El verdadero gradualismo

Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable

El gobierno de Macri atraviesa su primera crisis de envergadura. No se trata en esta ocasión de un hecho concreto que pueda manejarse exclusivamente desde el plano comunicacional. Lo que se suponían fortalezas —o habían sido “vendidas” como tales gracias al marketing proselitista— caen de repente: el gobierno de Cambiemos no es tan eficaz en la gestión, ni tan hábil en el terreno político, ni cuenta con la incondicionalidad de poderosos aliados locales dispuestos a dar una mano cuando los necesita. Corridas, tarifas, incertidumbre y retorno al FMI terminaron con los supuestos que atesoraba la mitología PRO.

Se resquebrajó también el blindaje de la imagen del Presidente que se creía bajo la protección de un hábil equipo, encabezado por Marcos Peña como intérprete, mensajero de la distensión y traductor de las decisiones más ásperas al lenguaje de la buena nueva a futuro: desde diciembre a esta parte, se tome la encuesta que se tome, la imagen presidencial no interrumpe su deterioro. “Los datos no dejan demasiadas dudas: la imagen de M. Macri está en caída. El blindaje mediático y todas las coaliciones y redes de sustentación política que lo han acompañado –y lo siguen acompañando– no han podido impedir que la “desconfianza”, el “pesimismo”, y la “responsabilidad política/económica” se dirijan hacia la figura presidencial.”, concluyen  Bárbara Ester y Amílcar Salas Oroño en su artículo Argentina: la imagen de M. Macri, lo que el FMI se llevó.

En la Ciudad de Buenos Aires, divinidad primordial de la mitología macrista, que con el triunfo aplastante de Elisa Carrió en 2017 había reafirmado la hegemonía PRO al imponer a una aliada que, en otros tiempos, por las suyas, no lograba seducir de lleno a los porteños,  también aparecen signos de agotamiento de la positividad. No solamente la mismísima Carrió baja 21 puntos en las encuestas, de acuerdo con los datos de Poliarquía, sino que también los docentes, hasta hace poco encolumnados mayoritariamente en un alegre vecinalismo de orden y aspiraciones meritocráticas, comienzan a reaccionar como ciudadanos privados de salarios actualizados, diálogo, fuentes de trabajo y servicios de calidad a pesar del altísimo costo. La amenaza cierta del cierre de 29 institutos de formación docente, muchos de ellos históricos,  ligados a una fuerte tradición de excelencia pedagógica, por ejemplo, generó resistencias que ni Larreta ni Acuña esperaban.

El ingreso a esta nueva etapa, menos mítica, realista pero más incierta, no implica que el PRO-Cambiemos haya perdido la aprobación de su núcleo duro, es decir, de un porcentaje cercano o equivalente a un tercio del electorado. La pérdida más importante parece haberse producido desde lo simbólico, bien intangible que a la alianza Cambiemos le había rendido frutos materiales en las urnas y una confianza que le facilitaba la imposición de un discurso de denuesto al pasado cercano, elusión del presente y exaltación del futuro. Esta merma simbólica, que en principio podría evaluarse como una recuperación de conciencia cívica, por desgracia, implica riesgos. Prever el estilo de acción política que adoptará el oficialismo de aquí en adelante  no es nada fácil, aunque los indicios prefiguran escenarios de republicanismo aún más degradado, reducido a lo nominal.

Es un lugar común decir que los ajustes se imponen con represión. El problema es que antes de esta crisis ya había habido uno, muy fuerte, minimizado bajo el nombre de “gradualismo” y distribuido con altibajos a lo largo de los primeros dos años de gestión, con importantes dosis represivas e intimidatorias. Por ende, un ajuste fulminante bajo la égida de un prestamista de última instancia, recordado por los daños al bienestar general que sus participaciones implicaron en un pasado todavía hiriente para la memoria, augura un periodo de profundización del sesgo autocrático de Cambiemos en cuanto a censura, represión, lawfare, vetos e imperio del decreto con pérdida de debate y protagonismo parlamentario.

Un momento crítico como el actual no puede pensarse que haya tomado por sorpresa ni a los mercados ni a los protagonistas de la política nacional, mucho menos al gobierno: era una consecuencia esperada, una estación a la que se sabía debería arribarse más temprano que tarde a bordo del modelo impuesto por la administración macrista, identificada en metodología e ideas rectoras con la denominada nueva derecha, aunque con cierto maquillaje suavizante para los rasgos menos simpáticos. La etapa inaugurada por la crisis ─preanunciada, prevista pero traumática─ bien podría caracterizarse por una actuación a cara lavada.

Con tiempos acotados y una simbología declinante, la nueva derecha vernácula estaría ante la necesidad de cortar de raíz cualquier tipo de competencia que pudiere aprovechar la coyuntura para ofertar ideas esperanzadoras, como señala Nils Castro:  “Esta derecha busca desnudar la economía capitalista para restablecer las reglas del capitalismo salvaje y viene determinada a tomar un atajo para ejecutar ese propósito sin lastarlo con pudores, antes de que alguien más se adelante a levantar otra alternativa. De allí el estilo macho propio de tal misión reaccionaria, que no acepta perder tiempo en escrúpulos ni disquisiciones.”.

Tal vez, en realidad, el gradualismo que según los oficialistas atravesó hasta ahora la Argentina poco haya tenido que ver con lo económico y sí mucho con lo político, es decir: una experiencia autocrática, para ellos moderada, blanda, de autocontención, que estaría próxima a concluir.

@ale_enric

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