Banco Mundial─, fundaciones y empresarios repentinamente desvelados por la formación de párvulos y jóvenes.

 

 

La fascinación y zozobra nacidas del  avance vertiginoso de las TIC  determinaron en gran medida la victoria del proyecto educativo neoliberal en una batalla decisiva: la imposición como sentido común de su visión sesgada unida a una terminología imprecisa pero de alto impacto que adoptaron sin resistencia expertos y pedagogos, incluso los comprometidos con el progresismo, que plantearon las discusiones en territorio y marco teórico ajenos.

No es necesario detallar los terribles golpes que el sistema estatal recibió en la década del noventa.  Son por demás conocidos y su profundidad destructiva dejó marcas indelebles. El trabajo de reconstrucción posterior que encaró el kirchnerismo fue arduo pero pudo ser discontinuado con rapidez porque se realizó con el sistema interpenetrado en su totalidad y el liderazgo pedagógico vencido por el de la gestión educativa inspirada en el planeamiento estratégico u otras variantes del eficientismo de estilo corporativo-empresarial.

Durante esos doce años la influencia de fundaciones, organismos, consultoras y empresas internacionales con intereses concretos en el ámbito educativo no desapareció ni mucho menos. La erosión simbólica al sistema estatal, entonces, siguió su curso ininterrumpido sobre bases tan firmes como la descentralización y la supervivencia de parte del entramado normativo logrado con anterioridad. Además, en ese lapso, un porcentaje significativo de la élite de expertos que accedió a la función pública continuó ligado por inercia o compromisos pseudoacadémicos a las usinas más poderosas del proyecto neoliberal.

Las ideas enquistadas como prestigiosas en el campo educativo, difundidas a través de todos sus niveles, resultaron fácilmente extrapolables al nivel del discurso político nacional y la creación de expectativas de cambio. No en vano uno de los pilares del marketing proselitista se centró en el engaño y las fantasías relacionados con la educación.

De “la escuela puede ser gestionada con estilo corporativo” a “el país tiene que ser administrado como una empresa” hay un corto trecho. Los lugares comunes relacionados con la modernidad parecen retroalimentarse mejor cuando evocan una institución transitada por la mayoría de las personas, cuestionada con pertinacia y de apariencia inmutable.

La labor educativa, cuyos objetivos están situados en el largo plazo, es blanco ideal para la crítica cortoplacista propia de la nueva derecha y, por ende, del macrismo. El planteo de una Argentina sin sistemas solidarios, primarizada, convertida en paraíso especulativo y de la intermediación improductiva de rápidos beneficios está en las antípodas de la finalidad genuina de la escuela, esencialmente relacionada con lo perdurable, progresivo e integrador.

Cinismo desafiante

Los integrantes de las clases medias que pudieron sacarle provecho a la educación estatal gratuita e incrementar su nivel de vida al amparo del Estado de bienestar, hoy execrado como populista, abonaron el mito de la superioridad de la iniciativa privada en la escuela, la salud, el sistema de retiros, los servicios públicos y las comunicaciones. Cambiemos recibió las llaves de un país en el que asalariados, docentes e, incluso, pasivos destinaban parte de sus ingresos a los subsistemas de colegios privados, medicina prepaga y otros gastos de status diferenciador justificados en una alta calidad  difícil de verificar en la mayoría de los casos.

Entre las muchas promesas explícitas del macrismo dirigidas a ese grupo se  azuzaban sus ansias de disponer también de los recursos que en el terreno de los supuestos destinaban al sostenimiento de una solidaridad injusta para con sus esfuerzos. Las zanahorias de burro más emblemáticas fueron el impuesto a las ganancias sobre el salario, el fin de los subsidios inequitativos y el del fustigado “planerismo”, convertido también por derivación en epíteto insultante. Entre las tácitas, esbozada entre líneas, estaba la de aumentar distancias con el pelotón de menesterosos poco calificados.

Los integrantes más entusiastas de las clases medias radiaron a sus pares críticos con “el cambio” hasta constituirse en artífices y verdadero sostén del macrismo. Postergaron asumir el papel de burlados aceptando para sí el largo plazo ajeno por definición a la esencia del ideario PRO. Como remedo del clásico cartel de “Hoy no se fía, mañana sí”, el equipo oficial esgrimió pesada herencia, segundos semestres, variantes de la teoría del derrame, finales de túnel y tormentas inesperadas.

En coincidencia con las cercanías del tercer aniversario afloró una tendencia que parecía a medias contenida, expresada en raptos de soberbia pública pero atemperada con velocidad por medio de los clisés verbales conocidos del cambiemismo: el festejo del engaño con regodeo desafiante en el cinismo.

No sería improcedente considerar esta señal como la confirmación del convencimiento oficial de lo irreversible del trabajo realizado en detrimento de los intereses de las mayorías. También como el fin de la necesidad de excusarse con unas clases medias que, como acreedores puestos al límite, seguirán prestando con la esperanza de recuperar aunque más no sea algo de lo puesto en lo que se creyó era una inversión pletórica de ganancias fáciles.

Los indicios que preanunciban un camaleónico macrismo sin Macri por venir robustecen ante la explosión del festejo contenido, del “tiro porque me toca” tan prepotente como risueño del último tramo del Juego de la Oca versión Cambiemos. Con una estructura coercitiva ya montada para imponer miseria, el refresco de un cambio de actores y discurso podría asimilarse a un pase de manos de la mesa de dinero PRO. Nuevos financistas con nuevas maneras de pedir el voto de confianza de los comatosos inversores.

En Argentina hablar de clase media es hablar todavía de una cuestión más ligada a la auto-percepción que a las estadísticas. Por eso el desafío sigue estando allí, en ese segmento difícil de acotar que ha afrontado pérdidas inéditas en sus yerros político- especulativos.

El lábil mundillo financiero, a pesar de su inveterada indolencia, cuenta con un instrumento aleccionador del que pueden echar mano hasta los advenedizos que nunca serán admitidos: el stop loss. Parar las pérdidas, ponerse un límite en la caída aunque aparezcan agentes de bolsa del mismo refinado palo, de los que juegan en la Champion, con propuestas salvadoras que juren y perjuren que esta vez funcionarán. El desafío de asumir las pérdidas será duro, claro está, pero no tanto como enfrentar la bancarrota absoluta que acecha a la vuelta de la reincidencia.

 (1) Leteo, río del olvido, atravesaba el Hades o territorio de los muertos hasta desembocar en la laguna Estigia. Quien bebía de sus aguas perdía la memoria. El río Mnemosine, por el contrario, daba conocimientos propios de los dioses. No era posible diferenciar un río de otro.

 

@ale_enric


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s